ÉTICA, COMPLEJIDAD Y TRANSDISCIPLINARIEDAD

Maria Cândida Moraes

 

 

RESUMEN

 

 

El artículo comienza planteando los interrogantes y desafíos éticos que surgen de las experiencias cotidianas de movilización y protesta social que se multiplican en muchos países, evidenciando un creciente malestar de la población; y observando que, como humanidad tenemos grandes dificultades para encontrar soluciones compatibles con la magnitud e intensidad de los problemas actuales. Con tales bases se argumenta porqué la complejidad de los problemas y desafíos actuales requiere un abordaje epistemológicamente nuevo, transdisciplinar y transnacional.

En esa perspectiva, la autora plantea la necesidad de una nueva ética, que sea capaz de integrar las diferentes dimensiones del ser humano y las diversas fuentes de conocimiento, considerando que la ética se despliega y afecta a las diferentes áreas de la actividad humana y del saber.

Con base en un enfoque pluralista y multirreferencial del conocimiento, que reconoce la existencia de diferentes niveles de realidad, y asumiendo la existencia de una pluralidad de miradas y de lenguajes como fundamentales para la comprensión de una realidad crecientemente compleja, se postula una ética que soporte los riesgos de lo desconocido, que esté atenta a los desafíos de la incertidumbre, y a las contradicciones y las dificultades que traen consigo.

Una ética que reduzca la intolerancia, que rescate aquellos valores tradicionales que verdaderamente tengan sentido. Una ética abierta y flexible para negociar con lo que sucede en el mundo al moverse en las zonas de riesgo. Una ética para y de la vida, en que cada uno asume su parcela de responsabilidad. Una ética capaz de rescatar el espíritu de solidaridad entre los seres y el agradecimiento de la vida por parte de todos aquellos que comparten el mismo destino común.

 

 

1. Implicaciones y desafíos éticos de las movilizaciones sociales.

 

¿Cómo comprender las múltiples realidades emergentes en las manifestaciones callejeras que movilizan a la población, en Brasil, Chile, Turquía y en tantos otros países? ¿Cómo actuar en un contexto social de naturaleza compleja que exige nuevos desafíos éticos? ¿De qué forma los fundamentos de la complejidad y la transdisciplinariedad amplían nuestra comprensión sobre lo que ocurre en el mundo y que demanda una nueva ética? ¿Cuáles son las herramientas intelectuales que el Pensamiento Complejo y la Transdisciplinariedad nos ofrecen para repensar los desafíos éticos y morales de nuestro tiempo? ¿Cuáles son las implicaciones teóricas y prácticas de estas teorías sobre la ética, así como sus posibles consecuencias en la constitución de lo humano en lo humano en el futuro de los países?

Estas preguntas nos llevan no sólo a la necesidad de explicitar los fundamentos teóricos que constituyen las bases ontológicas y epistemológicas con las que basamos nuestras investigaciones, sino también a reflexionar más sobre la realidad nacional e internacional, tal como hoy se presenta con sus nuevos desafíos éticos frente a la nueva conciencia que surge en las calles, y que no deja de ser un gran reto para los analistas acostumbrados a trabajar con certezas y verdades, con la estabilidad y la previsibilidad.

Más que nunca, necesitamos de una nueva estética del pensamiento que abra nuestras mentes y corazones al diálogo sin reservas, que debilite la resistencia de los sistemas de pensamiento cerrados, que reduzca la intolerancia y la violencia y asuma los riesgos de lo desconocido, los desafíos inesperados de la incertidumbre y las contradicciones emergentes.

En realidad, nos estamos enfrentando a tiempos inciertos y fluidos con herramientas políticas e intelectuales de otras épocas, de otros tiempos, observando la realidad como si ella fuese estable, homogénea y determinada. Estemos donde estemos, en Brasil, en Egipto, en Turquía o en Chile, estamos viviendo en un mundo incierto, mutante, complejo, plural, indeterminado, sujeto a lo imprevisible y a lo inesperado, sujeto a las emergencias que requieren procesos auto-eco-reorganizadores urgentes y necesarios. Emergencias de naturaleza política, económica, social, ética, cultural y espiritual, para las cuales lamentablemente no estamos todavía individual y colectivamente preparados.

Como humanidad, tenemos grandes dificultades, tanto a nivel individual como colectivo, para encontrar soluciones compatibles con la magnitud e intensidad de los problemas actuales, problemas de naturaleza compleja, transdisciplinar y transnacional. Y sabemos que ninguno de los problemas emergentes del escenario nacional e internacional puede ser abordado en el ámbito disciplinar, puesto que se trata de desafíos complejos de naturaleza transdisciplinar, que cuestionan nuestras instituciones gubernamentales acostumbradas a trabajar y actuar orientadas por una visión reduccionista y fragmentaria de la realidad, de la sociedad y de la vida.

Contextualizando un poco más la temática de esta bella Convocatoria       —Desafíos éticos en un mundo complejo— cuya importancia viene dada por los cambios acelerados y profundos, presentes en todos los campos de la vida y de las organizaciones sociales, es necesario resaltar que estos cambios que nos desafían, exigen una mayor adecuación de nuestros comportamientos, actitudes y modos de relación social.

Las manifestaciones sociales ganan cuerpo y expresión nacional e internacional, expandiéndose gradualmente en una ola de protestas (y también de violencia), llevando millares de personas a las calles, con una amplia agenda de reivindicaciones, cuyo significado y satisfacción no se encuentran totalmente aclarados.

La ola de protestas moviliza el debate y pone de manifiesto una serie de cuestionamientos sobre los objetivos de la política, las nuevas pautas éticas y los nuevos significados de un movimiento popular que no se veía desde hace más de veinte años en Latinoamérica. Lo que se percibe es que gran parte de las demandas y el clamor de las calles, es de naturaleza ética, lo que nos lleva a vislumbrar con entusiasmo y alegría la emergencia de indicios de una nueva conciencia en la juventud, así como en la sociedad en general, que ya no soporta convivir con la corrupción, la negligencia del poder público, el cinismo de los políticos y su falta de conciencia y de postura en relación al bien común. Toda esta movilización efervescente, es nada más que un ejemplo materializado que ratifica el título propuesto para este importante y oportuno evento —Desafíos éticos en un mundo complejo—.

Significa también que nuestros países ya no pueden continuar dormidos esperando que las cosas ocurran y se transformen por sí solas.

Ciertamente, no podemos todavía prever la intensidad del impacto de las movilizaciones callejeras en un futuro próximo, pero sabemos que nuestros países están cambiando profundamente. No sólo el movimiento de las placas tectónicas provoca tsunamis, terremotos y maremotos, sino también el clamor de las calles, las reivindicaciones de la población, anteriormente adormecida, asustan y requieren procesos rápidos de auto-eco-regulación urgentes y necesarios.

Entre las posibles conclusiones provisionales, podemos inferir que las redes sociales han venido para quedarse y que, de aquí en adelante, tendrán un papel relevante en la organización de la vida política y social de los países. Un papel que no puede ser ignorado.

Se percibe también la complejidad y la fragilidad respecto a los índices de popularidad y de aprobación de los gobiernos y cómo estos son provisionales y relativos, pudiendo ser alterados de la noche a la mañana en un abrir y cerrar de ojos. La incertidumbre y la provisionalidad, dos categorías importantes del Pensamiento Complejo presentes en todos los fenómenos de naturaleza compleja, asustan a quienes de ellas dependen para orientar el rumbo de sus vidas o el resultado de las próximas elecciones.

De un modo general, se percibe la importancia y necesidad de actualizar la discusión sobre los aspectos éticos en la política, sobre los derechos y deberes de los ciudadanos de una misma comunidad, pues la demagogia y el populismo ya no son el camino más fácil para conseguir éste o aquél puesto gubernamental. El movimiento en las calles ha mandado varios mensajes para todos, en especial para los partidos políticos y los gobiernos, recordando que nadie es dueño de la razón o tiene el monopolio de la verdad, que la política no se hace solamente con buenas intenciones y que es preciso rescatar su verdadero sentido orientado a la realización del bien común, del bien de la colectividad en dirección al bien vivir. Y que en política ya no podemos seguir considerando como virtudes la “astucia y el juego de cintura”, dejando fuera la ética, la responsabilidad fiscal, la equidad social, políticas públicas duramente conquistadas en épocas recientes.

