QUÉ ES IMPORTANTE EN EL HOMBRE Y PARA EL HOMBRE - Antoine De Saint-Exúpery

 

CONVIENE QUE LA VIRTUD SE OFREZCA COMO UN ESTADO DE PERFECCIÓN DESEABLE Y REALIZABLE

Volvió a verme ese profeta de ojos duros que noche y día incubaba un santo furor, y que, además, era bizco.

—Es conveniente -me dijo- salvar a los justos.

—Ciertamente -le contesté-, no hay razón evidente que motive su castigo.

—Distinguirlos de los pecadores.

—Ciertamente -le contesté. El más perfecto debe ser erigido como ejemplo. Eliges como pedestal la mejor estatua del mejor escultor. Lees a los niños los mejores poemas. Deseas reina a la más bella. Porque la perfección es una dirección que conviene mostrar, aunque esté fuera de tu poder alcanzarla.

Pero el profeta, inflamándose:

—Y una vez seleccionada la tribu de los justos, importa salvarla sola y así, de una vez por todas, aniquilar la corrupción.

—¡Eh! -le dije-, vas muy rápido. Porque pretendes separarme la flor del

árbol. Ennoblecer la cosecha suprimiendo el abono. Salvar a los grandes escultores decapitando a los malos escultores. Y yo no conozco sino hombres más o menos imperfectos y, desde la turba hacia la flor, la ascensión del árbol. Y digo que la perfección del imperio reposa en los impúdicos.

—¡Honras la impudicia!

—Honro igualmente tu necedad, porque conviene que la virtud se ofrezca como un estado de perfección perfectamente deseable y realizable. Y que se conciba al hombre virtuoso, aunque no pueda existir, primeramente porque el hombre es inválido, luego porque la perfección absoluta, donde resida, acarrea la muerte. Pero conviene que la dirección adquiera el aspecto de finalidad. De otro modo te cansarías de andar hacia un objeto inaccesible. (...)

—Deseas pues que tus soldados ebrios griten sus miserias…

—Ocurre por el contrario que los castigue para fundar su propio pudor.

(...) No has entendido nada -dije.

(De la Nota 2011)

 

QUÉ ES IMPORTANTE EN EL HOMBRE Y PARA EL HOMBRE

Vinieron, pues, a mi encuentro los lógicos, historiadores y críticos para argumentar y demostrar y deducir sus sistemas de consecuencia en consecuencia. Y todo era despiadadamente exacto. Y me construían, a cual mejor, sociedades, civilizaciones e imperios que admirablemente favorecían, liberaban, alimentaban y enriquecían al hombre.

Cuando hubieron hablado mucho tiempo, les pregunté simplemente:

—Para perorar así válidamente sobre el hombre, convendría antes decirme qué es importante en el hombre y para el hombre…

Lanzáronse de nuevo y con voluptuosidad en nuevas construcciones; porque si les ofreces ocasión de discutir la toman al vuelo y se lanzan por la senda imprudentemente abierta como una carga de caballería, con alboroto de armas, polvareda de oro de la arena y tormentoso viento de carrera. Pero no van a ningún lado.

—Luego -les dije, cuando dejaron de producir su ruido y esperaron las felicitaciones (pues corren no para servir, sino para hacerse ver, oír o admirar en su revoloteo y, terminado su desbarro, adoptan por adelantado un aspecto modesto)-, luego, si entendí bien, pretendéis favorecer lo que es más importante en el hombre y para el hombre. Pero entendí que vuestros sistemas favorecían el funcionamiento de su vientre -eso es ciertamente útil; pero se trata de un medio, no de un fin, puesto que ocurre con su osamenta como con la solidez del vehículo- o de su salud, pero se trata de un medio no de un fin, pues ocurre con la conservación de sus órganos como con la conservación del vehículo, o de su número; pero se trata siempre de un medio no de un fin. Porque se trata aquí de la cantidad de vehículos. Y ciertamente, deseo para el imperio muchos hombres sanos adecuadamente alimentados. Pero cuando pronuncié esas poderosas evidencias no dije aún nada sobre lo esencial, sino que hay una materia disponible. Pero ¿qué haré con ella, adónde la conduciré y que debo proporcionarle para que crezca? Porque no es sólo vehículo, senda y acarreo…

Me discurrían sobre el hombre como se discurre sobre la lechuga. Y nada sobre ella, que merezca ser contado, dejaron las generaciones de lechugas que se sucedieron en mi huerto.

