34. Año 2021. El séptimo cuaderno.

Tres años después se cumplía el período de cinco que habían establecido en el acuerdo de la ‘sociedad de hecho’ como el momento para evaluar y revisar la continuidad de la participación en ella de don Rubén, y en que se completaba su aporte de capital.

    La Cooperativa había crecido mucho y llegado a ser un verdadero ícono de la economía solidaria en el país. Trabajaban en ella 46 personas que se habían ido integrando como socios. Del grupo inicial habían perdido a dos, uno que un día desapareció sin dejar rastros y no pudieron encontrar, y otro que murió cuando una bala loca disparada en una noche de protesta social lo hirió mortalmente cuando él iba pasando por el lugar. Poco a poco los trabajadores-socios se habían ido instalando en casas cercanas a la sede cooperativa, actuando la cooperativa como aval de los arriendos.

    Juan había encontrado una buena compañera de vida, una de las trabajadoras entre las primeras que se habían asociado después del grupo inicial. Chabelita vivía con ellos en la misma casa que habían construido años atrás y donde se hizo la reunión memorable que dió vida a la empresa. Juan lo había pensado mucho, decidiendo sacar a Chabelita del colegio y organizando para ella, por iniciativa del profesor Humberto y con la ayuda de Consuelo, un sistema de aprendizaje en el hogar, que compartía con otros hijos de socios y socias. Era éste el comienzo de un original proyecto de educación alternativa que el profesor venía pensando desde hacía años y que finalmente podía implementar. Lo habían conversado, lo habían imaginado incluso en sus detalles, lo seguían perfeccionado poco a poco con las ideas de los padres y de los mismos niños que ya participaban en él.

    El reciclaje, que inicialmente había consistido en recolectar desechos que quedaban botados en las calles se había convertido en una unidad de producción. Artefactos diversos, muebles de distintos tipos y múltiples enseres en desuso que recogían o que eran llevados al sitio por sus dueños que no sabían qué hacer con ellos, eran procesados por un grupo de  trabajadores que los arreglaba, los recuperaba, los restauraba o creaba con sus materiales objetos artesanales y artísticos, todo lo cual la Cooperativa vendía en su misma sede y en dos puestos de venta que habían instalado en sectores comerciales de la ciudad.

    Los cultivos orgánicos y la crianza de gallinas se había desarrollado en base a tecnologías apropiadas y a conocimientos que iban aprendiendo en distintas instancias. Tenían un invernadero de alto rendimiento, un huerto orgánico, un  gallinero donde recogían diariamente varias docenas de huevos, un sistema de compostaje y preparación de humus, un gran cajón de lumbricultura, y unas instalaciones de energía solar para el secado, conservación y procesamiento de hierbas aromáticas y curativas y de otros productos del huerto.

    Tenían organizado un sistema de ventas muy práctico. Consistía en preparar cada semana varias decenas de cajas con variados productos producidos por la cooperativa cumpliendo los más rigurosos criterios de la producción orgánica. Las familias inscritas como clientes iban a retirar sus mercaderías a la sede, o ellos se las iban a dejar cobrándoles el costo adicional del transporte.

    Habían creado, además, una Cooperativa de Ahorro y Préstamos Solidarios, donde los socios colocaban sus ahorros y los gestionaban con relativa eficiencia, obteniendo  resultados apenas inferiores a los que podrían obtener colocando sus ahorros en un Banco comercial. En esa cooperativa tenían la ventaja de que cada vez que necesitaban dinero por alguna emergencia o proyecto que quisieran realizar, los socios no tenían problemas para obtenerlos rápidamente ni debían arriesgar garantías adicionales.

    Pero mientras la CONFIAR era un pequeño oasis de tranquilidad, de trabajo, de cooperación y de amistad, la situación en Santiago continuaba deteriorándose. Los partidos y las instituciones políticas estaban totalmente desprestigiadas, y la gente había perdido completamente el respeto a la autoridad. Cada vez que veían a algún diputado, senador, ministro u otra autoridad, lo más suave que recibían eran gritos que los acusaban de corruptos. El senador Larrañiche, igual que varios otros parlamentarios, había sido llevado ante la justicia, pero había salido libre de toda condena porque los políticos habían logrado corromper a muchos jueces.

    Las Iglesias estaban cada vez más desprestigiadas, porque los dignatarios eclesiásticos no habían sabido entender ni aceptar la revolución de las costumbres sexuales, y se habían enclaustrado en prácticas litúrgicas que a los pocos fieles que mantenían les resultaban cada vez más rutinarias y sin verdadero sentido espiritual.