En este sentido, es oportuno retomar la maravillosa advertencia poética hecha por nuestro querido Carlos Drummond de Andrade: “Cuidado por donde andas, pues es sobre mis sueños que tú caminas”.

Y hoy sabemos que, en las calles, existen otros muchos hombres y mujeres esperanzados y soñadores, animados por la creencia y por la utopía de que otro mundo es posible, urgente y necesario.

2. Nuevos desafíos éticos.

 

En este contexto político el enfrentamiento de los nuevos desafíos éticos está siendo urgentemente requerido. Analizando la situación de la sociedad brasileña y de otros países, se observa la existencia de una profunda crisis de naturaleza ética, psicológica y emocional, que viene afectando a la sociedad como un  todo. Cada día es más evidente que la retórica del crecimiento económico asociado al desarrollo tecnológico como propulsor del crecimiento social y la consecuente eliminación de la pobreza, tan presente en el discurso neoliberal, se basa en la idea de un crecimiento impulsado por una verdadera devoción al progreso material y al éxito de la ciencia y la tecnología, algo que no viene proporcionando satisfacción, alegría y bien vivir. Se verificó que todo eso no pasaba de una gran falacia. Por el contrario, a pesar del crecimiento económico de las últimas décadas, de la disminución de la miseria y del hambre, continúan existiendo grandes desigualdades sociales y la acumulación de riqueza por parte de una minoría. Al mismo tiempo, muchos de aquellos que accedieron a un nivel económicamente superior y consiguieron salir de la línea de la pobreza, tampoco se sienten felices y confortables en los estadios conseguidos.

Por otro lado, nunca hubo tantos problemas de naturaleza emocional, psicológica y espiritual como en los últimos 20 años, lo que ciertamente nos coloca delante de varios desafíos éticos. Y esto sucede porque entendemos que tales desafíos, incluyendo aquí el comportamiento ético, no se refieren exclusivamente a los aspectos cognitivo/intelectuales o al uso de una determinada lógica, sino que implican también aspectos de orden emocional, afectivo y espiritual.

En este sentido, hemos observado que, a pesar de todo el avance científico y tecnológico sin precedentes y de todos los beneficios e ideas maravillosas que emergieron a lo largo del siglo XX, ninguno de los movimientos económicos y sociales, o sus respectivas conquistas, consiguieron hasta hoy calmar verdaderamente el espíritu humano en su búsqueda por un mínimo de felicidad. Y esto es así porque el alma humana y las cualidades del espíritu humano han continuado siendo insuficientemente desarrolladas a lo largo de los últimos cien años; cualidades tales como amor, compasión, sensibilidad, paciencia, acogimiento, capacidad de perdonar, armonía, responsabilidad, solidaridad, dimensiones apaciguadoras del alma y portadoras de felicidad para la vida y la sociedad.

 

El espíritu humano que es compasivo, generoso, amoroso, paciente, tolerante, respetuoso de cierta forma, reconoce el impacto potencial de sus acciones sobre los otros y la Naturaleza, se preocupa por el bienestar del otro y pauta su conducta a partir de ahí. Se espera que un ser más solidario, respetuoso y ético, consciente de sus limitaciones y de sus actos, respete todo lo que afecta al triángulo de la vida, o sea, todo aquello que afecta a las relaciones individuo/sociedad/naturaleza. En principio, entendemos que quien profesa o vivencia tales cualidades espirituales sea un ser más evolucionado, con mayor conciencia de sí, del otro y del importante papel que la Naturaleza juega en la preservación de todo. Pero en realidad continuamos enfatizando, de modo hasta desproporcionado, todo lo que se refiere al progreso exterior en detrimento de una evolución interior de la conciencia humana.

Lo que se percibe es que poblaciones que tienen sus necesidades básicas satisfechas, continúan sufriendo de ansiedad, infelicidad, estrés, inseguridad y numerosas fobias, como nunca antes había sucedido. De cierta forma, todo eso nos hace tomar conciencia de que nuestras necesidades básicas trascienden lo que es meramente satisfecho por los órganos de los sentidos, y que existe un sufrimiento interior que no puede ser solucionado si no cuidamos lo que fue siempre marginado u olvidado en su desarrollo, o sea, la dimensión interior del ser humano, cuyo descuido a lo largo de los últimos cien años viene ahora cobrando su factura, que no es pequeña.

Pensando en todas esas contradicciones, surge la pregunta que no quiere callar: ¿Cuáles son los fundamentos, los principios orientadores de un futuro deseado, capaz de colaborar en el pasaje de una postmodernidad técnica y tecnológica a una postmodernidad ética y humana? Y más, ¿cómo adoptar una nueva antropología centrada en la cooperación, en la responsabilidad y en la solidaridad, capaz de abandonar la metáfora “hombre como lobo del hombre” en un mundo incierto e inestable? ¿Cómo gestar una nueva cosmovisión pautada en el bien vivir, o sea, basada en el rescate de la dignidad humana y en la sustentabilidad ambiental y social?

Al cuestionarnos el mundo a nuestro alrededor, al darnos cuenta de los problemas sociales, económicos, psicológicos, ecológicos y éticos que tanto nos afligen, nos encontramos con esos y con otros desafíos éticos y continuamos cuestionándonos. ¿Será que estamos resolviendo la mayoría de los problemas que tanto sufrimiento psicológico y emocional vienen ocasionando en el ser humano? ¿Qué tipo de lógica está siendo utilizada para resolverlos? ¿Será que la lógica clásica, la lógica binaria, aristotélica, está justificada para resolver los problemas actuales? ¿Es ésta suficiente o insuficiente? ¿Será necesario algo más? ¿No sería necesario abrir un nuevo circuito epistemológico entre los diferentes dominios de la ciencia para dar cuenta de los graves problemas actuales? ¿Un circuito que vaya más allá del conocimiento disciplinar, multidisciplinar o interdisciplinar? Y es que sabemos que todo pensamiento reductor genera también políticas sociales, medioambientales y económicas reductoras y parciales que limitan las potencialidades y la libertad del ser humano.

Nuestros problemas, sean éstos de naturaleza ética, económica, social o ecológica, como los desastres naturales a los que venimos asistiendo, son de carácter complejo y transdisciplinar y cualquiera de ellos requiere de una solución específica. Mientras que en las relaciones que afectan y desequilibran a la ecología ambiental, que provocan terribles desastres naturales, sabemos muy poco de lo que se puede hacer para evitar la inminencia de una tragedia ambiental, sin embargo la gran mayoría de los problemas humanos son de naturaleza ética y pueden ser esperanzadamente superados, porque en realidad, todo ser humano desea un lugar mejor para vivir en armonía y tranquilidad.

Es verdad que no tenemos medios para distinguir entre lo cierto y lo errado si no tenemos en cuenta el sentimiento del otro, sus sufrimientos, aflicciones y angustias. Lo que nos ayuda a determinar si una acción está en consonancia con la ética es su efecto sobre la experiencia o  sobre la expectativa de felicidad del otro. Una acción violenta, que perjudica al otro o a su expectativa de felicidad, ciertamente es una acción potencialmente antiética (Dalai Lama, 2003).

Por otro lado, no siempre el resultado de una acción es el hecho más importante o la única condición garantizadora del éxito de un determinado emprendimiento, ya que la complejidad nos enseña que existen otros tantos factores intervinientes en los procesos en interacción y en estados de interdependencia, muchas veces fruto de una ecología de la acción (MORIN, 2000)1, condiciones que alteran o modifican el resultado deseado. Es importante percibir que aquello que motiva o inspira nuestras acciones es lo que está subyacente a nuestros pensamientos, palabras, acciones, reacciones y omisiones, sean de carácter voluntario o involuntario. Percibir el estado del espíritu, o el estado de la mente en el momento en que se inicia un determinado proceso, una cierta actividad o cuando se desarrolla una acción, reconociendo las condiciones iniciales presentes en el corazón de aquello que está involucrado, nos ayuda a comprender y a valorar la calidad ética de nuestras relaciones y de las acciones realizadas.

