27. MENTIRAS Y MUERTE

27. Mentiras y muerte

 

Junto con la orden de suspender la represión en las calles dada por el general Kessler, se activó conforme a lo previsto el comunicado de prensa oficial y las informaciones de prensa audiovisuales que la CIICI había preparado con anterioridad.

En ellos se daba a conocer que se había producido en varios sectores de Santiago una asonada delictual, algo semejante aunque en menor escala a lo que habían sido las primeras manifestaciones del Levantamiento de los Bárbaros. Se anunciaba que varios automovilistas habían sido asaltados y robados por delincuentes encapuchados. Y se daba cuenta de que una turba de personas descontroladas habían intentado saqueos en un supermercado y en algunas tiendas comerciales del Consorcio Cooperativo CONFIAR.

La información oficial señalaba que a causa de estas acciones delictuales, en que los bandidos habían empleado numerosas armas de fuego, habían muerto varias personas, aún no identificadas, y que numerosos heridos estaban siendo trasladados a los hospitales para ser atendidos de urgencia.

La información terminaba anunciando que felizmente la policía y la CIICI actuando combinadamente, habían logrado restablecer el orden, y la vida en la ciudad estaba tornando a la tranquilidad habitual, bien protegida por las fuerzas del orden.

Mientras la televisión y los medios audiovisuales del gobierno emitían estos comunicados y noticias, millones de personas en el país y en todo el mundo continuaban escuchando la conferencia de la escritora Matilde Moreno, que explicaba:

Se ha establecido poco a poco y sin que nos percatemos, una relación perversa entre el crecimiento de la delincuencia y el reforzamiento de la dictadura y sus órganos represivos. En efecto, en el estado actual de la cultura ciudadana, la única justificación de que se mantenga la prohibición de las libertades políticas es la existencia de una delincuencia siempre activa que no ha podido ser controlada, y que en consecuencia requiere el reforzamiento constante del poder del Estado y de los aparatos policiales. Siendo así, las policías y el gobierno no realizan los esfuerzos suficientes para reducir la delincuencia, pues la existencia de ésta justifica la mantención de la dictadura y el fortalecimiento del Estado, y especialmente de sus organismos de represión, que los ciudadanos debemos sostener con los impuestos.

Tomás Ignacio, siempre solo en su oficina, escuchaba con asombro estas palabras y valoraba interiormente la valentía de Matilde, que diciendo lo que decía sería considerada como la más peligrosa de las amenazas al régimen. El abogado pensaba que debió haberla asesorado para que dijera las verdades de un modo más sutil, y sobre todo, que no empleara ciertas palabras prohibidas. Tendría una tarea extremadamente difícil que realizar en el futuro próximo para defender a su amiga de las acusaciones, querellas y delitos contra el orden social, que sin duda alguna se levantarían en su contra.

Pero en ese momento Matilde enfrentaba aún más difíciles y graves amenazas, de las cuáles el abogado no tenía la menor idea pues veía a Matilde en la pantalla hablando muy tranquila. En la realidad, en ese momento Matilde trataba de avanzar por un camino asfaltado que había logrado finalmente encontrar; pero se había levantado en la zona en que estaba un gran vendaval que le permitía apenas mantenerse de pié, y una fuerte granizada caía sobre su cabeza, que no lograba proteger enteramente con sus manos y con unas ramas de sauce que pudo desprender del árbol y con las cuales se había tejido un rústico sombrero.

Mientras esto sucedía, los gritos del joven motorista pidiendo ayuda para Juan Solojuán que yacía tendido en la calle habían atraído alrededor de su cuerpo a mucha gente, entre la cual se encontraba un médico que hacía esfuerzos deseperados por detener el flujo de sangre que manaba del pecho herido. Otros intentaban conseguir una ambulancia que lo transportara a un hospital que lo atendiera con urgencia.

El joven motorista comprendió que ya no tenía nada más que pudiera hacer en ese lugar, y enfiló raudamente con su moto hacia el Museo desde donde se estaba realizando la transmisión de la conferencia grabada. Pensaba que era urgente transmitir un mensaje.