Pero no supieron contestarme. Por ser miopes y tener la nariz encima, sin preocuparse nunca más que de la calidad de la tinta o del papel y no de la significación del poema.

Agregué, pues:

—Yo, que soy positivo y desprecio la podredumbre del sueño. Yo, que no comprendo la isla musical sino como construcción concreta. Yo, que no estoy, como los financistas, ebrio de los vapores del sueño; yo, que, por honrar la experiencia, coloco naturalmente el arte de la danza por encima del arte de la concusión, del acaparamiento, de la prevaricación, porque procura más placer y su significación es más clara; porque a tus riquezas acaparadas será preciso hallarles un empleo, y porque la danza conmueve a los hombres, te comprarás alguna bailarina, pero como nada sabes de la danza, la elegirás sin talento y nada poseerás. Yo, que miro y oigo -por no escuchar palabras en el silencio de mi amor-, comprobé que nada valía para el hombre un olor de cera cierta noche,

una abeja de oro cierta aurora, una perla negra no poseída en el fondo de los mares. Y de los mismos financistas he comprobado que les ocurría cambiar una fortuna duramente adquirida por la concusión, la prevaricación, el acaparamiento, la explotación de esclavos, las noches en vela quemadas en trabajos de procedimientos y en corrosivas sumas de contador, por una avellana ancha como la uña y con apariencia de vidrio tallado que, por llamarse diamante y haber surgido del ceremonial de las excavaciones en la profundidad de los órganos de la tierra, adquiría así el valor del olor de cera o del resplandor de la abeja, y merecía ser salvada, de los ladrones, aun con riesgo de la vida.

”¿Dónde se estableció pues que el don esencial es el don de la senda que seguir para llegar a la fiesta? Y primeramente, para juzgar tu civilización quiero que me digas cuáles son tus fiestas, qué gusto tienen para el corazón, y puesto que son instante de paso, puerta franca, nacimiento fuera de la crisálida tras la mutación, de dónde vienes y adónde vas. Sólo entonces sabré qué hombre eres, y si vale la pena que seas próspero en tu salud, en el funcionamiento de tu vientre y en tu número.

”Y puesto que te acontece que para que tiendas hacia tal senda es preciso que sientas la sed en esa dirección y no en otra y que ella será suficiente para su ascensión, porque guiará tus pasos y fertilizará tu talento -como ocurre con la pendiente hacia el mar con que me basta aumentarte para obtener de ti navíos-, quiero que me ilustres sobre la calidad de la sed que fundas en los hombres de tu dominio. Porque sucede que el amor, esencialmente, es sed de amor; la cultura, sed de cultura; y el placer del ceremonial hacia la perla negra, sed de la perla negra en el fondo de los mares.

(Nota 216)

 

LO QUE SACAS DE LAS PIEDRAS: ESTATUA O TEMPLO

No juzgarás según la suma. « Nada puede esperarse, -me dices-, de aquéllos. Son grosería, afán de lucro, egoísmo, falta de valentía, fealdad» . Pero así puedes hablarme de las piedras, las cuales son rudeza, dureza, peso triste y espesor, mas no de lo que sacas de las piedras: estatua o templo. He visto demasiado que el ser no funcionaba casi nunca como lo hacían prever sus partes y, ciertamente, si tomas aparte a cada uno de los que forman las poblaciones próximas, descubres que cada uno odia la guerra, no desea dejar su hogar, porque quiere a sus hijos y a su esposa y las comidas de cumpleaños, ni verter la sangre porque es bueno, y alimenta a su perro, y acaricia su asno, ni saquear a otro porque observas que sólo quiere su propia casa y lustra sus maderas y pinta sus paredes y embalsama con flores su jardín, y me dirás pues: «Representan en el mundo el amor de la paz…» . Y sin embargo, su imperio es una gran sopera donde hierve la guerra. Y su bondad, y su dulzura, y su piedad por el animal herido, y su emoción ante las flores sólo son ingredientes de una magia que prepara el entrechocar de armas, (...)