Así como Su Santidad el Dalai Lama (2000), también creemos que nuestra comprensión de los fenómenos tiene un significado decisivo e importante en nuestros actos, pues si no comprendemos los fenómenos concurrentes, cómo operan y cómo se procesan, estamos predispuestos a hacer cosas que no sólo nos perjudican, sino que también pueden causar daño a los demás. Hoy la ciencia nos explica que no es posible separar cualquier fenómeno del contexto en el que está inserto o del contexto donde suceden otros fenómenos, pues todo está interconectado, en profunda comunión, unido por lazos de interdependencia, en función del acoplamiento estructural de naturaleza sistémica que acontece en términos de energía, materia o información. Si no podemos separar las partes del todo, solamente podemos hablar de relaciones, de interacciones y de procesos en interdependencia. De la misma forma, si no debemos dominar la Naturaleza, porque aquello que domina degrada no solamente a la Naturaleza sino a la humanidad, ¿qué tipo de relaciones es preciso incentivar para que florezca un nuevo humanismo? Un humanismo que reconozca la dignidad de todo lo que tiene vida, de todo lo que existe y merece existir, vivir/convivir.

¿Y qué es lo que la ética tiene que ver con todo esto? ¿Cómo esta visión de la realidad, o incluso la visión tradicional de la ciencia, continúa interfiriendo en los procedimientos éticos? ¿Cuáles son las nuevas cuestiones éticas o las nuevas preguntas que deben ser hechas para iluminar modos más correctos

y adecuados de ser, de conocer, actuar o comportarse en el mundo en que vivimos? ¿La ética que se practica actualmente y los valores morales que la acompañan son válidos o también están en crisis? Necesitamos pues, problematizar la ética, examinar sus bases y sus fundamentos, a partir de nuestras relaciones con la naturaleza, la sociedad y con las creencias que profesamos.

Para Luis Razeto (2013) la propia ética está en crisis, pues las fuentes tradicionales del pensamiento moral ya no son suficientes como guías orientadoras de las acciones humanas en esta segunda década del siglo XXI. Sus concepciones ya no están siendo válidas para personas, comunidades y culturas diferentes. Un pensamiento que es ratificado igualmente por Edgar Morin y Leonardo Boff.

 

 

 

 

 

1-. Para Morin (2000) toda acción es una acción ecologizada al entrar en el juego de las inter-retroacciones que suceden en el medio ambiente.

En realidad el mundo se complejizó y cuanto más complejos son los sistemas, más expuestos están a los accidentes, a las emergencias, a lo inesperado. Gracias a Edgar Morin sabemos que la indeterminación está presente en el seno de los sistemas complejos, y que las sociedades están constituidas por una complejidad de relacionamientos, de elementos convergentes, antagónicos y contradictorios. Conflictos, necesidades, contingencias, intereses, perturbaciones, aleatoriedad, incertidumbres, son elementos estructurantes de cualquier sistema y en especial en las crisis que nos afectan. Son elementos que dialogan entre sí y que, en determinados momentos o condiciones especiales, promueven la desregulación de los sistemas que antes aparentaban estar en equilibrio. Así, todo sistema en homeostasis trae también consigo el germen de su desagregación potencial en función de los antagonismos, de los conflictos emergentes en los más diferentes procesos, y requiere en determinados momentos, procesos de auto-eco-organización para que el sistema vuelva a funcionar en equilibrio y realizar la finalidad mayor de su existencia.

 

 

3. Por una nueva comprensión de la ética.

 

Es urgente pensar sobre los nuevos desafíos éticos y los respectivos valores morales que orientan el comportamiento humano en sociedad y en la relación con los demás elementos del universo. En este ensayo, la ética está siendo entendida como un conjunto de concepciones que instituyen principios y valores respecto de la vida, del ser humano, de la sociedad, en fin, del funcionamiento del universo. Una cuestión es ética cuando se refiere a la acción humana juzgada bajo la perspectiva de ser buena, correcta y acertada a la luz de principios éticos del bien vivir. La moral a su vez, es algo que forma parte de la vida concreta y está más relacionada con los valores, costumbres y hábitos establecidos a partir de los principios y valores éticos profesados por una comunidad. La moral se encuentra más en el nivel de decisión y acción individual. Aunque teóricamente sean conceptos distintos, la ética y la moral están profundamente inter-relacionadas y son inseparables en su dinámica operacional. Ambas tienen por finalidad construir las bases que van a guiar la conducta humana, definiendo su carácter, sus virtudes y cualidades más esenciales. Así la ética se manifiesta mediante concepciones morales que buscan el bienestar común, concepciones justificables y validables entre personas, culturas y pueblos con sus respectivas y diversas creencias. Ella trae también consigo, valores universales que rigen la vida humana, la conducta del ser humano en pro de relaciones saludables y armoniosas. Dice algo por tanto, respecto de nuestros derechos y deberes en relación al prójimo, a las cuestiones que afectan a la vida, a la felicidad, a la colectividad y a la universalidad.

Estamos hablando de una ética capaz de integrar las perspectivas de las diferentes dimensiones del ser humano y las diversas fuentes de conocimiento, ya que la ética se despliega y afecta a las diferentes áreas del saber. Se busca hoy una ética integradora, interdisciplinar y transdisciplinar,  abierta a la validación entre personas y pensamientos diversos, ya que nuestros problemas, independientemente de su especificidad, son complejos y los desafíos emergentes, claramente transdisciplinares como afirma Max-Neef (2013).

Así, el viejo estilo de pensamiento orientado ya sea por el principio de reducción, o por el principio de disyunción, o por la lógica de la diferencia excluyente, ya no sirve para atender nuestras demandas actuales, además de que trae consigo la violencia cognitiva que se presenta en el autoritarismo de las ideas, en las posturas intransigentes y en la apología de la globalización neoliberal. Pero además, este viejo estilo de pensamiento trae también consigo algunas distorsiones en la manera de observar la realidad, de ver, de pensar, de sentir y actuar en el mundo, señalando que desde ese nivel cognitivo/emocional es imposible inferir principios que se aproximen a una ética compleja, integradora, inclusiva y transdisciplinar, algo absolutamente imprescindible en nuestros días.

Sin embargo, no es esto lo que observamos en la actualidad. Ahora estamos viviendo en un momento único de la humanidad, en el cual la convivencia humana, sea local, regional o incluso planetaria, se presenta cada día más difícil, insegura y conflictiva. Son innumerables los eminentes investigadores, científicos internacionales, como Ervin Laszlo, Edgar Morin, Ubiratan D’Ambrosio, Manfred Max-Neef, Leonardo Boff y otros muchos que, desde la última década del pasado siglo, hace más de 25 años, nos vienen advirtiendo que vivimos en un momento crucial de la humanidad y que estamos sometidos a varias emergencias para las cuales la humanidad no está preparada para encontrar las soluciones necesarias. Ante estas situaciones complejas e imprevisibles de diferente naturaleza y que afectan a nuestra vida cotidiana, nuestra falta de preparación es grande.

Como humanidad, nos damos cuenta de que cada vez es más difícil encontrar un lugar seguro que nos acoja. El fantasma de la vulnerabilidad planea sobre los individuos y por todo el planeta. Sabemos también que el miedo no será exorcizado hasta que consigamos construir nuevas herramientas cognitivo/emocionales que nos permitan vivir/convivir en sociedad, pues necesitamos aprender a enfrentar los desafíos que nos acechan, entre los cuales están los nuevos desafíos éticos. El gran problema es que vivimos y utilizamos una inteligencia ciega que fragmenta y disjunta, tanto en lo que se refiere al ser humano como a la realidad de la vida.  Además de que no tenemos las herramientas cognitivo/emocionales y éticas que nos ayuden a elevar el tono del debate y a repensar los sistemas políticos y socioculturales vigentes. Nuestra supervivencia individual y colectiva depende de nuestro aprendizaje del vivir/convivir con las diferencias, con la diversidad, con la pluralidad, ya que estamos globalizados y, al mismo tiempo, desterritorializados, no solamente por causa de las redes de comunicación que nos integran, sino también por los sufrimientos colectivos, por inseguridades y desgracias que se despliegan por las rendijas escapando a nuestro control. Y el problema es que todavía no hemos aprendido a vivir/convivir con las diferencias, con el pensamiento divergente, con una comprensión diferente de la nuestra, reconociendo la legitimidad de la mirada del otro que es diferente a la mía.