    El sistema educativo era un desastre. Las reformas curriculares se habían sucedido unas tras otras, implicando siempre más gastos para el Estado y menos calidad de la enseñanza para los alumnos, que se comportaban cada vez más como bandas de bárbaros incontrolables.

    Le delincuencia había aumentado dramáticamente, y ya era inseguro andar por las calles a las nueve de la tarde, o detener el automóvil ante un semaforo rojo, o bajarse para abrir el portón del estacionamiento en la propia casa. La gente transitaba lo menos posible por las calles, siempre asustada y temiendo ser asaltada por algún delincuente. Pero las casas no eran tanto más seguras, a pesar de todas las medidas de protección que inventaban sus moradores.

    Ante el aumento de la delincuencia y el sentimiento de indefensión muchos ciudadanos se habían provisto de armas. Tratando de defenderse disparaban, herían y a menudo mataban a los delincuentes; pero el resultado de esto no era sino que los delincuentes actuaban cada vez con más violencia, dispuestos a disparar ante la primera sospecha de que pudieran verse atacados por sus víctimas.

    El transporte público era un desastre. Innumerables eran los buses que habían sido quemados o destruídos por bandas de delincuentes y de drogadictos. Los pocos que transitaban debían soportar que un creciente porcentaje de los pasajeros no pagara su pasaje. Sólo el Metro funcionada más o menos regularmente; pero estaba ocurriendo cada vez más a menudo que debían interrumpirse los recorridos porque alguna persona no había encontrado un lugar mejor para suicidarse que tirarse  a los rieles cuando entraban a las estaciones.

    Cada vez eran más frecuentes los días en que la contaminación del aire obligaba al gobierno a racionar los dígitos de los vehículos que podían transitar, pero con nulo resultado porque nadie hacía caso, ante la casi completa ausencia de control policial. Cada vez que llovía unos pocos milímetros, las calles se inundaban, especialmente en los barrios populares, porque el Estado y los Municipios no se preocupaban de realizar el debido mantenimiento y limpieza de los resumideros y alcantarillas.

    La economía andaba mal, a pesar de que las estadísticas hablaban de que la recesión, medida por el producto nacional bruto, no se acentuaba demasiado. Pero la desocupación seguía aumentando, y la inflación se resistía a disminuir no obstante las medidas de ajuste del gasto público que adoptaban el gobierno y los municipios. Muchos pequeños negocios de barrio cerraban sus puertas a un ritmo realmente preocupante, y se comenzaba a temer que llegara un fenómeno que no se habia conocido en el país desde hacía muchas décadas: la escasez de productos en los anaqueles y estantes de los supermercados.

    Don Rubén estaba verdaderamente sorprendido. Cada año llegaba a pasar sus vacaciones en Chile, sumándose a las actividades de la cooperativa, que veía florecer. El trabajo que él personalmente realizaba no era muy productivo, pero resultaba siempre beneficioso para todos porque ocupaba buena parte de su tiempo conociendo y conversando con los socios, los antiguos y los que se iban sumando, y siempre estos terminaban más animados y fortalecidos. Pero igual que todos, cada año venía notando el deterioro progresivo e imparable de la situación del país.

    En esa quinta visita no había dudado ni cinco minutos en decidir darle continuidad a su inversión y participación en la cooperativa. Todos los años organizaba un asado el día antes de partir de regreso a Australia. Esa noche, cuando ya se preparaba para despedirse, se acercó a su amigo Juan - así seguían llamándolo todos -,y le preguntó:

    ─¿Qué ha sucedido en el país estos años, que cada vez encuentro que está en una situación más mala, verdaderamente crítica? Te diré que casi no reconozco al país con que me encontré cuando vine por primera vez hace seis años.

    Pero no pudo escuchar la respuesta que Juan se disponía a darle, porque Consuelo lo tomó de un brazo y lo llevó donde quería mostrarle algo. Juan entró en la casa, tomó un cuaderno y comenzó a escribir apresuradamente. Hacía años que no lo hacía. Los cuadernos que había escrito deambulando por las calles correspondían a otra etapa de su vida. Ya no era el hombre deprimido que escribía para vaciar su mente de los pensamientos negros que le dictaba la razón crítica. Desde que había reencontrado el amor y un lugar en el mundo, no había perdido la lucidez de su razón crítica pero su mente era también capaz de reconocer embriones de vida nueva, destellos de esperanza. Y como había pensado mucho en la pregunta que le hizo don Rubén, que era también su más profunda inquietud, pensó que podía ofrecerle una respuesta. 

    Cuando era ya la hora en que don Rubén debía retirarse Juan le entregó un  cuaderno en que, con su letra enmarañada de siempre había escrito la respuesta a la pregunta de don Rubén, que era la misma pregunta que muchos en el país se planteaban.