¿Juzgas al árbol por los materiales? Si vienes a hablarme del naranjo ¿me criticas su raíz, o el gusto de su fibra, o lo viscoso o lo rugoso de su corteza, o la arquitectura de sus ramas? No te importan los materiales. Juzgas al naranjo por la naranja.

Así sucede con los que tú persigues. Separados son éste, ése y aquél. Me río. Su árbol me fabrica cada tanto almas de espada dispuestas a sacrificar el cuerpo en los suplicios, contra la cobardía de la mayoría, y miradas lúcidas que despojan de inútiles atributos a la verdad, como de su cáscara al fruto y, en contra del apetitò vulgar de la mayoría, te observan las estrellas desde la ventana de su buhardilla y viven de un hilo de luz; entonces estoy satisfecho. Porque yo veo condición donde tú ves litigio. El árbol es condición del fruto, la piedra del templo y los hombres condición del alma que irradia sobre la tribu.

(De la Nota 217)

 

«ESTA MAÑANA PODÉ MIS ROSALES…»

He deseado fundar en ti el amor al hermano. Y he fundado juntamente la tristeza de la separación del hermano. He deseado fundar en ti el amor a la esposa. Y he fundado en ti la tristeza de la separación de la esposa. He deseado fundar en ti el amor al amigo. Y he fundado juntamente en ti la tristeza de la separación del amigo, tal como aquél que construye las fuentes construye su ausencia.

Pero al descubrirte atormentado por la separación más que por cualquier otro mal, quise curarte e instruirte sobre la presencia. (...)

Conozco presencias generosas como árboles, las cuales extienden a lo lejos sus ramas para verter sombra. Porque soy el que habita y te mostraré tu morada. (...)

Tu ausencia no te separa, te une; no te divide, te confunde. Y ¿puedes decirme dónde reside el límite tras el cual la ausencia es separación? Si está bien anudado el ceremonial, si contemplas bien al dios en el cual os confundís, si ese dios es bastante ardiente, ¿quién te separará de la casa o del amigo? Conocí hijos que decían: « Mi padre murió sin haber terminado de construir el ala izquierda de su morada. Yo la construyo. Sin terminar de plantar sus árboles. Yo los planto. Mi padre, al morir, me legó el cuidado de proseguir más lejos su obra. La prosigo. O de permanecer fiel a su rey. Yo soy fiel» . Y en esas casas no sentí que el padre estuviese muerto.

Tu amigo y tú mismo, si buscas fuera de ti o fuera de él la raíz común, si existe para ustedes dos, leído a través de la disparidad de materiales, algún lazo divino que anude las cosas, no hay distancia ni tiempo que puedan separaros porque esos dioses en los que vuestra unidad se funda, se ríen de las murallas y los mares.

Conocí un viejo jardinero que me hablaba de su amigo. Habían vivido los dos como hermanos antes que la vida los separase, juntos tomaban el té por la tarde, celebraban las mismas fiestas, se buscaban el uno al otro para pedirse consejos o entregarse a confidencias. Y ciertamente, poco tenían que decirse y pronto se los veía pasear, terminado el trabajo, y mirar sin pronunciar palabra las flores, los jardines, el cielo y los árboles. Pero si uno de ellos movía la cabeza palpando con el dedo alguna planta, el otro a su vez se inclinaba, y al reconocer la huella de las orugas, movía la suya. Y las flores muy abiertas proporcionaban a los dos el mismo placer.

Mas ocurrió que un mercader ocupó a uno de ellos, y lo asoció por algunas semanas a su caravana. Pero los salteadores de caravanas, luego el azar de la existencia, y las guerras entre los imperios, y las tempestades, y los naufragios, y las ruinas, y los duelos, y los oficios para vivir, traquetearon a aquél durante años, como un tonel en el mar, llevándolo de jardín en jardín hasta los confines del mundo.