Cuando el joven motorista llegó donde estaban sus colegas informáticos Matilde había ya terminado de explicar sus propuestas para reducir la delincuencia mediante un nuevo Código Penal que privilegiara el objetivo de proteger a la sociedad sin necesariamente encerrar a los delincuentes sino facilitando que se convirtieran en personas de bien. Estaba terminando con los agradecimientos a los investigadores del IFICC y a las demás sabias personas que le habían colaborado en la preparación de la conferencia y de sus propuestas. Concluyó diciendo:

Pero asumo plenamente, de modo personal, cada uno de los análisis, de las críticas y de las propuestas que he planteado, que constituyen una síntesis de la que soy la única responsable. Espero sinceramente que estas ideas sean objeto de reflexión y debate, y que sirvan para que transitemos hacia una institucionalidad política democrática, y hacia un orden social de justicia y de paz, en un marco de respeto a las esenciales libertades que, sólo ellas, nos pueden llevar a todos a ser mejores personas. Muchas gracias, muchas gracias!”

Antes de que los técnicos procediaran a cerrar la transmisión, el joven motorista tomó un micrófono conectado a las transmisiones y, con voz fuerte aunque nerviosa dijo a la inmensa audiencia que lo escuchaba en todo el mundo:

Debo decirles a todos, que esta conferencia no ha sido ofrecida en vivo y en directo como se supone que es, sino que es la grabación de un ensayo que hizo la escritora Matilde Moreno el día de ayer. La señora Matilde no ha llegado al Auditorio y todo hace pensar que ha ido objeto de un secuestro. Lamento informar, además, que el señor Pedro Juan Iriarte, conocido como don Juan Solojuán, presidente del Consorcio Cooperativo CONFIAR, fue baleado gravemente en la calle mientras se dirigía al Auditorio donde se realizaría la conferencia. Se teme por su vida. Bajo mi personal responsabilidad, y habiendo sido testigo de una parte al menos de los hechos que relato, sostengo que tanto el secuestro de la escritora Matilde Moreno como el disparo que ha herido mortalmente a don Juan Solojuán, han sido causados por la CIICI, que desde que se informó que se realizaría esta conferencia ha estado interfiriendo nuestras señales y medios de comunicación. Esta es la razón que nos ha obligado a realizar esta transmisión desde un lugar protegido y empleando un sistema tecnológico organizado especialmente por nuestro servicio técnico en CONFIAR. Es todo lo que puedo decirles.

El joven pasó el micrófono a Gerardo Comisky, que estaba a cargo de la transmisión. Éste, con voz que traslucía ansiedad dijo: “Mi nombre es Gerardo Comisky. Soy el Director del Departamento de Informática del Consorcio Cooperativo CONFIAR. Por motivos de seguridad interrumpiremos esta transmisión. Pido a todos los auditores que se mantengan atentos a cualquier nueva comunicación que podamos hacer desde esta señal, que trataremos de mantener. Muchas gracias”.

Apenas terminó de dar este mensaje cerró la transmisión. Procedieron inmediatamente a realizar lo que habían planificado hacer apenas concluyera la conferencia. Desconectaron todos los equipos, los guardaron en un contenedor provisto de ruedas, que empujaron por el túnel que conduce desde el subterráneo del Museo hasta los Jardines del Sitio 23. En la mitad del trayecto Gerardo abrió una puerta que permanecía oculta y que daba a un pequeño cuarto oscuro cuya existencia le había revelado Juan Solojuán. Dejaron allí el carro con todos los equipos bien protegidos y se encaminaron hacia la Cueva de los Murciélagos, desde donde se dirigieron a sus casas tal como lo habían planificado.

 

***

 

Matilde, que todavía luchaba contra el viento y la lluvia en que se había convertido la granizada anterior, vió a la distancia una antigua casa de campo. Se encaminó hacia allí a todo lo que daban sus piernas. Era un Granja Ecológica Comunitaria, donde un grupo de hombres y mujeres jóvenes conversaban en estado de abierta agitación.