    ─Traté de responder tu pregunta con total sinceridad.

    ─Lo leeré en el avión. Te lo agradezco mucho.

    Se despidieron. La fiesta cooperativa siguió por varias horas, predominando el canto y la guitarra.

    vueloEl día siguiente, instalado en su asiento y el avión alejándose de Santiago, don Rubén comenzó a descifrar el breve escrito que Juan había consignado en el cuaderno escolar.

    Barbarie mata a civilización.

    Teníamos una política que creíamos decente, unos partidos con ideologías y bases sociales, y una democracia imperfecta que funcionaba razonablemente; pero la avidez y la codicia los contaminaron y llevaron a un nivel de desprestigio nunca antes visto.

    Teníamos filósofos que eran escuchados, sabidurías populares que moldeaban los comportamientos y las costumbres del pueblo,  y ciencias sociales que guiaban la acción transformadora; pero la economía y la política los silenciaron o subordinaron, de modo que la verdad, el bien y la belleza dejaron de ser cultivados.

    Teníamos bosques con árboles  milenarios, gran diversidad ecológica, un ambiente saludable y una naturaleza maravillosa; pero la economía y la política, el mercado y el estado, la ignorancia y la indiferencia, los están destruyendo.

    Teníamos una educación aceptable, escuelas con maestros dedicados, universidades prestigiadas; pero la economía, la política y el deterioro de los saberes las deslizan por el despeñadero.

    Teníamos familias integradas y emprendedoras, que desarrollaban proyectos y educaban a los hijos; pero la economía, la política y la mala educación las están descomponiendo. 

    Teníamos religiones confiables y espiritualidades que daban sentido a la vida; pero la economía, la política, las falsas ciencias, la ignorancia y la mala educación,  las debilitaron, atrofiaron y distorsionaron.

    Entonces, como consecuencia de todo aquello, sobrevino la barbarie.

    Don Rubén cerró los ojos. La respuesta que estaba encontrando a su pregunta era muy desanimante. Había planteado su inquietud a Juan porque desde hacía varios meses se estaba preguntando qué hacer por el resto de su vida, y entre las opciones que imaginaba estaba la de vender su empresa y su casa en Australia y venirse a vivir a Chile, su país natal con el que se había reencontrado después de medio siglo. Tenía sesenta y ocho años, más casi cincuenta de ellos dedicados al trabajo y al desarrollo de su empresa de ebanistería, que le habían permitido formar una fortuna con la que podría vivir en adelante sin preocupaciones y en cualquier parte del mundo.

    Sin duda Autralia es un país maravilloso, con una naturaleza magnífica y unas gentes cultas y amables; pero sus viajes a Chile y sus encuentros con los amigos de la cooperativa le habían mostrado un modo de ser persona humana que le atraía profundamente. Después de todo, acá había nacido y vivido la infancia y  adolescencia, acá tenía sus raíces. Pero le atemorizaba el deterioro social y cultural que venía observando acentuarse, en cada uno de sus últimos viajes.

    Fue interrumpido por la azafata que le ofrecía la carta del menú y un surtido de bebidas y tragos. Don Rubén viajaba en primera clase. A su edad y habiendo trabajado toda la vida se lo merecía. Además el viaje era largo y no había razón para que fuera desagradable. Pidió un whisky del bueno, pensando en levantarse el ánimo alicaido que le estaba dejando la lectura del cuaderno de Juan. Y continuó leyendo:

    “La barbarie se instala en la sociedad cuando la política ya no representa ni conduce a los ciudadanos, y las autoridades no son respetables ni respetadas; cuando se ha dejado de cultivar el pensamiento independiente y las ciencias sociales están subordinadas a los intereses del poder económico y político; cuando la educación no forma a las personas  en valores y no ofrece saberes, valores y artes que orienten y sirvan en la vida; cuando las familias dejan de constituir un referente estable, y no ofrecen la necesaria protección y una apropiada integración en la comunidad; y cuando las religiones se convierten en rituales vacíos, han perdido credibilidad y respeto y se observa la inconsecuencia entre lo que se predica y lo que practica. A todo ello se agrega el deterioro ecológico y ambiental, y la desesperanza que genera la conciencia de que incumben crecientes desastres que amenazan la vida y los bienes.

    La barbarie es lo que sucede cuando todo queda subordinado a una economía en la que predominan la codicia, el utilitarismo, el consumismo y la competencia de todos contra todos.”

    Don Rubén detuvo la lectura. El whisky no había sido suficinte para levantarle el ánimo, y una tristeza honda se apoderó de su alma. Se daba cuenta de que lo que había escrito Juan era de una lucidez absoluta y no dejaba espacio a matizar el gris con colores vivos. La pregunta obvia asomó en su mente: “¿Se podrá salir de ésto?” Era la pregunta con que continuaba el escrito de Juan.

