LA INTELIGENCIA ILUMINADA


 


 


 

LA INTELIGENCIA ILUMINADA

Una selección de escritos de Simone Weil


 


 


 


 


 


 


 

PRESENTACIÓN


 

Simone Weil fue una filósofa y mística francesa que en su corta vida (1909 – 1043) dió ejemplo admirable de autenticidad y de coherencia entre sus búsquedas intelectuales y sus opciones existenciales.

Recién graduada en filosofía y literatura clásica se dedica a la enseñanza escolar, donde sus ideas y trabajos pedagógicos en que se empeña en escapar del burocratismo de la educación pública, le significan despidos y cambios de una escuela a otra. Decide trabajar como obrera, en la Renault, donde tiene la experiencia del trabajo mecanizado y deshumanizado, y que la vinculan con el movimiento obrero. Participa en manifestaciones emancipadoras, en el sindicalismo y en movimientos políticos revolucionarios pacifistas. Una experiencia mística la lleva a comprender la necesidad de trascender la acción colectiva y a encontrar caminos de superación en una nueva mística del trabajo y de la vida espiritual.

Mujer de inteligencia extrordinaria, nos legó una de las más lúcidas visiones críticas de la civilización moderna, y una sorprendente comprensión de las necesidades y exigencias morales y espirituales de una nueva civilización que favorezca avanzar hacia la plenitud humana.

Después del hundimiento de nuestra civilización – escribe – una de dos: ó perecerá por completo, como las civilizaciones antiguas, o se adaptará a un mundo descentralizado. De nosotros depende, no ya la quiebra del centralismo (pues automáticamente se convierte en una bola de nieve que acaba en catástrofe), sino la preparación del futuro.” Y agrega: “La grandeza del hombre está siempre en el hecho de recrear su vida. Recrear lo que le ha sido dado. Fraguar aquello mismo que padece. Con el trabajo produce su propia existencia natural. Con la ciencia recrea el universo por medio de símbolos. Con el arte recrea la alianza entre su cuerpo y su alma. Observar que cada una de estas tres cosas, tomadas una a una y al margen de su relación con las otras dos, representa algo pobre, vacío, vano.”


 

La experiencia del totalitarismo y del estatismo que predominaban en su tiempo la llevan a comprender que el colectivismo es el peor de los males que puede experimentar el hombre, y que el bien del individuo y de la humanidad como un todo requiere organizar comunidades equilibradas y pacíficas en las que podamos reconocernos en nuestras diferencias y actuar con fraternidad. Pero ello no será posible, sostiene Simone Weil, en una cultura materialista en la que los individuos no se conectan con el mundo espiritual, por ser la conexión con lo sagrado la única fuerza que nos habilita para superar el egoismo, la avidez y el afán de poder.


 

Univérsitas Nueva Civilización


 

ÁLGEBRA

 

 

 

 

 

 

 

El álgebra y el dinero son esencialmente niveladores, el primero intelectualmente, y el otro de manera efectiva. La vida de los campesinos provenzales dejó de parecerse a la de los campesinos griegos descritos por Hesiodo, hace aproximadamente cincuenta años. Por la misma época se ha producido la destrucción de la ciencia tal y como la concebían los griegos. El dinero y el álgebra han triunfado simultáneamente.

 

Entre las características del mundo moderno no hay que olvidar la imposibilidad de apreciar en concreto la relación entre el esfuerzo y el resultado del esfuerzo. Demasiados intermediarios. Como en tantos otros casos, esa relación que no radica en pensamiento alguno, radica en una cosa: el dinero.

 

Cesa la relación entre signo y significado; el juego de los intercambios de signos se multiplica por sí mismo y en su propio beneficio. Y la dificultad creciente exige signos para los signos... Dinero, maquinización, álgebra. Los tres monstruos de la civilización actual. Analogía perfecta.

 

Dado que el pensamiento colectivo no puede existir como tal pensamiento, pasa a las cosas (signos, máquinas...). De ahí la paradoja: es la cosa la que piensa y el hombre quien queda reducido al estado de cosa.

 

No existe pensamiento colectivo. En cambio, nuestra ciencia es colectiva, como lo es nuestra técnica. Especialización. No solamente heredamos resultados, sino incluso métodos que no entendemos. Por lo demás, ambas cosas son inseparables, porque los resultados del álgebra proporcionan los métodos al resto de las ciencias.

 

¿Qué significa hacer el balance o la crítica de nuestra civilización? Tratar de poner en claro de una manera precisa la trampa que ha llevado al hombre a ser esclavo de sus propias creaciones. ¿Por dónde ha penetrado la inconsciencia en el pensamiento y la acción metódicos? Escaparse a una vida salvaje es una solución floja. Hay que encontrar de nuevo el pacto original entre el espíritu y el mundo en la misma civilización en que vivimos. Se trata por lo demás de una tarea imposible de cumplir a causa de la brevedad de la vida y de la imposibilidad de colaboración y sucesión. Pero eso no es óbice para no emprenderla. Nos encontramos en una situación análoga a la de Sócrates cuando esperaba la muerte en su celda aprendiendo a tocar la lira... Cuando menos, habremos vivido...

 

Al sucumbir bajo el peso de la cantidad, al espíritu no le queda otro criterio que el de la eficacia. La vida moderna se ha entregado a la desmesura. La desmesura lo invade todo: la acción, el pensamiento, la vida pública y la privada. De ahí la decadencia del arte. No hay ya equilibrio en ningún sitio. El movimiento católico reacciona parcialmente en contra de ello: por lo menos sus ceremonias han quedado intactas. Pero tampoco tienen nada que ver con el resto de la existencia. El capitalismo ha consumado la liberación de la colectividad humana en relación con la naturaleza. Pero esa misma colectividad ha heredado inmediatamente frente al individuo la función opresiva que antes ejercía la naturaleza. Incluso esto es materialmente verdadero. Del fuego, del agua, etc. de todas estas fuerzas de la naturaleza se ha adueñado la colectividad. Pregunta: ¿Puede transferirse al individuo la liberación alcanzada por la sociedad?


 


 


 


 


 

LA CARTA SOCIAL

 

 

 

 

 

 

 

(...) A partir de un cierto grado de opresión, los poderosos logran necesariamente hacerse adorar por sus esclavos. Porque la idea de estar absolutamente doblegado, de ser un juguete de otro resulta insostenible para un ser humano. Por eso, cuando a alguien se le priva de todos los medios de escapar a ese doblegamiento, no se le deja otra salida que convencerse de que las mismas cosas a las que le obligan, él las hace voluntariamente, o, dicho de otra manera, no le queda otro remedio que sustituir la obediencia por la abnegación. Y aunque algunas veces se esfuerce por hacer más de lo que le ordenan, sufrirá con todo menos, por la misma razón que los niños aguantan con risas, cuando juegan, algunos dolores físicos que los quebrantarían si se los infligieran como castigo. Merced, precisamente, a ese subterfugio, la servidumbre envilece el alma: en realidad, esa abnegación se asienta sobre una mentira, ya que sus motivos no resistirían un examen. (En este sentido, hay que considerar como liberador el principio católico de la obediencia, frente al protestantismo, que se apoya en la idea de sacrificio y de abnegación.) La única salvación posible estriba en el hecho de reemplazar la insoportable idea del doblegamiento, no ya por la engañosa ilusión de la abnegación, sino por el concepto de necesidad.

 

Al contrario que la rebelión que, como no se traduzca rápidamente en actos precisos y eficaces, acaba siempre transformada en su contrario, en virtud de la humillación que se produce por el sentimiento de impotencia que de ella se desprende. Dicho de otra manera, el principal apoyo del opresor radica en la rebelión impotente del oprimido. (...) Pero la mentira de la abnegación engaña también al amo... Considerar siempre a los hombres con poder como cosas peligrosas. Ponerse a cubierto de ellos en la medida de lo posible, sin despreciarse a sí mismo. Y si un día se ve uno obligado, so pena de cobardía, a estrellarse contra su poder, considerarse vencido por la propia naturaleza de las cosas, y no por hombres.

 

Se puede estar en prisión y con cadenas, pero también se puede estar afectado de ceguera o enfermo de parálisis. No hay ninguna diferencia. La única manera de conservar la propia dignidad en la sumisión forzada: considerar al jefe como una cosa. Todo hombre es esclavo de la necesidad, pero el esclavo consciente es muy superior.

 

Hay que eliminar la desgracia de la vida social todo cuanto sea posible, porque la desgracia no sirve para nada más que para la gracia, y esta sociedad no es una sociedad de elegidos. Siempre quedará suficiente desgracia para los elegidos. Problema social. Restringir al máximo el papel de lo sobrenatural indispensable para hacer respirable la vida social. Todo aquello que tienda a incrementarlo es malo (es tentar a Dios).


 


 

CONDICIÓN PRIMERA

DE UN TRABAJO NO SERVIL

 

 

 

 

 

 

 

Hay en el trabajo manual y en general en el trabajo práctico, que es el trabajo propiamente dicho, un elemento irreductible de servidumbre que ni la más perfecta equidad social podría borrar. Se trata del hecho de que este trabajo está gobernado por la necesidad, no por la finalidad. Se lleva a cabo por causa de una necesidad y no para obtener un bien; “porque hay que ganarse la vida”, como dicen quienes pasan su existencia dentro de él. En él se aporta un esfuerzo después del cual, a todas luces, no tendremos más que lo que ahora tenemos. Sin ese esfuerzo, perderíamos lo que tenemos.

 

Pero en la naturaleza humana no existe otra fuente de energía para el esfuerzo más que el deseo. Y al hombre no le es dado desear lo que ya tiene. El deseo es una orientación, el comienzo del movimiento hacia algo. El movimiento es hacia un punto donde no estamos. Si el movimiento, apenas iniciado, vuelve sobre su punto de partida, daremos vueltas como una ardilla en una jaula, como un condenado en una celda. Y dar vueltas y vueltas produce rápidamente el hastío.

 

El hastío, el cansancio, el asco es la gran tentación de aquellos que trabajan, sobre todo si están en condiciones inhumanas, e incluso cuando no es así. A veces esta tentación se ceba más en los mejores.

 

Existir no es un fin para el hombre, sino solamente la base para todos los bienes, verdaderos o falsos. Los bienes se añaden a la existencia. Cuando éstos desaparecen, cuando la existencia no se adorna ya con ningún bien, cuando está desnuda, no guarda ya relación alguna con él. Incluso es en sí misma un mal. Y es en ese momento cuando la existencia ocupa el lugar de todos los bienes ausentes, cuando se convierte ella misma en su único fin, su único objeto de deseo. El deseo del alma se halla atado a un mal desnudo y sin velo. El alma está entonces en el horror.

 

Ese horror es igual al del instante en que una violencia inminente va a infligir la muerte. Ese momento de horror se prolongaba en la antiguedad toda la vida para aquel hombre que, desarmado bajo la espada del vencedor, no era ejecutado. A cambio de la vida que se le dejaba, se le obligaba a agotar su energía en los esfuerzos de la esclavitud, todas las horas del día, todos los días, sin poder esperar nada que no fuera no ser ejecutado o azotado. No podía ya perseguir bien alguno más que la existencia. Los antiguos decían que el día que les habían hecho esclavos les habían también quitado la mitad del alma.

 

Pero toda condición en la que uno se encuentra necesariamente en la misma situación el primer día que el último de un período de un mes, de un año, de veinte años de esfuerzos, tiene un parecido con la esclavitud. El parecido está en la imposibilidad de desear otra cosa que no sea lo que uno ya posee, la imposibilidad de orientar el esfuerzo hacia la adquisición de un bien. Uno hace los esfuerzos únicamente para seguir viviendo.

 

La unidad de tiempo en esa situación es la jornada. En ese espacio se dan vueltas en círculo. En él se oscila entre el trabajo y el descanso como una pelota que botara de un muro al de enfrente. Se trabaja solamente porque se tiene necesidad de comer. Pero se come para poder continuar trabajando. Y nuevamente se trabaja para comer.

 

Todo es intermediario en esa existencia, todo es medio, la finalidad no se fija en ninguna parte. El objeto fabricado es un medio; será vendido. ¿Quién puede poner en él su bien?. La materia, el útil de trabajo, el cuerpo del trabajador, su misma alma, son medios para la fabricación. La necesidad está en todas partes, el bien en ninguna.

 

No hay que buscar más causas a la desmoralización del pueblo. La causa está ahí; es permanente; es esencial a la condición del trabajo. Hay que buscar las causas que, en períodos anteriores, impidieron que la desmoralización se produjera.

 

Una gran inercia moral, una gran fuerza física que haga el esfuerzo casi insensible, permiten soportar ese vacío. Si no es así, son necesarias compensaciones. Una compensación es la ambición de una condición social distinta para sí mismo o para los hijos. Otra son los placeres fáciles y violentos, compensación de la misma naturaleza; es el sueño en lugar de la ambición. El domingo es el día en que se quiere olvidar que existe la necesidad de trabajar. Para ello hay que gastar. Hay que vestirse como si no se trabajara. Hay que obtener satisfacciones de la vanidad e ilusiones de potencia que la licencia proporciona con gran facilidad. El exceso tiene exactamente la función de un estupefaciente, y el uso de estupefacientes es una tentación constante para aquellos que sufren. Finalmente, la revolución es también una compensación de esta misma naturaleza; es la ambición transportada al colectivo, la loca ambición de una ascensión de todos los trabajadores más allá de la condición de trabajadores.