¿Qué es lo que está en la base de todo esto? Está un conjunto de valores insostenibles, fruto de un paradigma civilizatorio que ya no puede mantenerse, cuyas consecuencias son imprevisibles para el propio futuro de la humanidad. Está un paradigma que trae consigo una ética tradicional insuficiente, incompatible con las demandas del mundo actual, incapaz de traer armonía, bien estar y bien vivir. Está un modelo de sociedad basado en la acumulación de riqueza material, de bienes y servicios. Un modelo que  olvida que la Tierra no es inagotable en sus recursos y en su generosidad y que el progreso en dirección al futuro ya no es exactamente aquello que imaginábamos. Hoy, sabemos que los recursos son limitados, que gran parte de ellos no son renovables  y que el crecimiento en dirección a un futuro brillante y confortable para todos, no pasa de ser una gran ilusión.

Si el mundo está enfermo, si la sociedad está dolorida, es porque el ser humano también se encuentra profundamente afectado, ya que la ecología y la paz interior también dependen de la ecología y de la paz social, así como de nuestras relaciones con la Naturaleza materializadas a través de nuestras relaciones con el triángulo de la vida. Todo esto, a su vez, depende de la evolución del pensamiento, de la inteligencia, de la conciencia humana en una dinámica integrada e integradora, lo que requiere una nueva ética que se proyecte en las generaciones futuras y en el futuro del planeta. Todos los sistemas vivos tienen derecho a continuar viviendo, conviviendo y existiendo, un derecho inalienable para vivir el presente y el futuro que les corresponde.

Así, nuestra atención debería estar prioritariamente dirigida a las cuestiones relacionadas con la interculturalidad, la diversidad, y hacia el pleno desarrollo de la conciencia humana, enfocada en una nueva humanización, entendiéndola como un proceso que lleva al florecimiento de una nueva humanidad, producto de una conciencia más evolucionada. Algo que es esencial para la democracia fundada en la complejidad de las interacciones entre unidad y diversidad, entre lo local y lo global, y para la construcción de nuevas identidades que surgen en una dinámica de naturaleza compleja. Como humanidad sabemos que no es posible tocar una bella sinfonía con un único instrumento musical, porque la belleza se encuentra en la armonía entre los diferentes instrumentos, así como la belleza de un jardín se encuentra en la diversidad de los colores y aroma, en la belleza estética de cada pétalo que compone nuestro jardín.

Nuestra supervivencia individual y colectiva, depende por tanto de lo aprendido que pueda haber en relación al vivir/convivir con la diferencia, con la diversidad y con la pluralidad, con objeto de que podamos aprender a vivir juntos, ya que con la globalización estamos todos desterritorializados y no sabemos vivir/convivir con las diferencias. No obstante, es preciso también ir un poco más allá del cultivo de una coexistencia pacífica o pasiva y caminar en dirección de una coexistencia activa, del sujeto conscientemente actuante, que ejercita la participación, la solidaridad, el bien común y, al mismo tiempo, siente una compasión capaz de aminorar el sufrimiento al que está sometido como consecuencia de las intemperies de la vida.

Todo esto requiere, por parte de los educadores, no sólo competencias técnica y tecnológicas, sino sobre todo, competencias humanas, una mayor competencia ética, para que podamos ser capaces de comprender nuestra realidad, que es al mismo tiempo, solidaria y conflictiva, incierta e insegura, pero profundamente creativa. Son competencias humanas orientadas y fundadas, no solamente en el conocimiento y en las habilidades necesarias, sino principalmente en la ética de la responsabilidad y la solidaridad, de la amorosidad, en la percepción de los procesos de interdependencia y en la comprensión de la multidimensionalidad humana, así como en el respeto a las diferencias que enriquecen la trama de la vida.

Esta comprensión ética, a su vez, exige una nueva cosmovisión que reconozca la conformación de los fenómenos sociales como procesos complejos emergentes. Una cosmovisión capaz de superar los límites del paradigma de la simplificación, de la fragmentación, capaz de percibir que fenómenos como el trabajo, la pobreza, la exclusión y la miseria son interdependientes y deben ser pensados y transformados desde una política mayor de civilización.

Para ello, será necesario aprender a utilizar las herramientas que proporcionan las nuevas ciencias de la complejidad, sin descuidar la sabiduría gestada por los pueblos que nos ayudan a rescatar y cuidar las identidades locales cooptadas por los sistemas políticos y por la globalización, pero a su vez secuestrados por el sistema económico que condiciona nuestro vivir/convivir. Así, necesitamos de nuevas herramientas que nos ayuden a superar las dicotomías y a comprender que la unidad no es uniformidad, que la diversidad es condición de nuestra humanidad, y que la relación autonomía/dependencia es condición intrínseca a la dinámica de supervivencia de los pueblos.

Urge, por lo tanto, un nuevo pensar  a partir de una nueva base ontológica, epistemológica y metodológica, nuevos fundamentos capaces de ayudarnos  a problematizar lo real, la ciencia y la vida y a construir nuevas perspectivas civilizatorias que iluminen nuevos caminos. En este sentido entendemos que la complejidad y la transdisciplinariedad pueden cumplir un importante papel.

 

 

4. Conceptualizando complejidad y transdisciplinariedad.

 

Sabemos que cada paradigma de la ciencia tiene sus fundamentos, teoría y explicaciones ontológicas que influencian la lectura de los aspectos epistemológicos y metodológicos en los diversos campos de la ciencia o áreas de conocimiento. Así, toda o cualquier opción metodológica presupone una toma de conciencia ontológica y epistemológica, existiendo por tanto, una congruencia relacional entre estas tres dimensiones.

Vale la pena observar que, al pensar en complejidad y transdisciplinariedad, no estamos trabajando a partir del paradigma tradicional de la ciencia que ve el mundo físico constituido de objetos separados, independientes de los sujetos o de la manera de observar el mundo y construir conocimiento y la realidad que nos rodea. Sabemos que todo objeto aislado carece de sentido, pues su existencia se concreta y expresa a partir de sus conexiones y relaciones con el medio y con los sujetos que lo integran. Así, en vez de objetividad, como característica dominante del paradigma tradicional, tenemos la subjetividad y la intersubjetividad como presupuestos científicos de las teorías profesadas. Esto es así, porque todo y cualquier acontecimiento cuántico no es separable en cuanto objeto. En el lugar de la causalidad lineal, se nos presenta la causalidad circular de naturaleza recursiva o retroactiva desafiando las nociones causa/efecto de la ciencia tradicional.

Del determinismo y de la previsibilidad de los fenómenos, caminamos en dirección al indeterminismo y a la incertidumbre arraigados en el tejido del universo, y reconocemos la imposibilidad de determinar cómo una situación cualquiera se manifestará o se presentará en el momento de la interferencia del observador científico. Los electrones ya no son ondas ni partículas. En realidad son “ondículas”, ya que su naturaleza es la complementariedad, trascendiendo ambas dimensiones explicativas de la materia, mostrando así que necesitamos de otra lógica para comprender mejor los fenómenos constitutivos de una realidad de naturaleza compleja y transdisciplinar.

Con la revolución de la ciencia nacida en los comienzos del siglo pasado, con los descubrimientos de la Física Quántica, la microfísica desembocó en una relación compleja con la macrofísica, y a partir del estudio de las partículas elementales y de las relaciones observador y objeto observado, se ha operado una gran mutación en el estatuto ontológico del objeto. Se ha verificado que él solo ya no se bastaba a sí mismo, o incluso manifestándose como sistema vivo, a partir de sus procesos auto-eco-organizadores y de su apertura en relación al medio. Ambos traen consigo, o abarcan entre sí, el ambiente externo en el papel coorganizador que le corresponde.