—Soy la escritora Matilde Moreno y fui secuestrada. Por favor, necesito ayuda y comunicarme con un amigo en Santiago.

Los jóvenes reconocieron que la mujer que en ese estado lamentable hacían pasar al salón era la misma persona que habían estado escuchando muy atentamente en la pantalla.

A Matilde le costó comprender cuando ellos le dijeron que habían escuchado toda su conferencia; le explicaron que se había transmitido una grabación. Recién ahí supo Matilde que el astuto de Juan Solojuán había grabado el ensayo de la conferencia que había realizado el día anterior, y que la había transmitido en su ausencia. Se alegró al saberlo; pero una tristeza infinita la embargó cuando los jóvenes le contaron que lo último que informaron antes de interrumpir la transmisión fue que el Presidente de CONFIAR Juan Solojuán había sido baleado y que se encontraba gravemente herido.

Matilde intentó comunicarse mediante un IAI que le facilitaron los jóvenes. Llamó a Juan. Desconectado. Llamó a Ambrosio. Desconectado. Llamó a Tomás Ignacio.

—¡Matilde! ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

—Estoy bien, Tomás Ignacio. Me secuestraron; pero ahora estoy bien cuidada en una Granja Comunitaria. Dime por favor ¿qué le pasó a Juan? Me informan que fue baleado y que se encuentra herido.

—¡Bendito sea Dios! Gracias a Dios que estás bien, querida amiga. Aquí hubo un tumulto grande en las calles adyacentes al Auditorio. Yo no supe nada porque me quedé en mi despacho para concentrarme en escuchar tu conferencia. No sé como diablos hicieron, pero tu conferencia fue transmitida integramente. Me informaron que Juan fue llevado al Centro de Salud del CCC, hacia donde estoy yendo en este momento.

—Iré hacia allá apenas pueda. ¡Dale un abrazo de mi parte y díle que voy en camino!

Apenas cesó algo el viento uno de los jóvenes le mostró a Matilde una moto, que era el único medio de transporte rápido que había en la granja. Matilde asintió, se subió al asiento de atrás, y bien aferrada al joven que la manejaba fue llevada raudamente hasta el Centro de Salud donde se encontraba Juan Solojuán.

Sin responder las preguntas de quienes se le acercaban y abriéndose paso entre la gente que había llegado al lugar para saber de Juan, Matilde logró finalmente entrar a la sala donde su amigo estaba siendo atendido por varios médicos. Estaban también allí Chabelita que sollozaba y Tomás Ignacio que desde un rincón miraba compungido a su amigo de toda la vida.

Uno de los médicos, al ver entrar a Matilde movió la cabeza haciéndole de ese modo saber que Juan estaba gravísimo y que ellos no tenían mucho más que pudieran hacer. Ella se acercó a la camilla donde Juan estaba tendido y con el pecho cubierto de vendas.

—Juan, amigo querido ¡estarás bien!

Juan Solojuán abrió los ojos. Al reconocer a su amiga una sonrisa se formó en su rostro. En seguida, haciendo un leve movimiento de cabeza dijo con voz entrecortada, en un susurro:

—Gracias a Dios estás bien. No, Matilde. Yo hasta aquí llegué.

Después de un momento agregó:

—Creo que todo será para bien. Yo los perdono, porque no saben lo que hacen. Díganle a todo el mundo que se necesita hoy más fortaleza que nunca, y paz.

Cerró los ojos. Matilde se acercó a su rostro y con infinita ternura lo besó en sus labios que todavía ardían.

Lo último que escuchó de su amigo fueron seis palabras dichas con voz apenas entendible:

—... en el Sitio 23, con Roberto.

Diciendo esto, con un ruido sordo que le brotó del pecho, Juan Solojuán expiró.

Chabelita estalló en un llanto incontenible. Tomás Ignacio se acercó. Los tres al lado del cuerpo ahora inerte de Juan se abrazaron temblando.