 

El sentimiento revolucionario es en principio para la mayoría una rebelión contra la injusticia, pero rápidamente se convierte para muchos, como ha ocurrido históricamente, en un imperialismo obrero totalmente análogo al imperialismo nacional. Tiene por objeto la dominación ilimitada de la humanidad entera y de todos los aspectos de la vida humana por una cierta colectividad. El absurdo está en que, en ese sueño, la dominación estaría en manos de aquellos que trabajan y que por tanto no podrían entonces dominar.

 

En tanto que rebelión contra la injusticia social, la idea revolucionaria es buena y sana. En tanto que rebelión contra la desgracia esencial a la condición misma de los trabajadores, es una mentira. Porque ninguna revolución abolirá esa desgracia. Pero esa mentira es la que juega un papel mayor, pues esa desgracia esencial se siente más vivamente, más profundamente, más dolorosamente que la injusticia misma. Normalmente además ambas están confundidas. El nombre de opio del pueblo que Marx aplicaba a la religión pudo convenirle siempre que ésta se traicionó a sí misma, pero conviene esencialmente a la revolución. La esperanza de la revolución es siempre un estupefaciente.

 

La revolución satisface al mismo tiempo esa necesidad de aventura, en tanto que la cosa más opuesta a la necesidad, y que es también una reacción contra la misma desgracia. La afición a las novelas y películas policíacas, la tendencia a la criminalidad que aparece entre los adolescentes, corresponden también a esa necesidad.

 

Los burgueses creyeron con mucho infantilismo que la receta adecuada consistía en transmitir al pueblo la finalidad que gobierna sus propias vidas, es decir la de la adquisición de dinero. Llegaron al límite posible en este sentido con el trabajo a destajo y la extensión de las relaciones entre las ciudades y el campo. Pero con ello sólo han conseguido llevar la insatisfacción hasta un grado de exasperación peligroso. La causa es simple. El dinero como fin de los deseos y los esfuerzos no puede contener en su dominio las condiciones dentro de las cuales es imposible enriquecerse. Un pequeño industrial, un pequeño comerciante, sí pueden enriquecerse y convertirse en grandes industriales o grandes comerciantes. Un profesor, un escritor, un ministro son indistintamente ricos o pobres. Pero un obrero que se hace rico deja de ser obrero, y lo mismo ocurre casi siempre con el campesino. Un obrero no puede verse acicateado por el deseo de dinero sin desear con ello a la vez salir de la condición obrera, sólo o con todos sus camaradas.

 

El universo en el que viven los trabajadores rechaza la finalidad. Es imposible que en él penetren los fines, si no es por muy breves períodos que corresponden a situaciones excepcionales. El rápido crecimiento de nuevos países como América y Rusia produce cambios sobre cambios a un ritmo tan rápido que propone a todos casi a diario cosas nuevas que esperar, que desear, que aguardar; esta fiebre de construcción ha sido el gran instrumento de seducción del comunismo ruso, por efecto de una coincidencia, porque se produjo por la situación económica del país y no por la revolución ni por la doctrina marxista. Cuando se elaboran metafísicas a partir de esas situaciones excepcionales, pasajeras y breves, como han hecho los americanos y los rusos, esas metafísicas son mentira.

 

La familia proporciona fines en forma de hijos que educar. Pero a menos que se espere para ellos una condición diferente -y por la naturaleza de las cosas este tipo de ascensiones sociales son necesariamente excepcionales- el espectáculo de niños condenados a la misma existencia no impide sentir dolorosamente el vacío y el peso de dicha existencia.

 

Ese pesado vacío hace sufrir mucho. Es sentido incluso por muchos de aquellos cuya cultura es nula y cuya inteligencia es débil. Aquellos que, por su condición, no saben lo que es, no pueden juzgar equitativamente las acciones de aquellos otros que lo soportan toda su vida. No provoca la muerte, pero es quizás tan doloroso como el hambre. Quizás más aún. Quizás sería literalmente cierto decir que el pan es menos necesario que el remedio a ese dolor.

 

No hay muchos remedios a escoger. Sólo existe uno. Una sola cosa hace soportable la monotonía, y es una luz de eternidad; es la belleza.

 

Hay una sola circunstancia en la que la naturaleza humana soporta que el deseo del alma se dirija no hacia lo que podría ser o a lo que será, sino hacia aquello que es. Ese caso es la belleza. Todo lo que es bello es objeto de deseo, pero no deseamos que cambie, no deseamos que nada cambie, deseamos aquello tal como es. Miramos con deseo el cielo estrellado de una noche clara, y cuando lo hacemos lo que deseamos es únicamente el espectáculo que ya poseemos.

 

Ya que el pueblo está obligado a dirigir todo su deseo sobre lo que ya posee, la belleza fue hecha para él y él para la belleza. La poesía es un lujo para las otras condiciones sociales. Pero el pueblo tiene necesidad de poesía como de pan. No de la poesía encerrada en palabras; ésta, por sí misma, no puede serle de utilidad alguna. Necesita que la substancia cotidiana de su vida sea ella misma poesía.

 

Una poesía así sólo puede tener una fuente. Esta fuente es Dios. Esta poesía no puede ser más que religión. Ninguna falsedad, ningún procedimiento, ni reforma, ni convulsión puede hacer penetrar la finalidad en el universo donde los trabajadores están situados por su condición misma. Pero ese universo puede ser todo entero supeditado al único fin que sea verdadero. Puede suspenderse de Dios. La condición de los trabajadores es aquella en la que el hambre de finalidad que constituye el ser mismo de todo hombre, no puede ser satisfecha si no es por Dios.

 

Ése es su privilegio. Son los únicos que poseen esto. En todas las demás condiciones, sin excepción, los fines particulares surgen en la actividad. Y no existe fin particular, ni siquiera la salud del alma o de muchas, que no pueda hacer de pantalla y ocultar a Dios. Es preciso, a través del desprendimiento, rasgar la pantalla y pasar a través de ella. Para los trabajadores no hay pantalla alguna. Nada les separa de Dios. Sólo tienen que levantar la cabeza.

 

Para ellos lo difícil es levantar la cabeza. No tienen, como es el caso para todos los demás hombres, nada que les sobre y de lo que deban desembarazarse con esfuerzo. A los trabajadores les falta algo en cantidad. Les faltan intermediarios. Cuando se les aconsejaba pensar en Dios y hacerle ofrenda de sus penas y sufrimientos tampoco se estaba haciendo nada por ellos.

 

La gente va a las iglesias expresamente para rezar; sin embargo, sabemos que no podrían hacerlo si no se proporcionara a su atención intermediarios que sostengan la orientación hacia Dios. La arquitectura misma de la iglesia, las imágenes de las que está llena, las palabras de la liturgia y de las oraciones, los gestos rituales del sacerdote, son esos intermediarios. Cuando fijamos la atención en ellos, ésta se halla orientada hacia Dios. ¡Cuánta mayor aún es la necesidad de esos intermediarios en el lugar de trabajo, donde uno va solamente para ganar su vida! Allí todo amarra el pensamiento a la tierra.

 

Pero no podemos poner las imágenes religiosas en esos lugares y proponer a los que trabajan que las miren. No podemos tampoco sugerirles que reciten oraciones mientras trabajan. Los únicos objetos sensibles a los que pueden prestar atención son los materiales, instrumentos y los gestos de su trabajo. Si estos objetos mismos no se transforman en espejos de la luz, es imposible que durante el trabajo la atención se oriente hacia la fuente de toda luz. No hay necesidad más imperiosa que esta transformación.

 

Esta transformación sólo es posible si se encuentra en la materia, tal y como se presenta al trabajo de los hombres, una propiedad reflectora. Porque no se trata de fabricar ficciones o símbolos arbitrarios. La ficción, la imaginación, la ensoñación están en el sitio más inadecuado para ellas cuando ocupan el dominio de la verdad. Pero felizmente para nosotros hay una propiedad reflectora en la materia. La materia es un espejo empañado por nuestro aliento. Basta únicamente con limpiar el cristal y leer los símbolos que están escritos en la materia para toda la eternidad.

 

El Evangelio contiene algunos de esos símbolos. En una habitación, para pensar en la necesidad de la muerte moral para un nuevo y verdadero nacimiento, necesitamos leer o repetirnos a nosotros mismos las palabras acerca de la semilla a la que sólo la muerte hace fecunda. Pero el hombre que siembra puede, si lo quiere, poner su atención en esa verdad sin la ayuda de ninguna palabra, a través de su propio movimiento y del espectáculo del grano que se pierde dentro de la tierra. Si no razona sobre la verdad, si solamente la contempla, la atención que él pone en el desempeño de su tarea no se verá trabada, sino llevada al grado más alto de intensidad. No en vano llamamos atención religiosa a la plenitud de la atención. La plenitud de la atención no es otra cosa que la oración.

 

Lo mismo ocurre con la separación del alma y de Cristo que seca el alma como se seca el sarmiento que se cortó de la cepa. La poda de la viña dura días y días en los grandes campos. Pero con ello hay allí también una verdad que podemos ver durante días y días sin agotarla.

 

Sería fácil descubrir, inscritos para toda la eternidad en la naturaleza de las cosas, muchos otros símbolos capaces de transfigurar no solamente el trabajo en general, sino cada tarea en su singularidad. Cristo es la serpiente de bronce a la que basta con mirar para escapar de la muerte. Pero es preciso poder mirarle de modo totalmente ininterrumpido. Para eso es preciso que las cosas sobre las cuales las necesidades y obligaciones de la vida nos fuerzan a poner la mirada, reflejen lo que ellas mismas nos impiden mirar directamente. Sería muy chocante que una iglesia construída por mano humana estuviera llena de símbolos y que el universo no estuviera infinitamente lleno de ellos. Está infinitamente lleno. Hay que leerlos.

 

La imagen de la Cruz comparada con una balanza, en el himno del viernes santo, podría ser una inspiración inagotable para todos los que trabajan cargando pesos, manipulando palancas y cuya fatiga en la noche es por la gravidez de las cosas. En una palanca, un peso considerable y cercano al punto de apoyo puede ser levantado por un peso muy pequeño o débil colocado a gran distancia del punto de apoyo. El cuerpo de Cristo era un peso muy débil, pero por la distancia entre la tierra y el cielo hizo de contrapeso al universo mismo. De un modo infinitamente diverso, pero lo suficientemente análogo como para servir de imagen, quien trabaja, levanta cargas, mueve palancas, tiene también que hacer contrapeso al universo con su débil cuerpo. Esto es un esfuerzo inmenso, y a menudo el universo doblega al cuerpo y al alma bajo el cansancio. Pero quien se suspenda del cielo hará fácilmente contrapeso. Quien una sola vez haya percibido esta idea ya no podrá distraerse por la fatiga, el hastío o el asco. No podrá ya sino volver a ella de nuevo.

 

El sol y la savia vegetal hablan continuamente, en el campo, de lo más grande que hay en el mundo. Nosotros no vivimos gracias a otra cosa que a la energía solar; la comemos, y es ella la que nos mantiene en pie, la que mueve nuestros músculos, la que corporalmente opera en nosotros todos nuestros actos. Es quizás, bajo formas diversas, la única cosa en el universo que constituye una fuerza antagónica a la gravedad; es ella la que sube a los árboles, la que por nuestros brazos levanta los pesos, la que mueve nuestros motores. Procede de una fuente inaccesible y a la que no podemos aproximarnos ni siquiera un paso. Desciende continuamente sobre nosotros. Pero aunque nos baña perpetuamente nosotros no podemos captarla. Sólo el principio vegetal de la clorofila puede captarla para nosotros y hacerla nuestro alimento. Sólo hace falta que la tierra esté convenientemente preparada por nuestros esfuerzos; así, por la clorofila la energía solar se convierte en sólida y entra en nosotros como pan, como vino, como aceite, como fruta. Todo el trabajo del agricultor consiste en cuidar y en servir a esta virtud vegetal que es una perfecta imagen de Cristo.

 

Las leyes de la mecánica, que derivan de la geometría y que dominan a nuestras máquinas, contienen verdades sobrenaturales. La oscilación del movimiento de alternancia es la imagen de la condición terrestre. Todo lo que pertenece a las criaturas es limitado, excepto nuestro deseo, que es la marca de nuestro origen; y nuestras codicias, que nos hacen buscar aquí abajo lo ilimitado, son por ello la única fuente para nosotros del error y del crimen. Los bienes que las cosas contienen son finitos, los males también, y de modo general una causa produce un efecto determinado solamente hasta un cierto punto, más allá del cual, si continúa actuando, el efecto rebota. Es Dios quien impone a todo un límite y quien encadena al mar. En Dios sólo existe un acto eterno y sin cambio que vuelve sobre sí mismo y sólo se tiene a sí mismo por objeto. En las criaturas sólo hay movimientos dirigidos hacia el exterior, pero por el límite están obligados a rebotar; este movimiento de rebote constante es un reflejo degradado de la orientación hacia sí mismo que es exclusivamente divina. Esta ligazón tiene por imagen en nuestras máquinas la relación del movimiento circular y del movimiento de alternancia. El círculo es también el lugar de las medias proporcionales; para hallar de manera totalmente rigurosa la media proporcional entre la unidad y un número que no sea cuadrado no hay otro método que trazar un círculo. Los números para los cuales no existe mediación alguna que los relacione naturalmente con la unidad, son imágenes de nuestra miseria; y el círculo que llega de fuera, de un modo transcendente con relación al mundo de los números, al proporcionar una mediación, es la imagen del único remedio para esa miseria. Estas verdades y muchas otras están escritas en el simple espectáculo de una polea que determina un movimiento oscilatorio; pueden leerse entre los conocimientos geométricos muy elementales; el ritmo mismo del trabajo, que corresponde a la oscilación, las hace sensibles al cuerpo; una vida humana es un plazo bien breve para contemplarlas.