Esta mutación ontológica en el estatuto del objeto provocó también mutaciones en las perspectivas epistemológicas del sujeto, del observador científico, influenciando también los procesos de enseñanza y aprendizaje. El observador perturba el objeto que perturba el sujeto que lo observa. Uno abre la brecha en el otro. Se acoplan y se influencian mutuamente, ya que ambos son considerados sistemas abiertos en procesos de interdependencia.

En los párrafos anteriores, hemos intentado dejar clara la necesidad de evitar la disyunción sujeto/objeto, la anulación tanto del sujeto como del objeto, cuestionar el reduccionismo y la fragmentación excesiva, reconociendo la importancia de tener una epistemología abierta en la que quepan, entre otros aspectos, la incertidumbre, la dialógica, la recursividad, la auto-organización y la emergencia, o bien el sujeto olvidado por la ciencia tradicional. Para ello es necesario una nueva ciencia, un nuevo lenguaje y nuevos conceptos explicativos de la realidad que nos ayuden a conectar ontología, epistemología y metodología, reconociendo la existencia de un nudo gordiano entre el SER, el CONOCER y el HACER. Pero, una nueva ciencia contraria a la fragmentación del ser y la realidad (ontología), contraria a la fragmentación teórica y disciplinar del conocimiento (epistemología). y capaz de ofrecer una metodología de trabajo que supere la dualidades sujeto/objeto, unidad/diversidad, enseñanza/aprendizaje, cuerpo/mente y todo lo que intenta separar lo que en verdad es inseparable en la dinámica de la vida.

Así, una de las perspectivas teóricas más representativas e importantes de esta nueva ciencia es el Pensamiento Complejo, de Edgar Morin (2003), de la cual la complejidad es su concepto más expresivo. Esta línea de pensamiento o perspectiva teórica, no rechaza la claridad, el orden o el determinismo y la linealidad presente en los fenómenos, sino que los considera insuficientes para la explicación de la realidad. La complejidad se orienta, entre otros aspectos, por la indeterminación y la imprevisibilidad arraigada en el tejido del universo, por la diversidad constitutiva de lo real, por las emergencias presentes en todas las dimensiones de la vida, por la incertidumbre como expresión de las múltiples potencialidades de lo real como condición del existir humano. Incertidumbre como condición ontológica y epistemológica presente en las relaciones sujeto/medio, sujeto/objeto, individuo/sociedad/Naturaleza.

Complejidad significa para Edgar Morin (1990), un principio que permite ligar las cosas, los fenómenos, los acontecimientos, implicando en consecuencia, una teoría común que coloca como inseparablemente asociados el individuo y el medio, el orden y el desorden, el sujeto y el objeto, el profesor y el alumno y todos los demás tejidos que configuran los acontecimientos, las acciones y las interacciones que forman la trama de la vida. Para Morin (1990: 20) “complejo significa aquello que es tejido en conjunto”. Es un principio que trae consigo una dimensión organizacional y una dimensión lógica, como veremos en el transcurso de este trabajo.

Por tanto, la complejidad puede ser comprendida como un principio regulador del pensamiento y de la acción, capaz de articular relaciones, conexiones, interacciones y que nos ayuda a organizar lo real, a ver los objetos relacionalmente, insertados en sus respectivos contextos y dependientes de ellos. Con ella, Edgar Morin nos ayuda a intentar religar, en el dominio del pensamiento y de la acción, lo que ya se encuentra directa o indirectamente ligado en la Naturaleza, en el mundo material. De esta forma, la complejidad no pierde de vista la realidad de los fenómenos, no separa la subjetividad de la objetividad y no excluye el espíritu humano, el sujeto, la cultura y la sociedad (Morin, 1996). Es la mirada compleja sobre los fenómenos, la que nos permite, según este autor, encontrar un substrato común a la biología, la física y la antropología.

Fundamentado en el Pensamiento Complejo de Edgar Morin, es posible percibir que la llave de la complejidad está en reconocer la unión de la simplificación y de la complejidad, en comprender el juego existente entre análisis y síntesis, sujeto y objeto, individuo y contexto, educador y educando, observando la complementariedad de los procesos implicados en la tentativa de comprender la realidad de la manera menos reductora posible. Y es que todo fenómeno complejo está constituido por un conjunto de objetos inter-relacionados por interacciones lineales y no lineales. Sabemos que la linealidad existe, pero siempre como excepción y no como regla.

Según Edgar Morin (2003), la complejidad trae consigo la conciencia de que el ser humano es un “homo complexus”, un ser simultáneamente sapiens y demens, que vive de la muerte celular y muere de la vida que se auto-regenera en el interior de cada célula, un ser inacabado que se construye y reconstruye a lo largo de su existencia, compartiendo relaciones de solidaridad, de alteridad, de afectividad, ya se presenten como emociones, sentimientos y afectos, o como adversidades y relaciones agresivas provocadas por el medio en el que vive/convive. Ontológicamente, la complejidad nos enseña que somos seres autónomos y al mismo tiempo dependientes, seres egoístas y altruistas, prosaicos y poéticos, cuya dinámica procesual nos ayuda a dialogar con nuestras contradicciones, a despertar nuestras capacidades creativas adormecidas y a descubrir nuestras inéditas potencialidades resilientes, auto-organizadoras, que rescatan el orden en su diálogo con el desorden presente en la base de la trama de la vida

Al mismo tiempo, la complejidad en su dimensión organizacional, nos revela que la realidad es multidimensional en su naturaleza compleja, interdependiente, mutable, entrelazada y nutrida por los flujos que aparecen en el ambiente y a partir de lo que cada uno hace. Una realidad que es continua, discontinua, indeterminada en su dinámica operacional y que se manifiesta dependiendo del contexto, de las situaciones vividas y de las circunstancias creadas. El reconocimiento de la existencia de múltiples realidades y la legitimidad de todas ellas, es algo muy importante para esta construcción teórica, recordando que la realidad surge a partir de lo que cada uno hace, piensa, siente y actúa. Y como seres humanos, vivimos y nos trasladamos en múltiples realidades, sin que muchas veces tengamos la menor conciencia de esto.

La complejidad a su vez, en su dimensión lógica, nos ofrece un panorama o una perspectiva  diferente que nos ayuda mucho metodológicamente a avanzar en los procesos de construcción de conocimiento. Así, para construir un conocimiento de naturaleza transdisciplinar capaz de trascender las fronteras disciplinares, necesitamos trabajar a partir de otra lógica, también reconocida por Nicolescu (2002), como lógica ternaria o lógica del tercero incluido2. Una lógica que ya no es dualista y que nos ayuda a trascender el nivel de realidad primordial para que el conocimiento pueda emerger en otro nivel más profundo y abarcante, superando las contradicciones y ambivalencias. Para entender esta lógica, necesitamos del concepto de Nivel de Realidad.

 

 

Figura 1. Niveles de Realidad.

Representación simbólica de la lógica del 3° incluido,

según Nicolescu.

 

 

NR = nivel de realidad

El paso de un nivel al otro se cumple a partir del 3° incluido.

 

 

2.- La lógica ternaria o lógica del tercero incluido dice que, además de las representaciones A y no-A, existe una tercera posibilidad integrada por A y no-A, en la que ambas interactúan, de modo que esta tercera representación es diferente de las anteriores. Así, lo que era contradictorio, pasó a ser complementario (Nicolescu, 1999).

Cada nivel de realidad o de materialidad requiere de un conjunto de leyes para su mejor explicación. Esas leyes se rompen en el pasaje de un nivel a otro. En el caso de que no se rompiesen, el conocimiento quedaría restringido a un mismo nivel de realidad. Es el caso, por ejemplo, de las leyes de la física newtoniana que no se aplican al mundo de lo que es infinitamente pequeño. El paso de un nivel a otro presupone un cambio de leyes. Por otro lado, el concepto de niveles de realidad, puede también ser aplicado a los campos, o a las diferentes áreas de conocimiento según Nicolescu (2002). De la misma forma, toda teoría construida corresponde a un nivel de realidad específico (Max-Neef, 2013). Es por tanto, una teoría transitoria que al presentar algunas contradicciones que suceden en otro nivel de realidad, se modifica. Esto nos lleva a darnos cuenta, o a inferir, que el conocimiento se presenta como una estructura abierta.