Mas he aquí que mi jardinero después de una vejez de silencio recibió una carta de su amigo. Sabe Dios cuántos años había navegado. Sabe Dios qué diligencias, qué caballeros, qué navíos, qué caravanas, uno tras otro, lo habían encaminado con la misma obstinación de los millares de olas del mar, hasta su jardín. Y esa mañana, como estaba radiante de su dicha y quería hacerla compartir, me pidió que leyese, como se pide que se lea un poema, la carta que había recibido. Y ciertamente no había más que algunas palabras porque los jardineros eran más hábiles para la azada que para la escritura. Y leí simplemente: «Esta mañana podé mis rosales…» , después, meditando sobre lo esencial, que me parecía informulable, moví la cabeza como lo hubiesen hecho ellos.

He aquí, pues, que mi jardinero ya no conoció reposo. Lo hubieses podido oír enterándose de la geografía, de la navegación, los correos y las caravanas y las guerras entre los imperios. Y tres años después llegó el día fortuito de cierta embajada que yo enviaba al otro extremo de la tierra. Cité, pues, a mi jardinero:

«Puedes escribir a tu amigo» . Sufrieron un poco mis árboles y las legumbres del huerto, y hubo fiesta entre las orugas, porque él se pasaba los días encerrado, garabateando, raspando, volviendo a empezar la tarea, sacando la lengua como un niño sobre su trabajo, porque encontraba algo urgente que decir y necesitaba transportarse entero, en su verdad, a su amigo. Necesitaba construir su propia planchada, sobre el abismo, alcanzar la otra parte de sí a través del espacio y el tiempo. Necesitaba decir su amor. Y he aquí que, ruborizado, vino a someterme su respuesta para espiar una vez más en mi rostro un reflejo de la alegría que iluminaría al destinatario, y probar así en mí el poder de sus confidencias. Y -porque en verdad no había nada más importante para dar a conocer, porque se trataba para él primeramente de eso en que se transmutaba, tal como las viejas que gastan los ojos en los manejos de agujas para florecer a su dios- leí que confiaba al amigo, con su letra aplicada y torpe, como una súplica convencida, pero de humildes palabras: «Esta mañana, yo también podé mis rosales…» .

Y me callé, sobre mi lectura, meditando sobre lo esencial que empezaba a aparecerme mejor; porque ellos te celebraban, Señor, uniéndose en ti, por encima de los rosales, sin saberlo.

¡Ah Señor!, rogaré por mí, después de haber enseñado a mi pueblo lo mejor posible. (...) Me asalta, pues, a veces, porque para mí no hay rey que pueda recompensarme con una sonrisa, y es conveniente que yo ande así hasta la hora en que te dignes recibirme y confundirme con los de mi amor; me asalta pues, cada tanto, el cansancio de estar solo, y la necesidad de reunirme con los de mi pueblo; pues, sin duda, no soy aún bastante puro.

Por juzgar feliz al jardinero que se comunicaba con su amigo me asalta a veces el deseo de ligarme así, según su dios, con los jardineros de mi imperio. Y acontece que desciendo con lentos pasos, un poco antes del alba, los escalones de mi palacio hacia el jardín. Me encamino en la dirección de los rosedales.

Observo aquí y allá, y me inclino atento sobre algún tallo, y o que, llegado el mediodía, decidiré el perdón o la muerte, la paz o la guerra. La supervivencia o la destrucción de los imperios. Luego, levantándome de mi trabajo con dificultad, porque envejezco, digo simplemente, desde el corazón, para alcanzar a todos los jardineros vivos y muertos por la única senda eficaz: « Yo también esta mañana podé mis rosales».

Y me importa poco, de ese mensaje, si se encamina o no durante años, si llega o no a tal o cual. No es ése el objeto del mensaje. Para unirme a mis jardineros saludé simplemente a su dios, que es rosal en el alba.

(...)

Terminado mi trabajo, he embellecido el alma de mi pueblo. Él, terminado su trabajo, ha embellecido el alma de su pueblo. Y yo, que pienso en él, y él, que piensa en mí, aunque ningún lenguaje nos era ofrecido para nuestros encuentros, cuando hemos juzgado, o dictado el ceremonial, o castigado o perdonado, podemos decir, él para mí, como yo para él: « Esta mañana podé mis rosales…» .

Porque Tú eres, Señor, la común medida de uno y otro. Eres el nudo esencial de actos diversos.

(De la Nota 219)