 

Podríamos encontrar muchos otros símbolos, algunos más íntimamente unidos al comportamiento mismo de aquél que trabaja. A veces bastaría que el trabajador extendiera su actitud ante el trabajo a todas las cosas sin excepción para que poseyera la plenitud de la virtud. También hay símbolos que encontrar para aquellos que tienen tareas prácticas diferentes al trabajo físico. Para los contables pueden hallarse en las operaciones elementales de la aritmética, para los cajeros en la institución de la moneda, y así sucesivamente. La reserva es inagotable.

 

A partir de aquí podríamos hacer mucho. Transmitir a los adolescentes esas grandes imágenes, ligadas a las nociones de ciencia elemental y de cultura general, en los círculos de enseñanza. Proponerlas como temas para sus fiestas, para sus tentativas teatrales. Instituir en torno a esas imágenes nuevas fiestas, por ejemplo la víspera del gran día en que el joven agricultor de catorce años va a trabajar solo por primera vez. Hacer a través de estos medios que los hombres y las mujeres del pueblo vivan perpetuamente bañados en una atmósfera de poesía sobrenatural; como en la Edad Media; más que en la Edad Media, pues ¿por qué limitarse en la ambición del bien?.

 

Así les evitaríamos el sentimiento de inferioridad intelectual tan frecuente y a veces tan doloroso, y también les proporcionaríamos la orgullosa seguridad que sustituye a ese sentimiento, en ocasiones, tras un ligero contacto con las cosas del espíritu. Los intelectuales, por su parte, podrían así evitar a la vez el desdén injusto y la especie de deferencia no menos injusta que la demagogia puso de moda hace algunos años en ciertos sectores. Unos y otros se reunirían, sin desigualdad alguna, en el punto más alto, el de la plenitud de la atención, que es la plenitud de oración. Al menos aquellos que pudieran hacerlo. Los demás sabrían al menos que ese punto existe, y se representarían la diversidad de caminos ascendentes, la cual a la vez que produce una separación de los niveles inferiores, no impide la igualdad, como hace la falda de una montaña.

 

Los ejercicios en la escuela no tienen otro objetivo serio que no sea la formación de la atención. La atención es la única facultad del alma que da acceso a Dios. Los ejercicios escolares ejercitan una atención inferior discursiva, la que razona; pero, llevados con un método conveniente, pueden preparar la aparición en el alma de otra atención, la más alta, la atención intuitiva. La atención intuitiva en toda su pureza es la fuente única del arte perfectamente bello, de los descubrimientos científicos verdaderamente luminosos y nuevos, de la filosofía que se dirige verdaderamente a la sabiduría, del amor al prójimo verdaderamente caritativo; y es ella la que, vuelta hacia Dios, constituye la oración verdadera.

 

Igual que los símbolos permitirían labrar y segar pensando en Dios, un método transformador de los ejercicios escolares en preparación para esta especie superior de atención, permitiría de modo único a un adolescente pensar en Dios mientras resuelve un problema de geometría o una traducción del latín. Sin ello el trabajo intelectual, bajo una máscara de libertad, es también él mismo un trabajo servil.

 

Los que disfrutan del ocio necesitan, para llegar a la atención intuitiva, ejercitar hasta el límite de sus capacidades las facultades de la inteligencia discursiva; si no es así, éstas son un obstáculo. Sobre todo para aquellos cuya función social obliga a ejercitar estas facultades, no existe sin duda otro camino que éste. Pero el obstáculo es débil y el ejercicio puede reducirse a poca cosa para aquellos a quienes el cansancio de un largo trabajo cotidiano paraliza casi totalmente las facultades intelectuales. Para ellos, el trabajo mismo que causa esa parálisis, si es transformado en poesía, es el camino que lleva a la atención intuitiva.

 

En nuestra sociedad la diferencia de formación produce, más que la diferencia de riquezas, la idea de la desigualdad social. Marx, que se muestra siempre enérgico cuando describe el mal más simple, condenó legítimamente como una degradación la separación del trabajo manual y el trabajo intelectual. Pero él no sabía que en todo dominio los contrarios hallan su unidad en un plano trascendental para uno y otro. El punto de unión del trabajo intelectual y del trabajo manual es la contemplación, que no es un trabajo. En ninguna sociedad la persona que maneja una máquina puede ejercer la misma especie de atención que la persona que resuelve un problema. Pero uno y otro pueden, si lo desean igualmente y tienen un método, ejercitando cada uno la especie de atención que constituye su dotación propia en la sociedad, favorecer la aparición y el desarrollo de esa otra atención situada por encima de toda obligación social, y que constituye una unión directa con Dios.

 

Si los estudiantes, los jóvenes agricultores, los jóvenes obreros, se representaran de un modo completamente preciso, tan preciso como los engranajes de un mecanismo claramente comprendido, las diferentes funciones sociales como constituyendo preparaciones igualmente eficaces para la aparición en el alma de una misma facultad transcendente, que tiene un valor único, la igualdad se convertiría en una cosa concreta. Sería entonces a la vez un principio de justicia y de orden.

 

La representación completamente precisa del destino sobrenatural de cada función social proporciona de modo único una norma a la voluntad de reforma. Sólo ella permite definir la injusticia. De otro modo es inevitable que nos equivoquemos, ya sea viendo como injusticias los sufrimientos inscritos en la naturaleza de las cosas, ya sea atribuyendo a la condición humana sufrimientos que son efecto de nuestros crímenes y que caen sobre aquellos que no los merecen.

 

Una cierta subordinación y una cierta uniformidad son sufrimientos inscritos en la esencia misma del trabajo y son inseparables de la vocación sobrenatural que le corresponde. Esos sufrimientos no degradan. Todo lo demás que se añade es injusto y degrada. Todo lo que impide que la poesía cristalice en torno a esos sufrimientos es un crímen. Porque no basta con reencontrar la fuente perdida de esa poesía, es necesario además que las circunstancias mismas del trabajo le permitan existir. Si éstas son malas, la matan.

 

Todas las cosas que están indisolublemente unidas al deseo o al temor de un cambio, a la orientación del pensamiento hacia el futuro, deberían ser excluidas de una existencia esencialmente uniforme y que debe ser aceptada como tal. En primer lugar el sufrimiento físico, excepto aquél que sea manifiestamente inevitable por las necesidades del trabajo. Pues es imposible sufrir sin con ello aspirar a un cambio. Las privaciones estarían en lugar más adecuado en cualquier otra condición social que no fuera ésta. El alimento, la vivienda, el descanso y el placer deben ser tales que una jornada de trabajo tomada por sí sola esté normalmente desprovista de sufrimiento físico. Por otro lado las cosas superfluas tampoco están en su lugar en esa vida; porque el deseo de lo superfluo es por sí mismo ilimitado e implica el deseo de un cambio de condición. Toda la publicidad, toda la propaganda, tan variada en sus formas, que busca excitar el deseo de lo superfluo en el campo y entre los obreros debe ser contemplada como un crimen. Un individuo siempre puede salir de la condición obrera o campesina, ya sea por una carencia radical de aptitud profesional, ya sea por la posesión de aptitudes diferentes; pero para aquellos que están en esa condición no debería existir cambio posible excepto el de un bienestar estrictamente limitado a un bienestar aceptable; no debería existir para ellos ocasión alguna de temer caer bajo o de esperar llegar a más. La seguridad debería ser mayor en esta condición que en cualquier otra. Por tanto sería necesario que los azares de la oferta y la demanda no la dominaran.

 

La arbitrariedad humana obliga al alma, sin que pueda defenderse, a temer y a esperar. Por ello es preciso que esa arbitrariedad sea excluida del trabajo en cuanto sea posible. En él la autoridad no debe estar presente más que allá donde sea completamente imposible que esté ausente. Así la pequeña propiedad campesina es más válida que la grande. Luego en todas partes donde la pequeña sea posible, la grande constituye un mal. Igualmente la fabricación de piezas en un pequeño taller artesano es más válida que la que se lleva a cabo a las órdenes del capataz. Job alaba la muerte porque en ella el esclavo no oye ya más la voz de su amo. Siempre que la voz que manda se hace oír cuando sería posible sustituirla por el silencio de un acuerdo practicable, eso constituye un mal.

 

Pero el peor atentado, que merecería quizás ser equiparado al crimen contra el Espíritu, y que no tiene perdón si no fuera cometido probablemente por inconscientes, es el atentado contra la atención de los trabajadores. Mata en el alma la facultad que constituye en ella la raíz misma de toda vocación sobrenatural. La baja especie de atención exigida por el trabajo taylorizado no es compatible con ninguna otra, porque vacía el alma de todo cuanto no sea la preocupación por la rapidez. Este género de trabajo no puede ser transfigurado, es necesario suprimirlo.

 

Todos los problemas de la técnica y de la economía deben ser formulados en función de una concepción de la mejor condición posible del trabajo. Una concepción así es la primera de las normas; toda la sociedad debe estar constituida desde el principio de tal manera que el trabajo no rebaje a aquellos que lo desempeñan.


 

No basta con querer evitarles sufrimientos, es necesario querer su alegría. No placeres que se paguen, sino alegrías gratuitas que no contengan daño para el espíritu de pobreza. La poesía sobrenatural que debería bañar toda su vida debería también concentrarse en su estado puro, de vez en cuando, en fiestas exuberantes. Las fiestas son tan indispensables a esa existencia como lo son los mojones kilométricos al ánimo del caminante. Viajes gratuitos y laboriosos, parecidos al Tour de Francia de antaño, deberían calmar en su juventud el hambre de ver y aprender. Todo debería disponerse para que nada esencial les faltara. Los mejores de entre ellos deben poder poseer en su vida misma la plenitud que los artistas buscan indirectamente por intermediación de su arte. Si la vocación del hombre es alcanzar la pura alegría a través del sufrimiento, ellos están mejor colocados que todos los demás para satisfacerla de la manera más real.


 


 

EL GRAN ANIMAL

 

 

El gran animal es el único objeto de idolatría, el único ersatz (sustituto) de Dios, la única imitación de un objeto que está infinitamente alejado de mí y que es yo.

 

Sería muy agradable poder ser egoístas. Sería el descanso. Pero literalmente, no podemos. Me es imposible tomarme como fin, y por consiguiente, tomar como fin a mi semejante, puesto que es mi semejante. Y tampoco a cualquier objeto material, porque la materia es menos capaz aún que los seres humanos de recibir la finalidad.

 

Sólo hay una cosa aquí abajo que puede ser tomada como fin, porque posee una especie de trascendencia respecto de la persona humana: lo colectivo. Lo colectivo es el objeto de toda idolatría, ello es lo que nos ata a la tierra. La avaricia: el oro pertenece al ámbito de lo social. La ambición: el poder pertenece al ámbito de lo social. La ciencia y el arte también. ¿Y el amor? El amor constituye más o menos una excepción; ésa es la razón de que se pueda llegar a Dios por medio del amor, y no por medio de la avaricia o de la ambición. Pero lo social no se halla, sin embargo, ausente en el amor (las exaltadas pasiones por los príncipes, por las personas famosas y por todos aquellos que gozan de prestigio...).

 

Hay dos bienes con la misma denominación, pero radicalmente distintos: el contrario del mal y el absoluto. El absoluto carece de contrario. El relativo no es el contrario del absoluto; deriva de él en virtud de una relación que no es conmutativa. Lo que nosotros queremos es el bien absoluto. Lo que podemos conseguir es el bien correlativo al mal. Nos entregamos a él como el Príncipe que se apresta a amar por equivocación a la criada en lugar de amar a la dama. Es el vestido el que induce al error. Es lo social lo que tiñe a lo relativo con el color de lo absoluto. El remedio se halla en la idea de relación. La relación sale violentamente de lo social. Es el monopolio del individuo. La sociedad es la caverna, la salida es la soledad.

 

La relación es propia del espíritu solitario. Ninguna multitud concibe la relación. Ésta es buena o es mala con respecto a..., en la medida en que... Y eso queda fuera del alcance de la multitud. Una multitud no constituye una suma.

 

El que está por encima de la vida social, entra en ella cuando quiere, pero no así el que está por debajo de ella. Del mismo modo con lo demás. Relación no conmutativa entre lo mejor y lo menos bueno.