Uniendo los diferentes niveles de realidad se encuentra, por tanto, la complejidad, que es considerada como una propiedad sistémica organizacional de carácter universal y que permite el diálogo estructural entre los diferentes niveles de realidad. Este acoplamiento de estructuras sucede en función de la interpenetración sistémica en términos de energía, materia o información, que circulan entre los diferentes niveles. Tal acoplamiento energético, material o informacional puede ocurrir tanto en un mismo nivel, como entre diferentes niveles. Y para comprender mejor esta dinámica operacional de naturaleza transdisciplinar, metodológicamente utilizamos la complejidad caracterizada por los operadores cognitivos para el pensar complejo propuesto por Edgar Morin (1997).

¿Y cuál es el papel de tales operadores? Son instrumentos o recursos del pensamiento que nos ayudan a transversalizar el conocimiento del mundo físico, biológico y el propio ser humano, facilitando así la comprensión de la complejidad inherente a la realidad sistémica organizacional constitutiva de nuestro mundo. Esos operadores nos ayudan a pensar de manera compleja, a construir conocimiento y a reorganizar el saber a partir de una dinámica diferenciada, dialógica y auto-eco-organizadora más profunda e integradora. Por tanto, usamos la epistemología de la complejidad, la lógica de la complejidad, o sea, la dialógica, y nos apoyamos en los demás operadores cognitivos para un pensar complejo. ¿Cuáles serían estos operadores? Entre otros, los principales operadores serían los principios dialógico, recursivo, hologramático y auto-eco-organizador. Así, la complejidad, sostenida o asistida por los operadores cognitivos propuestos por Edgar Morin (1997), sería uno de los ejes constitutivos de la transdisciplinariedad, de acuerdo con la propuesta de Basarab Nicolescu (2002).

Volviendo a los estudios de Nicolescu (2002), la realidad es lo que se resiste a nuestras explicaciones, interpretaciones o formulaciones matemáticas. Lo real es lo que está ahí, aquello que simplemente es. Así, la nueva Física nos informa que la realidad es multidimensional, o sea, estructurada a partir de múltiples y diferentes niveles, como por ejemplo, el nivel macrofísico o microfísico y la realidad virtual, todos en proceso de coexistencia. Independientemente del área de conocimiento, si en la relación trabajamos a partir de una única lógica, la conciencia individual y los pensamientos permanecen presos o atados a un mismo nivel de realidad.

Por ejemplo, si el conocimiento se refiere o queda prisionero al nivel macrofísico, al nivel en el que las cosas son visibles y separadas unas de las otras, ciertamente el antagonismo y la fragmentación prevalecerán al usarse la lógica binaria caracterizadora de tales procesos, Esta es la lógica que separa y fragmenta, a partir de la cual emergen posiciones antagónicas y, muchas veces, irreconciliables. Al permanecer solamente en el nivel de lo que es visible o percibido por los cinco órganos de los sentidos, epistemológica y metodológicamente estaremos ante procesos de construcción de conocimiento basados en la separación, en la fragmentación, en el determinismo, en las relaciones de causa y efecto presentes en el análisis de los hechos, de los procesos, fenómenos y los eventos que suceden.

Es importante darse cuenta que la transdisciplinariedad no es una utopía, un simple debate o una conversación sin fundamento. Dependiendo del enfoque trabajado por los diferentes autores, la transdisciplinariedad es comprendida de determinada manera. La gran mayoría de los textos y artículos encontrados, trabaja la transdisciplinariedad en el nivel de contenidos, integrando informaciones y temáticas de diferentes disciplinas o dimensiones de la realidad, como ha propuesto Silva (2005) en la figura que sigue.

 

 

 

 

 

 

 

Transdisciplinar

 

 

 

 

Aquí, se obtiene un producto, un conocimiento transdisciplinar que relaciona diferentes disciplinas, pero que va más allá de todas ellas, a partir de la construcción de un único domino lingüístico (DL).

Mientras tanto, a partir de Nicolescu (2002), ha sido posible ampliar el concepto de transdisciplinariedad, buscando encontrar otras dimensiones involucradas y que verdaderamente nos han ayudado mucho a resignificar nuestras prácticas pedagógicas, a ampliar las competencias docentes, caminando más allá de la necesaria instrumentalización técnica y pedagógica, en dirección al desarrollo y la evolución de su conciencia educadora.

Nicolescu, en todas sus obras, artículos y ensayos, repite siempre la misma definición: “Transdisciplinariedad es aquello que trasciende las disciplinas, que está entre, más allá y a través de las disciplinas” (Nicolescu, 2001).

Trasciende lo que está ahí al romper con la lógica binaria y al reconocer el dinamismo intrínseco de lo que sucede en otro nivel de realidad. Pero, ¿qué es lo que está más allá de las disciplinas? Más allá de las disciplinas, es decir, de los objetos de conocimiento, está el ser humano con toda su multidimensionalidad y diferentes niveles de percepción de la realidad.

Para Nicolescu, esta definición implica el uso de una epistemología y de una metodología estructurada a partir de la articulación competente de tres dimensiones: Complejidad, niveles de realidad y lógica del tercero incluido (Nicolescu, 2002). La ontología es la parte de la Filosofía que trata de la naturaleza del ser, de la realidad y existencia de los entes. Ontos, en griego significa ente; Logos, conocimiento, ciencia. Etimológicamente, ontología significa “ciencia del ser”. Así, la expresión ontología compleja, significa que las relaciones sujeto/objeto, ser/realidad, son de naturaleza compleja y por tanto inseparables entre sí, pues el sujeto trae consigo la realidad que intenta objetivar. Es un sujeto, un ser humano que no fragmenta la realidad que intenta objetivar. Es un ser humano que no fragmenta la realidad que lo rodea, que no descontextualiza el conocimiento, un sujeto multidimensional, es decir, con todas sus estructuras perceptivas y lógicas, como también sociales y culturales a disposición de su proceso de construcción de conocimiento, ya que la realidad no existe separada del ser humano, de su lógica, de su cultura y de la sociedad.

De esta forma, en la ontología compleja, el ser está dentro del mundo, forma parte de él. Mundo y realidad son comprehendidos en su organización, producto de interacciones, de retroacciones, de emergencias, de auto-eco-organizaciones, de dinámicas sinérgicas y convergentes, como también de dinámicas de desencuentro, en las que el orden y el desorden están en constante diálogo. El ser, para Morin, es siempre una organización activa producto de interacciones, una organización mantenida por flujos que exigen apertura estructural y cerramiento organizacional. Tales mecanismos son los que garantizan las relaciones dialógicas entre autonomía y dependencia, perturbación y quietud, sapiencia y demencia, y todo aquello que teje la trama de la vida y permite su existencia. Por tanto, una ontología compleja mantiene siempre la tensión de las polaridades constitutivas del ser, así como las interacciones entre las distintas dimensiones que lo integran.

Tales explicaciones ontológicas presuponen aspectos epistemológicos que se revelan a partir de lo que sucede en las relaciones sujeto/objeto, en las relaciones concurrentes entre los niveles de realidad del objeto y los niveles de percepción del sujeto transdisciplinar. Influye también en los aspectos metodológicos que reflejan la manera como trabaja la naturaleza organizacional de la materia, es decir, del conocimiento, de las disciplinas con las cuales se está dialogando.

La epistemología de la complejidad, sostenida por los operadores cognitivos para un pensar complejo y transdisciplinar, nos ayuda a trabajar las relaciones sujeto/objeto, es decir, las relaciones entre los niveles de realidad del objeto y los niveles de percepción del sujeto; a promover el diálogo entre las disciplinas, comprendiendo mejor la dinámica operacional concurrente e influenciando los aspectos metodológicos, a partir del uso de la lógica ternaria que permea nuestras reflexiones y acciones cotidianas. Así, resulta más fácil resolver los conflictos, comprender las divergencias, reconocer las diferentes maneras de interpretar la realidad, percibiendo mejor los problemas y el encuentro de sus soluciones.