    “¿Es posible recuperar lo perdido? No, en la historia no hay retorno. Sólo queda mirar hacia adelante y construir el futuro. Tal vez sea posible crear algo nuevo y mejor que lo que había en el pasado y lo que hay en el presente. Tendríamos que inventar nuevas formas de familia y de comunidad, reconectarnos con la naturaleza y con el espíritu, desarrollar una nueva economía y mejores modos de hacer política, desplegar nuevas estructuras del conocimiento, ciencias comprensivas de la complejidad, y una educación liberadora y potenciadora de las capacidades del ser humano. 

     ¿Por dónde habría que empezar?

    Tal vez por donde comenzó la destrucción y el desastre: por la economía. Tiendo a pensar que lo primero será rehacer la economía, creando una economía de solidaridad, de trabajo y de cooperación, que no mate, que no engulla, sino que se ponga al servicio de la ecología y el ambiente, de las personas y de las familias, de la ciencia y el conocimiento, de la ética y de la política, de la cultura y del bien común. 

    Don Rubén pensó que si Juan y su pequeño grupo de vagabundos, desprovistos enteramente de capital y de recursos, habían podido crear una empresa cooperativa pujante, había razones para creer que una nueva economía pudiera ser creada a nivel de la sociedad en su conjunto. Pero justo al pensar en Juan y su grupo de vagabundos lo asaltó una duda angustiante: ¿será acaso que antes del reinicio tendrá la sociedad que caer en la más terrible pobreza y decadencia? ¿Habrá que pasar por el colapso del sistema de vida actual antes de un nuevo renacer?

    Necesitaba reponerse. Llamó a la azafata y le encargo otro whisky. Siguió leyendo:

    “Sin embargo, cuando pienso en una economía de trabajo, cooperación y solidaridad, entiendo que ha de ser construida por personas formadas en valores y saberes muy diferentes a los actuales, lo que me lleva a imaginar que el comienzo ha de estar en la creación y despliegue de una nueva educación. Aunque he comprobado en nuestra cooperativa que la educación en la práctica y en la convivencia solidaria puede ser más eficaz que muchos cursos y discursos.

    Pero analizando y profundizando el asunto me doy cuenta de que una nueva economía, igual que una nueva política y una nueva educación, deben ser concebidas, proyectadas y guiadas en base a nuevas estructuras del conocimiento, requiriéndose nuevas ciencias comprensivas de las interrelaciones entre la economía, la política y la cultura.

    No obstante cabe preguntarse: ¿será posible todo lo anterior si no nos mueve un profundo sentido de la vida, una ética interiorizada en la conciencia, y aún más al fondo, una espiritualidad que nos libere de los egoísmos y que ponga freno a los intereses mezquinos, a la avaricia y al afán de poder y dominio? Una espiritualidad verdadera, no religiosa ni sectaria, no aislada en la interioridad de personas que se aislan del mundo, sino comprometida con el ser humano, con la sociedad y con la casa común de todos.”

    Don Rubén reflexionaba lo que leía; pero su mente lo llevaba inevitablemente a pensar en Juan, un hombre al que había conocido en las más extrañas circunstancias, con el que había estado muchas veces, con el que habia mantenido conversaciones que eran siempre interesantes pero que no ponían en evidencia lo que estaba descubriendo de él con la lectura del cuaderno. Faltaba sólo una página escrita, y se abocó a leerla.

    “Llego así a la conclusión de que una cosa no puede ir sin las otras, y que las nuevas y mejores economía, política, educación, ciencias y espiritualidad, deben irse creando en conexión, reciprocidad y sinergia de las unas con las otras. Por lo cual voy comprendiendo que en el fondo la tarea histórica del presente es dar inicio a la creación una nueva civilización; una civilización fundada en la creatividad, en la autonomía y en la solidaridad de las personas y de las comunidades, y que implique un nuevo modo de relación con la naturaleza y un renovado sentido de la familia y de la convivencia humana.

    Si las personas y los grupos que operan en esos diferentes ámbitos de la actividad humana: economía, política, ciencia, educación, espiritualidad, familia, se ponen a infundir en ellos el espíritu de la nueva civilización, tal vez con suerte y con la complicidad de la vida, del universo y del espíritu, podamos.”

    Justo en ese momento la azafata le preguntó si le servía algo. 

Sí, por favor, tráigame una copa del mejor vino chileno que tenga.

El vino exquisito le produjo una placidez especial. Se quedó dormido. Soñó que estaba en un lugar ameno que se estaba convirtiendo en un pequeño paraíso.

 

FIN...