 

Lo vegetativo y lo social son los dos ámbitos en los que el bien no tiene cabida.

 

Cristo liberó a lo vegetativo, pero no así a lo social. No rezó por el mundo. Lo social representa irreductiblemente los dominios del príncipe de este mundo. Respecto de lo social no se tiene otro deber que el de tratar de cercar el mal (Richelieu: la salvación de los Estados no está más que en este mundo).

 

Una sociedad con pretensiones divinas, como la Iglesia, resulta tal vez más peligrosa por el ersatz de bien que contiene que por el mal que la ensucia. Una etiqueta divina en lo social: una mezcla delirante que encierra toda clase de licencias.

 

Diablo disfrazado. La conciencia se ve embaucada por lo social. La energía complementaria (imaginativa) queda en gran parte supeditada a lo social. Hay que desprenderla de ello. Es el más difícil de los desprendimientos.

 

La reflexión acerca del mecanismo social resulta a este respecto una purificación de primera importancia. Detenerse a contemplar lo social constituye una vía tan buena como retirarse del mundo. Por esa razón no he ido desencaminada si durante tanto tiempo he seguido en la política.

 

Sólo con la entrada en lo trascendente, en lo sobrenatural, en lo auténticamente espiritual, puede el hombre llegar a ser superior a lo social. Mientras tanto, haga éste lo que haga, de hecho lo social resulta trascendente en relación al hombre.

 

En un plano no sobrenatural, la sociedad es lo que queda separado del mal (de algunas formas del mal) por una especie de barrera; una sociedad de criminales o de depravados, por más que estuviera integrada por unos cuantos hombres, suprimiría esa barrera.

 

¿Pero qué es lo que empuja a entrar en una sociedad como ésa? O bien la necesidad, o bien la liviandad, o bien, lo más a menudo, una mezcla de ambas; nos creemos que no participamos de ellas porque ignoramos que, con excepción de lo sobrenatural, es la sociedad únicamente la que impide que pasemos de un modo natural a las más tremendas formas del crimen y de la depravación. No sabemos que vamos a convertirnos en otros distintos porque ignoramos hasta dónde llega en nosotros mismos ese ámbito que puede ser modificado desde el exterior. Siempre se participa sin saberlo.

 

Roma es el gran animal ateo, materialista, que sólo se adora a sí mismo. Israel es el gran animal religioso. Ni uno ni otro son dignos de ser amados. El gran animal es siempre asqueroso.

 

¿Es viable una sociedad en la que únicamente reine la gravedad o bien es vitalmente necesaria alguna porción de lo sobrenatural? Acaso en Roma, únicamente gravedad. Acaso en los hebreos también. Su Dios era pesado. Acaso el único pueblo antiguo absolutamente sin mística: Roma. ¿Por qué clase de misterio? Ciudad artificialmente hecha de fugitivos, como Israel. El gran animal de Platón.

 

El marxismo, en lo que tiene de verdad, está contenido por entero en la página de Platón sobre el gran animal, lo mismo que su refutación.

 

La fuerza de lo social. El acuerdo entre varios hombres entraña un sentimiento de realidad. También entraña un sentimiento de deber. El apartamiento, con respecto a ese acuerdo, se presenta como un pecado. Por ese lado, caben todo tipo de inversiones de la situación. Un estado de conformidad es una imitación de la gracia. Merced a un singular misterio – que depende del poder de lo social–, la profesión proporciona a los hombres medios, para los fines que se avienen con ellos, unas virtudes que, si se extendieran a todas las circunstancias de la vida, los convertirían en héroes o en santos. Sin embargo, el poder de lo social hace que esas virtudes sean naturales. Por eso necesitan una compensación. Fariseos: «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa». A la inversa, Cristo podía haber dicho de los publicanos y de las prostitutas: en verdad os digo que ya recibieron su castigo –o sea, la reprobación social. En cuanto que la han recibido, Dios, que está en el secreto, no los castiga. Mientras que, por otro lado, los pecados que no van acompañados de la reprobación social reciben enteramente su parte de castigo por parte del Padre, que está en el secreto. De ese modo, la reprobación social es un favor del destino. Pero se vuelve mal complementario para aquéllos que, bajo la presión de dicha reprobación, se fabrican un medio social excéntrico, en el interior del cual tienen licencia. Medios criminales, homosexuales, etc.

 

El servicio al falso Dios (a la Bestia social, cualquiera que sea su encarnación) purifica el mal mediante la eliminación de su horror. A quien le sirve nada le parece mal, salvo el incumplimiento de ese servicio. Pero el servicio al Dios verdadero deja que subsista, e incluso que se vuelva aún más vivo, el horror al mal. A ese mal, del que se siente horror, se le ama al propio tiempo como emanación de la voluntad de Dios.

 

Los que hoy creen que alguno de los adversarios está del lado del bien creen igualmente que éste obtendrá la victoria.

 

Contemplar un bien, amarlo como tal, y verlo como condenado por el inmediato desarrollo de los acontecimientos, produce un dolor intolerable. La idea de que lo que ha dejado de existir para siempre pueda ser un bien es dolorosa, y la apartamos. Se produce entonces un sometimiento al gran animal.

 

La fuerza anímica de los comunistas proviene del hecho de que se dirigen no sólo hacia lo que consideran que es el bien, sino hacia lo que consideran que está próximo a producirse de manera ineludible. De tal modo que sin ser santos –ni mucho menos–, pueden soportar simplemente por la justicia algunos peligros y algunos sufrimientos que sólo un santo soportaría. En ciertos aspectos, la disposición anímica de los comunistas es muy parecida a la de los primeros cristianos. Esa propaganda escatológica explica muy bien las persecuciones del primer periodo.

 

«A quien poco se le perdona, poco ama». Esto en el caso de alguien en quien la virtud social ocupa un gran lugar. La gracia encuentra en él poco espacio libre. La obediencia al gran animal conforme al bien constituye la virtud social.

 

Fariseo es el hombre que es virtuoso por obediencia al gran animal.

 

La caridad puede y debe amar en todos los países todo aquello que es condición del desarrollo espiritual de los individuos, es decir, por un lado, el orden social, aunque sea malo, en cuanto es menos malo que el desorden, y por otro lado el lenguaje, las ceremonias, las costumbres, todo cuanto participa de lo bello, toda la poesía que envuelve la vida de un país.

 

Pero una nación no puede, como tal, ser objeto de amor sobrenatural. No tiene alma. Es un gran animal. Y sin embargo, una ciudad... Pero aquí no se trata de lo social; se trata de un medio humano del que no se tiene una consciencia mayor que la que se tiene del aire que se respira. Un contacto con la naturaleza, el pasado, la tradición.

 

Echar raíces es distinto de lo social. Patriotismo. No debe haber más amor que la caridad. Una nación no puede ser objeto de caridad. Pero un país puede serlo, como medio portador de tradiciones eternas. Todos los países pueden serlo.


 


 


 


 

EL YO

 

 

 

 

 

 

 

Nada poseemos en el mundo – porque el azar puede quitárnoslo todo –, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo. Ofrenda: no se puede ofrecer otra cosa más que el yo, y cuanto denominamos ofrenda no es más que una etiqueta puesta a un desquite del yo.

 

Nada en el mundo puede quitarnos el poder de decir yo. Nada, salvo la desgracia extrema. Nada hay peor que la extrema desgracia que desde fuera destruye el yo, puesto que luego resulta ya imposible destruírselo uno mismo. ¿Qué les ocurre a aquéllos cuyo yo ha sido destruido desde fuera por la desgracia? Sólo cabe imaginar para ellos un anonadamiento en términos de concepción atea o materialista.

 

Que hayan perdido su yo no significa que carezcan de egoísmo. Al contrario. Aunque ciertamente así ocurre en algunas ocasiones, cuando se produce una lealtad canina; en otras, en cambio, el ser queda reducido a un egoísmo desnudo, vegetativo. Un egoísmo sin yo.

 

A poco que se haya comenzado el proceso de destrucción del yo, es posible impedir que una desgracia dañe. Porque no se destruye el yo por la presión exterior sin pasar por una rebelión extrema. Si se resiste a una rebelión así por amor a Dios entonces la destrucción del yo no se produce desde fuera, sino desde dentro.

 

Dolor redentor. Cuando un ser humano se halla en estado de perfección, cuando ha destruido completamente en sí mismo su yo mediante el auxilio de la gracia, y cae en un grado de desgracia igual al que le correspondería a la destrucción de su yo desde el exterior, aparece entonces la plenitud de la cruz. La desgracia no puede ya destruir en él su yo, porque su yo no existe ya, al haber desaparecido por completo y haber dejado su sitio a Dios. Pero la desgracia produce un efecto equivalente, en el plano de la perfección, al de la destrucción exterior del yo. Produce la ausencia de Dios. «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

 

¿Qué es esa ausencia de Dios producida por la extrema desgracia en el alma perfecta? ¿Qué valor es ése al que se halla ligada y al cual llaman dolor redentor? Dolor redentor es el dolor por el cual el padecimiento posee la plenitud del ser en la medida, siempre, en que puede recibirlo.

 

Mediante el dolor redentor, Dios se halla presente en el padecimiento extremo. Pues la ausencia de Dios es el modo de presencia divina que corresponde al padecimiento – la ausencia sentida. Quien no tiene a Dios en sí mismo no puede sentir su ausencia.

 

Es la pureza, la perfección, la plenitud, el abismo del padecimiento. Mientras que el infierno es un falso abismo (cf. Thibon). El infierno es superficial. El infierno es una nada que tiene la pretensión y produce la ilusión de que existe.

 

La destrucción meramente exterior del yo es dolor cuasi infernal. La destrucción exterior a la que el alma se asocia por amor es dolor expiatorio. La producción de ausencia de Dios en el alma completamente vaciada de sí misma por amor es dolor redentor.

 

En la desgracia, el instinto vital siguió a los erradicados apegos, y ahora se agarra ciegamente a todo cuanto puede servirle de apoyo, como se agarra una planta con sus zarcillos. La gratitud (salvo en su forma baja), y la justicia, no se conciben en tal estado. Esclavitud. No existe ya la cantidad complementaria de energía que sirve de apoyo al libre arbitrio, por medio de la cual toma el hombre distancia. Bajo ese aspecto, la desgracia es horrible como lo es siempre la vida al descubierto, como un muñón, como el pulular de los insectos. La vida sin forma. El único apego es sobrevivir. Ahí es donde comienza la extrema desgracia, cuando todos los apegos se sustituyen por el de sobrevivir. Ese apego queda entonces al descubierto. Sin otro objeto que él mismo. Infierno.

 

En virtud de ese mecanismo, a los desgraciados nada les parece tan dulce como la vida, aun cuando su vida no sea en absoluto preferible a la muerte. En una situación así, aceptar la muerte constituye un desapego total. Cuasi infierno en la tierra. El desarraigo extremo en la desgracia. Por lo común la injusticia humana fabrica, no mártires, sino cuasi réprobos. Los seres caídos en el cuasi infierno son como el hombre expoliado y herido por los ladrones. Han perdido el ropaje de su carácter. El mayor sufrimiento, el que deja raíces subsistiendo, todavía se halla a una distancia infinita del cuasi infierno. Cuando se presta servicio a seres así de desarraigados y se reciben a cambio malos modos, ingratitud y traición, se está padeciendo simplemente una leve parte de su desgracia. Tenemos el deber de exponernos a ello hasta un cierto punto, igual que tenemos el poder de exponernos a la desgracia. Cuando eso ocurra, debe soportarse como se soporta la desgracia, sin achacarlo a personas determinadas, porque eso no es atribuible a nadie. Hay algo impersonal en la desgracia cuasi infernal, igual que en la perfección.

 

Nada se puede hacer por aquéllos cuyo yo ha muerto, absolutamente nada. Pero nunca se sabe si en un determinado ser humano el yo está totalmente muerto o sólo desvanecido. Si no está totalmente muerto, el amor puede reanimarlo como con una inyección, pero sólo el amor completamente puro, sin el menor rastro de condescendencia, porque el menor viso de desprecio lo precipita hacia la muerte.

 

Cuando el yo queda herido desde fuera, tiene al principio la rebelión más extrema, la más amarga, como un animal que se resiste. Mas no bien el yo está medio muerto, desea ser rematado y se deja conducir hasta el desvanecimiento. Si un toque de amor lo despierta entonces, aparece un dolor extremo que produce ira y a veces odio contra quien lo ha provocado. De ahí las aparentemente inexplicables reacciones de venganza en contra de su benefactor por parte de esos seres caídos. También puede ocurrir que no sea puro el amor del benefactor. Entonces, al recibir inmediatamente el yo despertado por el amor una nueva herida de desprecio, surge el odio más amargo, un odio legítimo.

 

En cambio, aquél cuyo yo está completamente muerto no se inmuta en modo alguno por el amor que se le testimonia. Se deja hacer como los perros y los gatos que reciben alimento, calor y caricias, y como ellos se halla ávido de recibir lo más posible. Según qué casos, se ata como un perro o se deja hacer, como un gato, con una especie de indiferencia. Bebe sin el menor escrúpulo toda la energía de quienquiera que se ocupe de él. Por desgracia, cualquier obra de caridad corre el riesgo de tener como clientes a una mayoría de gente sin escrúpulos, o, sobre todo, de seres a los que se les mató el yo.