Esto significa que el conocimiento transdisciplinar, producto de una teoría compleja, dialógica y auto-eco-organizadora, es tejido en los intersticios, en las tramas, en la intersubjetividad dialógica, en los meandros de la pluralidad de percepciones y significados emergentes, a partir de la dinámica compleja presente en los fenómenos, eventos y procesos constitutivos de la realidad de la vida. Es por tanto, producto de interacciones concurrentes entre los niveles de realidad representativos del objeto y los niveles de percepción y de conciencia del sujeto. Es un conocimiento que establece la correspondencia entre el mundo exterior del objeto y el mundo interior del sujeto.

Así, la epistemología de la complejidad, como elemento constitutivo de la matriz generadora de la transdisciplinariedad, nos informa que ella es producto de una dinámica que involucra la articulación de lo que sucede en los niveles de realidad y en los niveles de percepción de los sujetos, y de una lógica ternaria que trabaja el paso de un conocimiento de un nivel de realidad a otro, bien como de la complejidad estructural que une los diferentes niveles y las diferentes disciplinas, y que nos revela que toda identidad de un sistema complejo está siempre en proceso de llegar a ser. Es algo inacabado, siempre abierto, en evolución, en mutación y proceso de transformación.

A partir de esta comprensión, todo conocimiento transdisciplinar es algo siempre abierto, pudiendo ir más allá del horizonte conocido, implicando la travesía de fronteras, el mestizaje, la creación permanente aceptando lo diferente y renovando las formas aparentemente acabadas de conocimiento. Por la transdisciplinariedad, trascendemos, creamos algo nuevo, que puede surgir a partir de un insight, de un instante de luz en la conciencia, de procesos intersubjetivos en sinergia, en los que algo nuevo sucede involucrando a las diferentes dimensiones humanas. Por tanto, es la subjetividad objetiva del sujeto que aprende, la que se expresa de una nueva manera, demostrando que el conocer involucra todas esas dimensiones humanas no jerarquizadas, ni dicotomizadas, sino articuladas y funcionalmente complementarias en su dinámica operacional, actuando mediante un proceso de cooperación global que ocurre en todo organismo.

Al trascender la lógica binaria (de A y de no-A), fragmentadora de la realidad, al rescatar la dimensión complementaria de las polaridades aparentemente contrarias, la transdisciplinariedad nos ayuda a promover la alteridad, a rescatar el respeto por el pensamiento del otro que, aunque sea diferente del mío, es absolutamente legítimo, ayudándome a comprender lo que sucede en otros niveles de materialidad del objeto y de la percepción de los sujetos que aprenden, a reconocer, inclusive, la importancia de los conocimientos antiguos y a explorar otras maneras de ser/conocer, de vivir/convivir y aprender. Se concluye por tanto, que la transdisciplinariedad trae otra lógica, otro conocimiento, otra racionalidad también constitutiva de otra ética.

Así, la educación fundada en la transdisciplinariedad, en la multidimensionalidad humana, va más allá del racionalismo clásico y recupera la polisemia de los símbolos, reconoce la importancia de las emociones, de los sentimientos y afectos. Reconoce la voz de la intuición al colocarla en diálogo con la razón y con las emociones subyacentes. En fin, reconoce la subjetividad humana, no como una realidad cosificada, sino como un proceso vivo y multidimensional del individuo/sujeto concreto, actuante y creador del mundo a su alrededor.

Por tanto, es un pensamiento que percibe el sujeto en su multidimensionalidad, no sólo reduciéndolo a una hipertrofia cerebral, sino rescatando lo que sucede en su corporeidad, en su emocionalidad, como algo importante en los procesos de construcción de conocimiento. Una nueva manera de pensar que rescata la integración cuerpo/mente, pensamiento/sentimiento, conocimiento/autoconocimiento y la importancia de la flexibilidad corporal, mental y espiritual en los procesos de construcción del saber, ya sea con las actividades más sutiles con la intuición o con la ética y la estética. Es, en consecuencia, un conocimiento que colabora para religar lo que antes estaba separado, que se da cuenta que dentro de cada uno de nosotros existe un microcosmos dialogando con los objetos del macrocosmos, con los sujetos y con las disciplinas constitutivas de los diferentes niveles de materialidad que nos rodean.

Así, todo conocimiento de naturaleza transdisciplinar, sea en el campo profesional o personal, procura explorar aquello que circula entre los diferentes niveles de realidad y de percepción de los sujetos, aquello que se encuentra en el orden implicado, doblado, escondido dentro de cada uno de nosotros. Es decir, percibe aquello que es subliminal, que habita en la región en que nuestros sentidos muchas veces no son capaces de penetrar, de analizar, de decodificar en un primer momento y que requiere otras dimensiones humanas, como la intuición, la imaginación, para así poder comprenderse mejor a partir de su diálogo con la razón.

Por otro lado, la transdisciplinariedad no es una nueva creencia, tampoco una nueva utopía como ya oímos por ahí, ni tampoco una nueva teoría pedagógica que viene a sustituir todo lo que hemos realizado en educación hasta ahora. Como principios epistemológico y metodológico, y como actitud abierta frente a la realidad y el conocimiento, la transdisciplinariedad requiere claridad y rigor epistemológico, como ya hemos dicho, para que puedan ser aprovechadas el máximo las posibilidades relativas al objeto o a las disciplinas trabajadas. Claridad epistemológica, para que podamos incentivar diálogos más competentes entre las diferentes disciplinas, entre ciencia, cultura y sociedad, entre individuo y contexto, educador y educando, ser humano y Naturaleza, y para la construcción de una base conceptual más sólida que nos permita el desarrollo de conversaciones y de nuevos estilos de negociación de significados, a partir de la manera como observamos la realidad y construimos conocimiento y el mundo a nuestro alrededor. De ahí, toda nuestra anterior preocupación en relación a la necesaria apertura de nuestras jaulas epistemológicas, sin la cual sería difícil trabajar y comprender lo que estamos entendiendo por conocimiento transdisciplinar.

 

 

5. Ampliando la visión epistemológica de la transdisciplinariedad.

 

Antes de abordar la naturaleza compleja y transdisciplinar de la ética, es importante comprender también algunos conceptos importantes que el estudio de la transdisciplinariedad, a partir de la construcción de Basarab Nicolescu, nos posibilita. Primero, comprender que, con la transdisciplinariedad, en realidad, estamos trabajando la relación epistemo-metodológica relativa al sujeto/objeto. Tenemos así al sujeto transdisciplinar, con sus niveles de percepción diferenciados, que trabaja con un objeto transdisciplinar constituido por diferentes niveles de realidad. Así, la unidad de los niveles de materialidad, constituye el objeto transdisciplinar y la unidad de los niveles de percepción constituye el sujeto transdisciplinar.

Segundo, es importante comprender que a cada nivel de realidad hay asociado un nivel de percepción del sujeto. Existiría por tanto, una correspondencia biunívoca entre el nivel de realidad o de materialidad del objeto y el nivel de percepción del sujeto. Así, el paso de un nivel de realidad a otro implica también el paso de un nivel de percepción a otro. Correspondería, según Nicolescu (2002), el paso de un flujo de información que atraviesa de modo coherente los diferentes niveles de realidad del objeto. Existiría también, un flujo de conciencia que atraviesa de modo coherente los distintos niveles de percepción. Concluyendo así, que entre esos flujos existiría una relación de isomorfismo, indicando, según Nicolescu (2002) que “el conocimiento no es exterior, ni interior. Es al mismo tiempo, interior y exterior”. De esta forma, el estudio del Universo, de la realidad, o el estudio del ser humano se sustentan mutuamente.

Así, el conocimiento transdisciplinar no sería solamente producto del sujeto o del objeto transdisciplinar, sino de lo que sucede en las interacciones intra e intersubjetivas con el objeto transdisciplinar. O sea, es simultáneamente producto de lo que ocurre en el interior del sujeto con aquello que le es exterior. Es producto, por tanto, de esa interactividad dinámica de carácter intra e inter subjetivo y de su acoplamiento estructural con lo que acontece a su alrededor. El conocimiento transdisciplinar es el resultado de esa dinámica compleja y, por tanto, no lineal que presupone un movimiento constante y condiciones de percepción de esa construcción teórica común, es decir, capacidad de comprensión de su dinámica compleja que requiere, a su vez, la religación de los fenómenos, eventos, procesos y cosas.