 

Al yo se le mata tanto más rápidamente cuanto más débil tiene el carácter quien sufre la desgracia. Más exactamente, la desgracia extrema, la desgracia destructora del yo, se sitúa más o menos lejos según el temple del carácter, y cuanto más lejos se sitúa, más fuerte dicen que es el carácter. El hallarse más o menos alejado de ese extremo es posiblemente algo innato, como la facilidad para las matemáticas, y quien, sin tener fe ninguna, se siente orgulloso de haber mantenido una «gran entereza» en circunstancias difíciles no tiene mejor juicio que el adolescente que se enorgullece de que se le dan bien las matemáticas. Quien cree en Dios corre el peligro de caer en un espejismo aún mayor, es decir, en atribuir a la gracia lo que es simplemente un efecto de naturaleza esencialmente mecánica.

 

La angustia de la desgracia extrema es la destrucción exterior del yo. Arnulfo, Fedra, Licaón. Hay razón para postrarse de rodillas, suplicando, rebajándose, cuando, a punto de abatirse, la muerte violenta ha de matar por fuera el yo antes incluso de que se destruya la vida. «Hasta Níobe, la de hermosos cabellos, pensó en comer». Sublime como el espacio en los frescos de Giotto. Una humillación que obliga a renunciar incluso a la desesperación.

 

El pecado en mí dice «yo». Yo soy todo. Pero ese «yo» de ahí es Dios. Y no es un yo. El padecimiento marca la diferencia, impidiendo que Dios sea equivalente a todo. Es mi miseria la que hace que yo sea yo. Es la miseria del universo la que en cierto sentido hace que Dios sea yo (es decir, una persona).

 

Los fariseos eran gente que contaba con su propia fuerza para ser virtuosa. La humildad consiste en saber que en lo que se denomina «yo» no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse.

 

Todo cuanto en mí es valioso procede sin excepción de más allá de mí, y viene, no como don, sino como préstamo que debe ser renovado sin cesar. Todo cuanto existe en mí sin excepción carece absolutamente de valor; y todo lo que me apropio de esos dones llegados de otras partes pasa inmediatamente a carecer de valor.

 

La perfecta alegría excluye el sentimiento mismo de alegría, porque en el alma colmada por el objeto ningún rincón queda disponible para decir «yo». Uno no se imagina alegrías como ésas cuando se hallan ausentes, además de que falta motivación para buscarlas.


 


 


 

LA PERSONA Y LO SAGRADO

 

 

 

 

 

 

 

Usted no me interesa”. Esta es una frase que un hombre no puede dirigir a otro hombre sin cometer crueldad y herir a la justicia. “Su persona no me interesa”. Esta frase puede tener lugar sólo en una conversación afectuosa entre amigos próximos, sin herir lo que de más delicadamente receloso hay en la amistad. Por lo mismo diremos sin rebajarnos: “Mi persona no cuenta”, pero no: “Yo no cuento”.

 

Es la prueba de que el vocabulario de la moderna corriente de pensamiento llamada personalismo es erróneo. Y en este dominio, donde hay un error grave de vocabulario, es difícil que no haya un error grave de pensamiento.

 

En cada hombre hay algo sagrado. Pero no es su persona. Tampoco es la persona humana. Es él, ese hombre, simplemente. Ahí va un transeúnte por la calle, tiene los brazos largos, los ojos azules, un espíritu por el que pasan pensamientos que ignoro, pero que quizá sean mediocres. Ni su persona, ni la persona humana en él, es lo que para mí es sagrado. Es él. Él por entero. Los brazos, los ojos, los pensamientos, todo. No atentaré contra ninguna de esas cosas sin escrúpulos infinitos. Si fuera la persona humana lo que hay de sagrado en él para mí, podría fácilmente sacarle los ojos. Una vez ciego, sería una persona humana exactamente igual que antes. No habría tocado en absoluto la persona humana en él. Solo habría destrozado sus ojos.

 

Es imposible definir el respeto a la persona humana. No sólo es imposible de definir con palabras. Muchas nociones luminosas están en el mismo caso. Pero esta noción tampoco puede ser concebida; no puede ser definida, delimitada mediante una operación muda del pensamiento. Tomar como regla de la moral pública una noción imposible de definir y de concebir es dar paso a toda clase de tiranía. La noción del derecho, lanzada a través del mundo en 1789, ha sido, a causa de su insuficiencia interna, impotente para ejercer la función que se le confiaba.

 

Amalgamar dos nociones insuficientes, hablando de los derechos de la persona humana, tampoco nos llevará muy lejos. ¿Qué es lo que exactamente me impide sacarle los ojos a ese hombre, si tengo licencia para ello y además me divierte? Aun cuando me resulte enteramente sagrado, no me resulta sagrado bajo cualquier tipo de relación, bajo cualquier circunstancia. No me resulta sagrado en tanto sus brazos son largos, en tanto sus ojos son azules, en tanto sus pensamientos son mediocres. Tampoco, si fuera duque, en tanto duque. Tampoco, si fuera trapero, en tanto trapero. Ninguna de todas esas cosas retendría mi mano. Lo que la retendría es saber que si alguien le saca los ojos, se le desgarraría el alma al pensar que se le hace daño.

 

Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo sagrado en cualquier ser humano. El bien es la única fuente de lo sagrado. Únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien. Esa parte profunda, infantil, del corazón, que espera siempre el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. El niño que vigila celosamente si a su hermano le han dado un trozo de pastel un poco más grande que a él, cede a un móvil que proviene de una parte mucho más superficial del alma. La palabra justicia tiene dos significados muy diferentes, que tienen relación con esas dos partes del alma. Sólo la primera importa.

 

Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: “¿Por qué se me hace daño?”, hay ciertamente injusticia. Pues si, tal como sucede a menudo, tan solo es el efecto de un error, entonces la injusticia consiste en la insuficiencia de la explicación.

 

Los que infligen los golpes que provocan ese grito ceden a móviles diferentes según caracteres y momentos. Algunos encuentran, en algunos momentos, voluptuosidad en ese grito. Muchos ignoran que ha sido proferido. Pues se trata de un grito silencioso que suena solamente en el secreto del corazón. Estos dos estados del espíritu se encuentran mucho más cercanos de lo que pudiera parecer. El segundo es tan solo un modo debilitado del primero. Complace mantener esa ignorancia porque halaga y porque contiene también voluptuosidad.

 

No existen más límites a nuestras voluntades que las necesidades de la materia y la existencia de los demás seres humanos alrededor nuestro. Cualquier ampliación imaginaria de esos límites es voluptuosa, y así hay voluptuosidad en todo lo que hace olvidar la realidad de los obstáculos. Esa es la razón que explica que los grandes cataclismos, como la guerra y la guerra civil, que vacían las existencias humanas de realidad y parecen hacer de ellas marionetas, son tan embriagadores. Asimismo es la razón de que la esclavitud sea tan agradable a los amos.

 

En los que han sufrido demasiados golpes, como los esclavos, esa parte del corazón a la que el mal infligido hace gritar de sorpresa parece muerta. Pero jamás lo está del todo. Tan solo ya no puede gritar. Se mantiene en un estado de gemido sordo e ininterrumpido. Pero incluso en quienes el poder del grito está intacto, ese grito no consigue expresarse hacia dentro ni hacia afuera con palabras seguidas. Lo que sucede a menudo es que las palabras que intentan traducirlo suenan completamente falsas. Ello es tanto más inevitable cuanto que aquellos que más a menudo tienen ocasión de sentir que se les hace un daño son los que menos saben hablar. Nada más horroroso, por ejemplo, que ver en un tribunal a un desgraciado balbucear ante un magistrado que lanza ocurrencias graciosas en un lenguaje elegante.

 

A excepción de la inteligencia, la única facultad humana verdaderamente interesada en la libertad pública de expresión es esa parte del corazón que grita contra el mal. Pero como no sabe expresarse, la libertad es poca cosa para ella. Primero se requiere que la educación pública sea tal que le proporcione, en la mayor medida posible, medios de expresión. Después se requiere un régimen, para la expresión pública de las opiniones, que esté menos definido por la libertad que por una atmósfera de silencio y de atención en la que ese grito débil y torpe pueda hacerse oír. Finalmente se requiere un sistema de instituciones que, en la mayor medida posible, ponga en las funciones de mando a los hombres capaces y deseosos de oírlo y entenderlo.

 

Está claro que un partido ocupado en la conquista o la conservación del poder del gobierno tan solo discierne, en esos gritos, ruido. Reaccionará de manera diferente si ese grito molesta el de su propia propaganda o por el contrario lo refuerza. Pero en ningún caso es capaz de una atención tierna y adivinadora que pudiera discernir su significado. Lo mismo puede decirse, aunque en grado menor, de las organizaciones que por contagio imitan a los partidos, esto es, en la vida pública dominada por el juego de los partidos, de todas las organizaciones, incluidos, por ejemplo, los sindicatos y también las iglesias.

 

Por supuesto que los partidos y organizaciones similares son igualmente ajenos a los escrúpulos de la inteligencia. Cuando la libertad de expresión se circunscribe de hecho a la libertad de propaganda para las organizaciones de ese tipo, las únicas partes del alma humana que merecen expresarse no son libres como para hacerlo. O bien lo son en un grado infinitesimal, apenas algo más que en el sistema totalitario.

 

Ahora bien, así sucede en una democracia en la que el juego de los partidos regula la distribución del poder, es decir, en lo que nosotros, franceses, hemos llamado hasta ahora democracia. Pues no conocemos otra. Es preciso por tanto inventar otra cosa.

 

El mismo criterio, aplicado de manera análoga a cualquier institución pública, puede conducir a conclusiones igualmente manifiestas. La persona no es lo que proporciona este criterio. El grito de dolorosa sorpresa que infligir un mal suscita en el fondo del alma no es algo personal. No basta con atentar contra la persona y sus deseos para hacerlo brotar. Brota siempre a causa de la sensación de un contacto con la injusticia a través del dolor. Constituye siempre, tanto en el último de los hombres como en Cristo, una protesta impersonal. Muy a menudo también se alzan gritos de protesta personal, pero estos no tienen importancia; se puede provocar tantos como se quiera sin violar nada sagrado. Lo que es sagrado, lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano es impersonal. Todo lo que en un hombre es impersonal es sagrado, y sólo eso.

 

En nuestra época, en la que los escritores y los científicos han usurpado de manera un tanto extraña el lugar de los sacerdotes, el público reconoce, con una complacencia que no está de ningún modo fundada en la razón, que las facultades artísticas y científicas son sagradas. Generalmente se considera que esto es evidente, aunque está lejos de serlo. Cuando se piensa que hay que dar un motivo, se alega que el juego de esas facultades se encuentra entre las formas más altas de realización de la persona humana. A menudo, en efecto, sólo es eso. En ese caso, es fácil darse cuenta de lo que vale y de lo que ocasiona. Ocasiona actitudes hacia la vida tales como aquella, tan común en nuestro siglo, expresada en la horrible frase de Blake: “Más vale ahogar a un bebé en su cuna que conservar en sí un deseo no satisfecho”.

 

O tales como aquella que dio a luz la concepción del acto gratuito. Ocasiona una ciencia en la que se reconocen todas las especies posibles de normas, de criterios y de valores, excepto la verdad. El canto gregoriano, las iglesias románicas, la Ilíada, la invención de la geometría, no fueron ocasiones de realización para los seres a través de los cuales esas cosas pasaron hasta llegar a nosotros. La ciencia, el arte, la literatura, la filosofía, que solamente sean formas de realización de la persona, constituyen un dominio en el que se llevan a cabo logros espectaculares, gloriosos, que hacen vivir a algunos nombres durante miles de años. Pero por encima de ese dominio, muy por encima, separado de él como por un abismo, existe otro en el que están situadas las cosas de primer orden. Esas son esencialmente anónimas. Es puro azar que el nombre de los que allí han penetrado se conserve o se haya perdido; incluso cuando se ha conservado, han entrado en el anonimato. Su persona ha desaparecido.

 

La verdad y la belleza habitan ese dominio de las cosas impersonales y anónimas. Es él el que es sagrado. El otro no lo es, o si lo es, es sólo como podría serlo una mancha de color que, en un cuadro, representara una hostia.

 

Lo que es sagrado en la ciencia es la verdad. Lo que es sagrado en el arte es la belleza. La verdad y la belleza son impersonales. Todo esto es demasiado evidente.

 

Si un niño hace una suma, y si se equivoca, el error lleva la marca de su persona. Si procede de manera perfectamente correcta, su persona está ausente de toda la operación. La perfección es impersonal. La persona en nosotros es la parte del error y del pecado en nosotros. Todo el esfuerzo de los místicos se ha dirigido siempre a obtener que deje de existir en su alma alguna parte que diga “yo”.

 

Pero la parte del alma que dice “nosotros” es aún más peligrosa. El tránsito a lo impersonal sólo se opera mediante una atención de una cualidad rara y que sólo es posible en la soledad. No solo la soledad de hecho, sino la soledad moral. No se lleva a cabo jamás en quien se piensa a sí mismo como miembro de una colectividad, como parte de un “nosotros”. Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, ni siquiera en sus formas inferiores. Un grupo de seres humanos ni siquiera puede hacer una suma. Una suma se opera en un espíritu que olvida momentáneamente que existe algún

otro espíritu.

 

Lo personal se opone a lo impersonal, pero existe un tránsito de lo uno a lo otro. No hay tránsito de lo colectivo a lo impersonal. Es preciso que primero se disuelva una colectividad en personas separadas para que la entrada en lo impersonal sea posible. Solamente en este sentido la persona participa algo más de lo sagrado que la colectividad.

 

No sólo la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que desorienta proporcionando una falsa imitación. El error que atribuye a la colectividad un carácter sagrado es idolatría; en cualquier tiempo, en cualquier país, es el crimen más extendido. Aquel a cuyos ojos tan solo cuenta la realización de la persona ha perdido completamente el sentido mismo de lo sagrado. Es difícil saber cuál de los dos errores es el peor. A menudo se combinan en el mismo espíritu en dosis diversas. Pero el segundo error tiene bastante menos energía y duración que el primero.

 

Desde un punto de vista espiritual, la lucha entre la Alemania de 1940 y la Francia de 1940 era principalmente una lucha no entre la barbarie y la civilización, no entre el mal y el bien, sino entre el primer y el segundo error. La victoria del primero no sorprende; el primero es en sí mismo más fuerte. La subordinación de la persona a la colectividad no es un escándalo; es un hecho del orden de los hechos mecánicos, como la del gramo al kilogramo sobre una balanza.

 

La persona es de hecho siempre mucho más sumisa con la colectividad, incluso en cuanto a lo que se llama su realización. Por ejemplo, son precisamente los artistas y escritores que están más inclinados a mirar su arte como realización de su persona, los que de hecho están más sometidos a los gustos del público. Hugo no encontraba ninguna dificultad en conciliar el culto de sí y el papel de “eco sonoro”. Ejemplos como Wilde, Gide o los surrealistas todavía son más claros. Los científicos situados en ese mismo nivel son asimismo serviles con la moda, que es más poderosa sobre la ciencia que sobre la forma de los sombreros. La opinión colectiva de los especialistas es casi soberana sobre cada uno de ellos.

 

Siendo como es la persona, sumisa a lo colectivo, de hecho y por la naturaleza de las cosas, no existe derecho natural con respecto a ella. Se dice con razón que la antigüedad no tenía noción del respeto debido a la persona. Pensaba con demasiada claridad como para adoptar una concepción tan confusa.

 

El ser humano no escapa a lo colectivo más que elevándose por encima de lo personal para penetrar en lo impersonal. En ese momento hay algo en él, una parcela de su alma, sobre la que nada de lo colectivo puede ejercer su influencia. Si puede enraizarse en el bien impersonal, es decir, si puede llegar a ser capaz de extraer de ello una energía, entonces todas las veces que piense que es su obligación, podrá dirigir contra cualquier colectividad una fuerza ciertamente pequeña pero real, sin apoyarse en ninguna otra.

 

Hay ocasiones en las que una fuerza casi infinitesimal es decisiva. Una colectividad es mucho más fuerte que un hombre solo; pero, para existir, toda colectividad necesita operaciones, entre las cuales la suma es el ejemplo elemental, que sólo se llevan a cabo en un espíritu en estado de soledad. Esta necesidad hace posible una influencia de lo impersonal sobre lo colectivo, si tan solo se supiera estudiar un método para usarla.

 

Cada uno de los que han penetrado en el dominio de lo impersonal encuentra allí una responsabilidad respecto a todos los seres humanos. La de proteger en ellos no la persona, sino todo lo que de frágiles posibilidades de tránsito a lo impersonal encierra la persona. Es a esos, en primer lugar, a los que debe dirigirse la llamada al respeto hacia el carácter sagrado de los seres humanos. Pues para que una llamada tal exista, es preciso que se dirija a seres susceptibles de oírla. Resulta inútil explicarle a una colectividad que en cada una de las unidades que la componen hay algo que no debe violar. En primer lugar una colectividad no es alguien a no ser por ficción; no tiene existencia a no ser abstracta; hablarle es una operación ficticia. Y después, si fuera alguien, sería alguien que sólo está dispuesto a respetarse a sí mismo.

 

Además, el peligro más grande no es la tendencia de lo colectivo a comprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en lo colectivo. O quizá el primer peligro no es sino el aspecto aparente y engañoso del segundo.

 

Si es inútil decirle a la colectividad que la persona es sagrada, igualmente es inútil decirle a la persona que ella misma es sagrada. No puede creerlo. No se siente sagrada. (...) En el hombre, la persona es algo desamparado, que tiene frío, que corre buscando refugio y calor. Eso lo ignoran aquellos para quienes está -o espera estar- cálidamente envuelta de consideración social. Esa es la razón de que la filosofía personalista haya nacido y se haya extendido no en medios populares sino entre los escritores que, debido a su profesión, poseen o esperan adquirir un nombre y una reputación.

 

Las relaciones entre la colectividad y la persona deben ser establecidas con el único objetivo de apartar lo que es susceptible de impedir el crecimiento y la germinación misteriosa de la parte impersonal del alma. Para ello, es preciso que alrededor de cada persona haya espacio, un grado de libre disposición del tiempo, posibilidades para el tránsito hacia grados de atención cada vez más elevados, soledad, silencio. Igualmente, es preciso que esté en ambiente cálido, para que el desamparo no la constriña a ahogarse en lo colectivo.

 

Si tal es el bien, parece difícil ir mucho más lejos, en el sentido del mal, de lo que ya ha ido la sociedad moderna, democrática. Sobre todo, una fábrica moderna no está quizá tan lejos del límite del horror. Allí a todo ser humano se le hostiga continuamente, voluntades ajenas lo molestan, y al mismo tiempo el alma está en el frío, el desamparo y el abandono. El hombre precisa un silencio cálido, y se le da un tumulto glacial.

 

El trabajo físico, aun siendo un esfuerzo, no es por sí mismo una degradación. No es arte; no es ciencia; pero es algo que posee un valor absolutamente igual al del arte y la ciencia. Pues procura una posibilidad igual para acceder a una forma impersonal de la atención. (...) Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de manera diferente, el trabajo físico es un cierto contacto con la realidad, la verdad, la belleza de este universo, y con la sabiduría eterna de su disposición. Por ello, envilecer el trabajo es un sacrilegio, exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio.

 

Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que, por el hecho de ser víctimas, en cierto sentido también son los cómplices, su resistencia tomaría un impulso diferente del que les proporciona el pensamiento de su persona y de su derecho. No sería una reivindicación; sería un alzamiento de todo el ser por completo, feroz y desesperado, como el de una chica a quien se quisiera forzar a entrar en la prostitución; y al mismo tiempo sería un grito de esperanza surgido del fondo del corazón.

 

Ese sentimiento sí que habita en ellos, pero tan inarticulado que es indiscernible para ellos mismos. Los profesionales de la palabra son bastante incapaces de darle expresión. Cuando se les habla de su propia suerte, generalmente se elige hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los abruma y que convierte en dolor cualquier esfuerzo de atención, acogen con alivio la fácil claridad de las cifras. De esta manera olvidan que el objeto con el que se comercia, del que se quejan que se les fuerce a venderlo a la baja, del que se les niega un precio justo, no es sino su alma.

 

Imaginemos que el diablo está comprando el alma de un desgraciado y que alguien, apiadándose del desgraciado, interviniera en el debate y le dijera al diablo: “Es vergonzoso que usted le ofrezca ese precio; el objeto vale por lo menos el doble”. Esa farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda.

 

Ese espíritu comercial ya estaba implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro de la llamada que quisieron gritar a la cara del mundo. Era, por adelantado, destruir su virtud. La noción de derecho está vinculada a la de reparto, intercambio, cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca por sí misma el proceso, el alegato. El derecho sólo se sostiene mediante un tono de reivindicación; y cuando se adopta ese tono, es que la fuerza no está lejos sino detrás de él, para confirmarlo, o sin eso es ridículo.

 

Hay cantidad de nociones, situadas todas ellas en la misma categoría, que son totalmente ajenas, por sí mismas, a lo sobrenatural y, sin embargo, están un poco por encima de la fuerza bruta. Todas ellas están relacionadas con las costumbres del animal colectivo, por emplear el lenguaje de Platón, cuando éste conserva algunas huellas de una domesticación impuesta por la operación sobrenatural de la gracia. Cuando no reciben continuamente una renovación por esa operación, cuando son tan sólo supervivencias, se encuentran sujetas por necesidad al capricho del animal.

 

Las nociones de derecho, persona, democracia están en esta categoría. Bernanos tuvo el coraje de decir que la democracia no opone ninguna defensa frente a los dictadores. La persona está sometida por naturaleza a la colectividad. El derecho depende por naturaleza de la fuerza. Las mentiras y los errores que velan estas verdades son extremadamente peligrosos porque impiden recurrir a lo único que se sustrae a la fuerza y que preserva de la fuerza; esto es otra fuerza, la que irradia el espíritu. La materia pesada solo es capaz de subir contra la gravedad en las plantas, mediante la energía del sol que el verde de las hojas ha capturado y que opera en la savia. La gravedad y la muerte se apoderarán progresiva, pero inexorablemente, de la planta privada de luz.

 

Entre esas mentiras se encuentra la del derecho natural, lanzada por el materialista siglo XVIII. No por Rousseau, que era un espíritu lúcido, poderoso y de inspiración verdaderamente cristiana, sino por Diderot y el círculo de la Enciclopedia. La noción de derecho nos viene de Roma y, como todo lo que viene de la antigua Roma, que es la mujer llena de nombres de blasfemia a la que se refiere el Apocalipsis, es pagana y no bautizable. Los romanos, que comprendieron, como Hitler, que la fuerza sólo consigue la plenitud de la eficacia revestida de algunas ideas, emplearon para ello la noción de derecho. Se presta a ello estupendamente. Se acusa a la Alemania moderna de despreciarla. Pero la utilizó hasta la saciedad en sus reivindicaciones de nación proletaria. Cierto es que a quienes subyuga no les reconoce más derecho que el de obedecer. La antigua Roma tampoco. Alabar a la antigua Roma por habernos legado la noción de derecho es particularmente escandaloso. Ya que si se quiere examinar lo que en ella era esta noción en el momento de su aparición, para mejor discernir de qué clase es, podemos ver que la propiedad se definía por el derecho de uso y abuso. Y de hecho, la mayoría de las cosas sobre las que el propietario tenía derecho de uso y abuso eran seres humanos. Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de la justicia.

 

(...) Del mismo modo que la noción de derecho es ajena al espíritu griego, también lo es a la inspiración cristiana, allí donde es pura, no mezclada de herencia romana, o hebrea, o aristotélica. No es imaginable san Francisco de Asís hablando de derecho. Si se le dice a alguien capaz de escuchar: “Lo que usted me hace no es justo”, se puede golpear y despertar, allí donde nace, al espíritu de atención y de amor. No sucede lo mismo con palabras como: “Tengo derecho a ... “, “usted no tiene derecho a ... “; encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible desde todos los ángulos cualquier matiz de caridad. Es imposible, cuando de ella se hace un uso casi exclusivo, permanecer con la vista fija sobre el verdadero problema. Un campesino, sobre el que presiona indiscretamente un comprador, en un mercado, para que le venda sus pollos a un precio moderado, puede muy bien responder: “Tengo derecho a quedarme con mis pollos, si no se me ofrece un precio lo suficientemente bueno”. Pero una jovencita, a la que por fuerza se la intenta meter en un prostíbulo, no hablará de sus derechos. En tal situación, esa palabra parecería ridícula de tan insuficiente.

 

Por eso el drama social, que es análogo a la segunda situación, se ha presentado falsamente, por el uso de esa palabra, como análogo al primero. El uso de esa palabra ha hecho, de lo que habría tenido que ser un grito surgido del fondo de las entrañas, un agrio griterío de reivindicación, sin pureza ni eficacia.

 

La noción de derecho arrastra con ella, por el hecho mismo de su mediocridad, a la de persona, ya que el derecho tiene que ver con las cosas personales. Está situado en ese nivel. Al añadir a la palabra derecho la de persona, lo que implica el derecho de la persona a eso que se nombra como realización, se haría un mal más grave si cabe. El grito de los oprimidos descendería todavía más abajo que el tono de la reivindicación, adoptaría el de la envidia. Pues la persona sólo se realiza cuando el prestigio social la infla; su realización es un privilegio social. Esto no se les dice a las masas cuando se les habla de los derechos de la persona, se les dice lo contrario. Las masas no disponen de un poder de análisis suficiente como para reconocerlo claramente por sí mismas; pero lo sienten, su experiencia cotidiana les da la certeza de que es así. Para las masas no puede ser un motivo de rechazar esa consigna. En nuestra época de inteligencia oscurecida no hay ninguna dificultad en reclamar para todos una parte igual en los privilegios, en las cosas que por esencia son privilegios. Es una especie de reivindicación a la vez absurda y baja: absurda, porque el privilegio por definición es desigual; baja, porque no vale como para ser deseado.