 

 

6. Por una ética compleja y transdisciplinar.

 

¿Cuáles serían algunas de las implicaciones de esta comprensión sobre las cuestiones éticas? Pues bien, si la realidad es unidimensional, a partir de lo que ocurre en un único y mismo nivel de realidad, de racionalidad, o de una única perspectiva de lo real, y por tanto orientada por una lógica binaria, lineal, determinista, las relaciones sujeto/objeto estarían orientadas por un único nivel de percepción o de referencialidad. Prevalecería así el dualismo, la lógica verdadero/falso, de esto o aquello, fruto de una razón fragmentada, generadora de una realidad que separa lo inseparable, que separa relaciones bipolares que suceden en la Naturaleza, en la vida y en la sociedad, creando así una realidad artificial, ya que ningún sistema vivo funciona de esta manera.

Una realidad fragmentada genera un saber fragmentado y por tanto, una ética también fragmentada y parcial. Una ética para cada área de conocimiento, para cada clase, profesión y cultura, olvidándose así que cada parte estará siempre integrada en un todo mayor. Siguiendo el mismo razonamiento, es una manera de pensar y de comprender el mundo que separa razón y emoción, lo masculino y lo femenino, lo público y lo privado, haciendo que una ética también fragmentada acabe posibilitando la confusión de cuál es el interés público y cuál el interés privado, facilitadora de que ciertas prácticas políticas éticamente inadecuadas e inmorales sean oficialmente aceptadas, sirviendo también como elemento de dominación por parte de los poderes públicos instituidos y de los poderes económicos e ideológicos de la industria de la conciencia.

Esta visión está ciertamente en desacuerdo con el enfoque pluralista y multirreferencial  de la ciencia que postula la existencia de diferentes niveles de realidad, de materialidad, así como de diferentes niveles de percepción; la presencia de la pluralidad de las miradas y de lenguajes como siendo fundamentales para la comprensión de la realidad de naturaleza compleja. (Ardoíno, 1998).

Si la realidad estuviese constituida solamente por un nivel, ¿cómo entender la sinergia, la sincronicidad y la convergencia de procesos sistémicos? ¿Cómo comprender la intuición actuando sobre los diferentes niveles de percepción y de conciencia del sujeto? O entonces, ¿cómo reconocer la multidimensionalidad dinámica que se presenta en el fenómeno de la paz? Sabemos que la paz depende de lo que sucede simultáneamente en nuestra ecología interior, en nuestra ecología social y en la ecología ambiental.

Esta incoherencia de percepción es en gran parte responsable de las crisis que nos afectan, de los movimientos fundamentalistas de todos los tipos, de la desacralización de la Naturaleza, de la negación de la espiritualidad por la que el ser humano se siente parte de una totalidad mayor. Sin manifestaciones, frutos de una lógica absolutamente simplista, responsable en gran parte de los desafíos éticos y morales que hoy se nos presentan. Y es que la ética, acaba siempre siguiendo el destino de la razón (Boff, 2003) y la razón, en su dimensión instrumental analítica no se detiene delante de nada, de ninguna instancia.

Así, necesitamos de una racionalidad compleja capaz de establecer nuevas relaciones, de una nueva estética del pensamiento. En palabras de María Concepción Almeida (2012), una ética que abra la mente al diálogo sin reservas, que debilite las resistencias a los sistemas noológicos cerrados, que disminuya la resistencia paradigmática y atenúe la fuerza de las palabras-maestras y de las verdades únicas. Entre tanto, aseguramos que es una ética que no debe renunciar a valores y principios universales que están en la misma trama de la vida, o sea, en la propia vida humana. Esto porque, aunque  se exija una cierta flexibilidad, apertura y tolerancia, no estamos proponiendo una ética sin responsabilidad que confunda bienestar y alegría con solidaridad y felicidad. Ni todo puede ser relativo y cambiante.

Necesitamos de un nuevo pensamiento capaz de sostener una nueva ética, una ética que soporte los riesgos de lo desconocido, que esté atenta a los desafíos de la incertidumbre, a las contradicciones y las dificultades que traen consigo. Una ética que reduzca la intolerancia, que rescate aquellos valores tradicionales que verdaderamente tengan sentido. Mientras tanto, esta ética necesita ser abierta y flexible para negociar con lo que sucede en el mundo al moverse en las zonas de riesgo. Una ética para y de la vida, en que cada uno asume su parcela de responsabilidad y solidaridad por la vida del Todo, en que cada uno se coloca al servicio de la vida en el planeta Tierra, pues aquel que reconoce la importancia de la vida, que ama la vida, no la mutila, no la destruye, no la condena. Solamente la cuida, ama y venera. Una ética capaz de reintegrar el cosmos, la materia, la vida y el ser humano, capaz de rescatar el espíritu de solidaridad entre los seres y el agradecimiento de la vida por parte de todos aquellos que comparten el mismo destino común.

Leonardo Boff (2003), con mucha sabiduría y preocupación por el futuro de la vida en el planeta, nos advierte que nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo, lo que ciertamente requiere una reforma del pensamiento (Morin, 2000) y mayor apertura del corazón (Moraes, 2008). Una reforma que nos ayude no a disolver el ser en la existencia de la vida, sino a comprender el ser, la existencia y la vida, como pretende Edgar Morin (2000).

Para Boff (2003), este cambio en la mente y en el corazón requiere de la comprensión de un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal. Implica por tanto, una ética de religación, que incluye y asocia, que une y solidariza, oponiéndose a lo que disjunta, reduce y fragmenta. Una ética fundada en la comprensión que fraterniza la relación y que procura rehumanizar el conocimiento político (Morin, 2006) en pro del bien común y del bien vivir.

Es la ética simbólicamente representada por el abrazo como estética de la vida, en las palabras de Almeida (2012). Abrazo como estética del pensamiento que abre la mente y el corazón para el diálogo sin reservas, que promueve la dialógica entre universalidad y singularidad, entre dependencia y autonomía, abierta al acogimiento y a la hospitalidad, pero también al ruido y al desorden. Una ética que privilegie la inclusión y la no exclusión, ya que como humanidad, necesitamos de mentes más abiertas, de miradas más atentas, sensibles y amorosas, de escuchas más solidarias y acciones más congruentes con los valores profesados, para que así podamos desarrollar acciones que promuevan realmente la diferencia en este momento importante de la humanidad.

Inspirados en las sabias palabras de Boaventura de Sousa Santos (2004), reconocemos que es necesario un conocimiento prudente para una vida más decente, y esto ciertamente requiere de un conocimiento sostenido por una ética capaz de ayudar a comprender mejor la dinámica de la vida, a darnos cuenta de la interdependencia existente entre los elementos constitutivos del triángulo de la vida, es decir, de las relaciones individuo, sociedad y Naturaleza. Una ética prudente para una vida decente y que nos haga reconocer la dependencia del ser humano en relación a su medio ambiente natural y al contexto social en el que vive.

Para finalizar, hago mías las palabras de Edgar Morin (2011; p. 101), que destaca la importancia de cultivar “una política de humanidad que retome y asuma los principios éticos de las grandes religiones, la compasión de Buda, el amor al prójimo y el perdón del Evangelio, la clemencia y la misericordia del Corán, por medio de la laicización de los principios de fraternidad contenidos en la trinidad laica: libertad, igualdad y fraternidad, guiada por la idea de asociar el desarrollo personal, la mejoría de la sociedad y la fraternidad comunitaria”.

 

Mi corazón puede adoptar todas las formas.

Es pasto para las gacelas.

Y monasterio para monjes cristianos

y templo para ídolos,

y la Kaaba del peregrino,

y las tablas de la Torá, y el libro del Corán.

Yo sigo la religión del Amor.

Cualquiera que sea el camino que recorran

los camellos, ésa es mi religión y mi fe.

IBN EL ARABI  (1165-1240)

 

Referencias

 

 

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