 

Pero la categoría de los hombres que formulan tanto reivindicaciones como cualquier otra cosa, que tienen el monopolio del lenguaje, es una categoría de privilegiados. No son ellos los que dirán que el privilegio no merece ser deseado. No lo piensan. Pero sobre todo sería indecente por su parte. Muchas verdades indispensables y que salvarían a los hombres no se dicen por causas de este tipo; los que podrían decirlas no pueden formularlas, los que podrían formularlas no pueden decirlas. El remedio a este mal sería uno de los problemas urgentes de una verdadera política.

 

En una sociedad inestable los privilegiados tienen mala conciencia. Unos la esconden con aire desafiante y dicen a las masas: “Es del todo conveniente que no tengáis privilegios y yo sí”. Otros les dicen con benevolencia: “Reclamo para todos vosotros una parte igual en los privilegios que poseo”. La primera actitud es odiosa. La segunda carece de sentido común. También es demasiado fácil. Una y otra aguijonean al pueblo para que corra por la vía del mal, para que se aleje de su único y verdadero bien, que no está en sus manos, pero que, en cierto sentido, le es muy próximo. Se encuentra mucho más cerca de un bien auténtico, que sería fuente de belleza, de verdad, de gozo y de plenitud, que aquellos que le conceden su piedad. Pero no encontrándose en ello y no sabiendo cómo llegar, todo ocurre como si estuviera infinitamente lejos. Los que hablan en su lugar, o le hablan, son igualmente incapaces de comprender tanto el desamparo en el que está como la plenitud de bien que casi está a su alcance. Y a él le resulta indispensable ser comprendido.

 

La desgracia en sí misma es inarticulada. Los desgraciados suplican silenciosamente que se les proporcione palabras para expresarse. Hay épocas en las que no se les concede. Hay otras en las que se les proporciona palabras, pero mal escogidas, ya que quienes las escogen son ajenos a la desgracia que interpretan. Muy a menudo están lejos de la desgracia por el lugar en el que les han puesto las circunstancias. Pero incluso si están cerca, o si se han encontrado dentro de un período de sus vidas, incluso reciente, no obstante son ajenos porque se han vuelto ajenos tan pronto como han podido.

 

(...) Poner en boca de los desgraciados palabras que pertenecen a la región mediana de los valores, tales como democracia, derecho o persona, es hacerles un presente que no es susceptible de aportarles ningún bien y que les hace inevitablemente mucho mal. Esas nociones no tienen su lugar en el cielo, están suspendidas en el aire y, por esta misma razón, son incapaces de morder la tierra. Solo la luz que cae continuamente del cielo le proporciona a un árbol la energía que hunde profundamente en la tierra las poderosas raíces. En verdad, el árbol está enraizado en el cielo. Sólo lo que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca sobre la tierra.

 

(---) Para estar seguro de decir lo que hay que decir, basta ceñirse, cuando se trata de las aspiraciones de los desgraciados, a las palabras y a las frases que expresan siempre, en todas partes, en todas las circunstancias, únicamente el bien. Es uno de los dos únicos servicios que se les puede hacer con las palabras. El otro consiste en encontrar palabras que expresen la verdad de su desgracia; que, a través de circunstancias exteriores, hagan perceptible el grito lanzado siempre en silencio: “¿Por qué se me hace daño?”.

 

(...) En lugar de alentar el florecimiento de talentos, como se proponía en 1789, hay que tener cariño y ser cálidos hacia el crecimiento del genio, con ternura y con respeto, ya que únicamente los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden socorrer a los desgraciados. Entre ambos, la gente de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad, hacen pantalla e impiden la ayuda. No hay que hacer ningún mal a la pantalla, pero suavemente hay que echarla a un lado, intentando que se dé cuenta lo menos posible. Y hay que romper la pantalla mucho más peligrosa de lo colectivo, suprimiendo toda la parte de nuestras instituciones y nuestras costumbres en la que habita una forma cualquiera del espíritu de partido.

 

Ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia a la verdad ni a la desgracia. Hay alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros. Del mismo modo que un vagabundo, acusado ante el tribunal por haber cogido una zanahoria de un campo, está plantado ante el juez que, cómodamente sentado, desgrana elegantemente preguntas, comentarios y bromas, mientras que el otro consigue apenas balbucear, así también está plantada la verdad ante una inteligencia ocupada en establecer elegantemente opiniones.

 

El lenguaje, incluso en el hombre que aparentemente calla, siempre es el que formula opiniones. La facultad natural llamada inteligencia tiene que ver con las opiniones y con el lenguaje. El lenguaje enuncia relaciones. Pero enuncia pocas, porque se desarrolla en el tiempo. Si es confuso, vago, poco riguroso, sin orden, si el espíritu que lo emite o el que lo escucha tiene una débil capacidad de mantener un pensamiento presente en el espíritu, está vacío o casi vacío de todo el contenido real de relaciones. Si es perfectamente claro, preciso, riguroso, ordenado; si, habiendo concebido una idea, se dirige a un espíritu capaz de conservarla presente mientras concibe otra, de conservar estas dos presentes mientras concibe una tercera, y así sucesivamente; en ese caso, el lenguaje puede ser rico en relaciones. Pero como toda riqueza, esta riqueza relativa es una miseria atroz, comparada con la única perfección deseable. Incluso en el mejor de los casos, un espíritu encerrado en el lenguaje está en prisión. Su límite es la cantidad de relaciones que las palabras pueden hacer presentes a su espíritu al mismo tiempo. Permanece ignorante de los pensamientos que implican la combinación de un número de relaciones más grande; esos pensamientos están fuera del lenguaje, no formulables, aun cuando sean perfectamente rigurosos y claros y aun cuando cada una de las relaciones que los componen sea expresable en palabras perfectamente precisas. De esta manera el espíritu se mueve en un espacio cerrado de verdad parcial, que por otra parte puede ser más o menos grande, sin ni siquiera poder jamás lanzar una mirada sobre lo que está fuera.

 

Si un espíritu cautivo ignora su propio cautiverio, vive en el error. Si lo ha reconocido, aunque sea por una décima de segundo, y se ha apresurado a olvidarlo, vive en la mentira. Hombres de inteligencia extremadamente brillante pueden nacer, vivir y morir en el error y la mentira. En éstos la inteligencia no es un bien, ni siquiera una ventaja. La diferencia entre hombres más o menos inteligentes es como la diferencia entre criminales condenados a la cárcel de por vida, cuyas celdas fueran más o menos grandes. Un hombre inteligente y orgulloso de su inteligencia se parece a un condenado que se sintiera orgulloso de tener una celda grande.

 

Un espíritu que siente su cautiverio querría disimulárselo. Pero si tiene horror a la mentira, no lo hará. Tendrá, entonces, que sufrir mucho. Se golpeará contra el muro hasta desvanecerse; se despertará, mirará el muro con temor, después, un día, volverá a la carga y se desvanecerá de nuevo; y así continuamente, sin fin, sin ninguna esperanza. Un día se despertará al otro lado del muro. (...) En lo sucesivo, posee la clave, el secreto que hace caer todos los muros. Se encuentra más allá de lo que los hombres llaman inteligencia, se encuentra ahí donde comienza la sabiduría. Cualquier espíritu encerrado en el lenguaje es sólo capaz de opiniones. Cualquier espíritu que ha llegado a ser capaz de captar pensamientos inexpresables por la multitud de relaciones combinadas, aunque más rigurosos y más luminosos que los que expresa el lenguaje más preciso, cualquier espíritu que ha llegado a ese punto vive ya en la verdad. La certeza y la fe sin sombra le pertenecen. E importa poco que en el origen haya tenido poca o mucha inteligencia, que haya estado en una celda estrecha o amplia. Lo único que importa es que, habiendo llegado al extremo de su propia inteligencia, fuera cual fuese, ha pasado más allá. Un idiota de pueblo está tan cerca de la verdad como un niño prodigio. Tanto uno como el otro están separados de ella por una muralla. No se entra en la verdad sin haber pasado antes por el propio anonadamiento, sin haber vivido durante mucho tiempo en un estado de total y extrema humillación.

 

(...) Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Ponerse en el lugar de un ser cuya alma está mutilada por la desgracia o en peligro inminente de serlo es anonadar la propia alma. Es más difícil de lo que sería el suicidio para un niño contento de vivir. Por ello a los desgraciados no se les escucha. Están en el estado en el que se encontraría alguien a quien se le hubiera cortado la lengua y hubiera olvidado momentáneamente su lesión. Sus labios se agitan y ningún sonido llega a nuestros oídos. De ellos mismos se apodera rápidamente la impotencia en el uso del lenguaje, a causa de la certeza de no ser oídos.

 

(...) Sólo la operación sobrenatural de la gracia hace que el alma pase a través de su propio anonadamiento hasta el lugar en el que se cosecha esa especie de atención, que es la única que permite estar atento a la verdad y a la desgracia. Es la misma para los dos objetos. Es una atención intensa, pura, sin móvil, gratuita, generosa. Y esa atención es amor. En la medida en que la desgracia y la verdad tienen necesidad, para ser oídas, de la misma atención, el espíritu de la justicia y el espíritu de la verdad son una misma cosa. El espíritu de la justicia y de la verdad no es más que una cierta especie de atención, que es puro amor.

 

Debido a una disposición eterna de la Providencia, todo lo que un hombre produce en cualquier ámbito, cuando el espíritu de la justicia y de la verdad lo domina, está revestido de una belleza resplandeciente. La belleza es el misterio supremo aquí abajo. Es algo resplandeciente que solicita la atención, pero no le proporciona ningún móvil para perdurar. La belleza promete siempre y no da jamás nada; suscita un hambre, pero en ella no hay alimento para la parte del alma que intenta aquí abajo saciarse; sólo tiene alimento para la parte del alma que mira. Suscita el deseo, y hace sentir claramente que en ella no hay nada que desear, ya que se quiere ante todo que nada en ella cambie. Si no se buscan recursos para salir del delicioso tormento que inflige, el deseo poco a poco se transforma en amor, y se forma un germen de la facultad de atención gratuita y pura.

 

Cuanto más repelente es la desgracia, más soberanamente hermosa es la expresión de la desgracia. Se puede poner como ejemplos, incluso en siglos recientes, Phèdre, l’´Ecole des femmes, Lear, los poemas de Villon, pero más aún las tragedias de Esquilo y Sófocles; y aún más la Ilíada, el Libro de Job, ciertos poemas populares; y aun más los relatos de la Pasión en los Evangelios. La belleza resplandeciente se extiende sobre la desgracia gracias a la luz del espíritu de la justicia y del amor, lo único que permite que el pensamiento humano mire y reproduzca la desgracia tal como es.

 

Igualmente, cada vez que un fragmento de verdad inexpresable pasa a las palabras que, sin poder contener la verdad que las ha inspirado, tienen con ella una correspondencia tan perfecta a causa de su disposición que proporcionan un soporte a cualquier espíritu deseoso de encontrarla, cada vez que las cosas suceden así, la belleza resplandeciente se extiende sobre las palabras.

 

Todo lo que procede del amor puro está iluminado por la belleza resplandeciente. La belleza es sensible, aun cuando muy confusamente y mezclada con muchas falsas imitaciones, en el interior de la celda en la que todo pensamiento humano está en principio aprisionado. La verdad y la justicia imposibilitadas de expresarse no pueden esperar ningún otro socorro que no provenga de ella. Tampoco tiene lenguaje; no habla; no dice nada. Pero tiene voz para llamar. Llama y muestra la justicia y la verdad que no tienen voz, como un perro que ladra para hacer que la gente se acerque a su amo que yace inanimado sobre la nieve.

 

Justicia, verdad, belleza son hermanas y aliadas. Con estas tres palabras tan hermosas no hace falta buscar otras. La justicia consiste en vigilar para que no se haga daño a los hombres. Se le está haciendo daño a un ser humano cuando grita interiormente: “¿Por qué se me hace daño?”. Se equivoca a menudo en cuanto intenta darse cuenta de qué mal sufre, quién se lo inflige, por qué se le inflige. Pero el grito es infalible.

 

El otro grito que se oye a menudo: “¿Por qué el otro tiene más que yo?”, se refiere al derecho. Hay que aprender a distinguir los dos gritos y hacer que se acalle el segundo tanto cuanto se pueda, con la menor brutalidad posible, echando mano de un código, de tribunales ordinarios y de la policía. Para formar espíritus capaces de resolver los problemas pertenecientes a ese ámbito, basta la Escuela de Derecho. Pero el grito “¿Por qu+e se me hace daño?” plantea problemas muy diferentes, para los que es indispensable el espíritu de la verdad, de la justicia y del amor.

 

(...) Preservar la justicia, proteger a los hombres de todo mal, es ante todo impedir que se les haga daño. Para aquellos a quienes se ha hecho daño, es borrar las consecuencias materiales, poner a las víctimas en una situación en que la herida, si no se ha hecho muy profunda, sea curada naturalmente gracias al bienestar. Pero para aquellos a quienes la herida ha desgarrado toda el alma, es además y ante todo necesario calmar la sed dándoles de beber el bien perfectamente puro.

 

(...) Cuando se habla del poder de las palabras, se trata siempre de un poder de ilusión y de error. Ahora bien, por efecto de una disposición providencial, existen determinadas palabras que, si se hace un buen uso de ellas, tienen en sí mismas la virtud de iluminar y de elevar hacia el bien. Son palabras a las que les corresponde una perfección absoluta y, para nosotros, inaprensible. La virtud de iluminación y de atracción hacia lo alto reside en esas palabras mismas, en esas palabras en cuanto tales, no en ninguna concepción. Ya que hacer buen uso de ellas es ante todo no hacerles corresponder ninguna concepción. Lo que expresan es inconcebible.

 

Dios y verdad son algunas de esas palabras. También justicia, amor, bien. Es peligroso emplear tales palabras. Su uso es una ordalía. Para que se haga de ellas un uso legítimo es preciso, al mismo tiempo, no encerrarlas en ninguna concepción humana y adjuntarles concepciones y acciones directa y exclusivamente inspiradas por su luz. De no ser así, rápidamente todos reconocen que no son sino mentira. Son compañeras poco confortables. Palabras como derecho, democracia y persona son más cómodas. Por eso las prefieren naturalmente quienes, incluso con buenas intenciones, han asumido funciones públicas. Las funciones públicas no tienen otro sentido que la posibilidad de hacer el bien a los hombres, y quienes las asumen con buena intención quieren distribuir el bien sobre sus contemporáneos; pero generalmente cometen el error de creer que primero podrán ellos mismos comprarlo a la baja.

 

Las palabras de la región mediana, derecho, democracia, persona, son de uso correcto en su región, la de las instituciones medianas. La inspiración de la que proceden todas las instituciones, de la que ellas son como su proyección, reclama otro lenguaje.

 

La subordinación de la persona a lo colectivo está en la naturaleza de las cosas como la del gramo al kilogramo en una balanza. Pero una balanza puede ser tal que el kilogramo ceda ante el gramo. Basta con que uno de sus brazos sea más de mil veces más largo que el otro. La ley del equilibrio prevalece soberanamente sobre las desigualdades de peso. Pero jamás el peso inferior vencerá al peso superior sin una relación entre ellos en la que se cristalice la ley del equilibrio.

 

Por la misma razón la persona no puede ser protegida de lo colectivo, y la democracia no puede asegurarse más que gracias a una cristalización en la vida pública de un bien superior, que es impersonal y no tiene relación con ninguna forma política.

 

La palabra persona, es verdad, se aplica a menudo a Dios. Pero en el fragmento en el que Cristo les propone a los hombres a Dios mismo como modelo de una perfección que se les ordena que realicen, no sólo le adjunta la imagen de una persona sino sobre todo la de un orden impersonal: “Convertíos en los hijos de vuestro Padre, el que está en los cielos, en cuanto que hace que se levante su sol sobre los malvados y los buenos, y caiga la lluvia sobre los justos y los injustos”. Ese orden impersonal y divino del universo tiene como imagen entre nosotros la justicia, la verdad, la belleza. Nada inferior a esas cosas es digno de servir de inspiración a los hombres que aceptan morir.

 

Por encima de las instituciones destinadas a proteger el derecho, las personas, las libertades democráticas, hay que inventar otras destinadas a discernir y a abolir todo lo que, en la vida contemporánea, aplasta a las almas bajo la injusticia, la mentira y la fealdad. Hay que inventarlas, pues son desconocidas, y es imposible dudar acerca de si son indispensables.

LA IMAGINACIÓN COLMADORA

 

 

 

 

 

 

 

La imaginación trabaja continuamente tapando todas las fisuras por donde pueda pasar la gracia. Cualquier vacío (no aceptado) produce odio, acritud, amargura, rencor. El mal que se desea a quien se odia, y que imaginamos, restituye el equilibrio. Los milicianos del “Testamento español” que se inventaban las victorias para soportar el hecho de morir, es un típico ejemplo de imaginación colmadora de vacío. Aunque no se haya de ganar nada con la victoria, se soporta mejor morir por una causa que sea victoriosa antes que por una causa que resulte derrotada. Hacerlo por algo desprovisto completamente de fuerza sería sobrehumano (discípulos de Cristo). El pensamiento de la muerte requiere un contrapeso, y ese contrapeso con la omisión de la gracia no puede ser más que una mentira.

 

La imaginación colmadora de vacíos es fundamentalmente mentirosa. Excluye la tercera dimensión, porque únicamente los objetos reales son los que aparecen en tres dimensiones. Excluye las relaciones múltiples. Procurar definir las cosas que, aún ocurriendo realmente, son en cierto sentido imaginarias.

 

Guerra. Crímenes. Venganzas. Desgracia extrema. En España, los crímenes se cometían de verdad, y, sin embargo, parecían puras bravuconadas. Realidades que no tienen otra dimensión que la del sueño. En el mal, como en el sueño, no existen lecturas múltiples. De ahí la simplicidad de los criminales. Crímenes rasos como sueños por las dos caras: la cara del verdugo y la cara de la víctima. ¿Hay algo más horroroso que morir en una pesadilla?

 

Compensaciones. Mario urdía su futura venganza. Napoleón pensaba en la posteridad. Guillermo II deseaba una taza de té. Su imaginación no se había apegado tan fuertemente al poder como para atravesar los años: se orientaba hacia una taza de té.

 

Adoración a los grandes hombres por parte del pueblo en el siglo XVII (La Bruyère). Era un efecto de la imaginación colmadora de vacíos, efecto disipado una vez que lo sustituyó el dinero. Dos efectos bajos, aunque el dinero lo es más.

 

En cualquier situación en que se detenga la imaginación colmadora, existe vacío (pobres de espíritu). En cualquier situación (aunque en algunas, ¡al precio de qué rebajamiento!), la imaginación puede colmar el vacío. Así es como las personas normales pueden ser prisioneras, esclavas, prostituidas, o pasar por cualquier sufrimiento sin purificación.

 

Continuamente suspendido en sí mismo está el trabajo de la imaginación colmadora de vacíos. Si se acepta cualquier vacío, ¿qué envite de la fortuna puede impedir que amemos el universo? Uno tiene la seguridad de que, ocurra lo que ocurra, el universo está lleno.


 

ILUSIONES

 

 

Uno tiende hacia algo porque cree que es bueno, y queda encadenado a ello porque se convierte en necesario. Las cosas sensibles son reales en cuanto cosas sensibles, pero son irreales en cuanto bienes. La apariencia posee la plenitud de la realidad, pero sólo en cuanto apariencia. En cuanto cosa distinta de apariencia, es error.

 

La ilusión relativa a las cosas de este mundo no concierne a su existencia, sino a su valor. La imagen de la caverna remite al valor. Tan sólo poseemos unas sombras de remedos de bien. Igualmente respecto del bien quedamos cautivos, encadenados (asimiento). Aceptamos los falsos valores que se nos presentan, y cuando creemos estar actuando, en realidad nos hallamos inmóviles, porque permanecemos en el mismo sistema de valores.

 

(...) Hablando con propiedad, el tiempo no existe (salvo el presente como límite), y sin embargo es a eso a lo que estamos sometidos. Esa es nuestra condición. Nos hallamos sometidos a lo que no existe. Tanto si se trata de la duración padecida pasivamente – dolor físico, espera, pena, remordimiento, miedo –, como del tiempo dirigido – orden, método, necesidades –, en ambos casos, aquello a lo que nos rendimos no existe. Pero nuestro sometimiento sí existe. Estamos realmente atados a irreales cadenas. El tiempo, irreal, tiñe todas las cosas y a nosotros mismos de irrealidad.

 

Para el avaro, su tesoro es la sombra de un remedo de bien. Es doblemente irreal. Porque un medio (el dinero), en cuanto tal, es ya cosa distinta de un bien. Pero tomado al margen de su función de medio, constituido en fin, todavía está más lejos de ser un bien.

 

Las sensaciones son irreales precisamente respecto de los juicios de valor; las cosas son irreales para nosotros precisamente en cuanto valores. Pero atribuir un falso valor a un objeto priva también de la realidad a la percepción de ese objeto, porque sofoca la percepción en la imaginación.

 

Así el desapego perfecto sólo permite ver las cosas desnudas, fuera de la bruma de valores engañosos. Por eso fueron precisas las úlceras y el basural para que a Job se le revelara la belleza del mundo. Porque no hay desapego sin dolor. Y no hay dolor que se soporte sin odio y sin mentira si no hay también desapego.

 

El alma que ha sacado su cabeza fuera del cielo, come el ser. La que sigue en el interior, come la opinión. La necesidad es esencialmente ajena a lo imaginario. Lo que en la percepción es real y la distingue del sueño no son las sensaciones, sino la necesidad envuelta en esas sensaciones.

 

«¿Por qué estas cosas y no otras? ». «Es así». En la vida espiritual, la ilusión y la verdad se distinguen de la misma manera. Lo que en la percepción es real y la distingue del sueño no son las sensaciones, sino la necesidad. Distinción entre quienes permanecen en la caverna, cierran los ojos e imaginan el viaje, y aquéllos que lo hacen. Reales e imaginarios también en lo espiritual, y también aquí la necesidad establece la diferencia. Y no simplemente el sufrimiento, porque existen sufrimientos imaginarios. Por lo que hace al sentimiento interior, nada hay más engañoso. ¿Cómo se distingue lo imaginario de lo real en el ámbito espiritual?

 

Hay que preferir el infierno real al paraíso imaginario. Lo que distingue a los estados de arriba de los de abajo es la coexistencia, en los estados de arriba, de varios planos superpuestos. La humildad tiene por objeto la abolición de lo imaginario en el progreso espiritual. No hay ningún inconveniente en creerse mucho menos adelantado de lo que se está: no por ello la luz deja de surtir su efecto, pues su fuente no se encuentra en la opinión. Y sí mucho en creerse más adelantado, porque en ese caso la opinión produce un efecto. Un criterio para lo real es que es duro y rugoso. Uno encuentra algunas alegrías en ello, pero no placer. Lo que es agradable es ensoñación. Tratar de amar sin imaginar. Amar la apariencia desnuda, sin interpretación. Entonces eso que amamos es verdaderamente Dios.

 

Después de pasar por el bien absoluto, encontramos los bienes ilusorios y parciales, pero dentro de un orden jerárquico que impide que nos permitamos ir en pos de un bien si no es dentro del límite permitido por la apetencia de otro bien determinado. Este orden es trascendente respecto de los bienes que agrupa, y constituye un reflejo del bien absoluto.

 

Ahora la razón discursiva (la comprensión de las relaciones) ayuda a disolver las idolatrías al considerar limitados, mezclados y afluentes unos de otros, los bienes y los males. Reconocer el punto en el que el bien pasa a mal: en calidad de, en la medida en que, con relación a, etc. Ir más allá de una regla de tres. Sigue tratándose de una relación con el tiempo. Perder la ilusión de la posesión del tiempo.

 

Encarnarse. El hombre debe realizar el acto de encarnarse, pues está desencarnado por la imaginación. Aquello que en nosotros proviene de Satanás es la imaginación. Remedio contra el amor imaginario. Conceder a Dios en sí el mínimo estricto, lo que de ninguna manera se le puede negar – y desear que un día, el más cercano posible, ese mínimo estricto se convierta en todo.

 

Transposición: creer que uno se eleva porque mientras conserva las mismas bajas inclinaciones (por ejemplo: el deseo de imponerse sobre otro), les ha asignado fines elevados. Muy al contrario, uno se elevaría atribuyendo a objetos bajos unas inclinaciones elevadas.

 

(...) Vigilar a qué nivel se coloca el infinito. Si se le coloca en el nivel en que lo correcto es poner el finito, poco importa el nombre con que se le llame. Los elementos bajos de mí mismo deben amar a Dios, pero no excesivamente. Pues no sería Dios. Ya pueden amar como quien tiene sed y hambre. Únicamente lo más elevado tiene derecho a ser saciado.

 

Temor de Dios en san Juan de la Cruz. ¿No se da ahí el temor de pensar en Dios mientras se es indigno de él? ¿De ensuciarlo al pensarlo mal? Merced a ese temor, los elementos bajos se alejan de Dios. La carne es peligrosa en la medida en que se niega a amar a Dios, pero también en la medida en que se entromete indiscretamente en ese acto de amarle. ¿Por qué la voluntad de combatir un prejuicio es un signo claro de que uno está imbuido del mismo? Porque proviene necesariamente de una obsesión. Constituye un esfuerzo completamente estéril por librarse del mismo. Sólo la luz de la atención resulta eficaz en semejantes casos y no es compatible con una intención polémica. Todo el freudismo está imbuido del mismo prejuicio al que tiene por misión combatir, a saber, que todo lo que es sexual es vil. Existe una diferencia fundamental entre el místico que dirige a Dios la facultad de amor y de deseo, cuya base fisiológica está constituida por la energía sexual, y la falsa imitación del místico que, dejando a esa facultad su orientación natural y asignándole un objeto imaginario, imprime como etiqueta a dicho objeto el nombre de Dios. La discriminación entre esas dos operaciones, la segunda de las cuales está aún por debajo de lo disoluto, resulta difícil, pero es posible.

 

Dios y lo sobrenatural se hallan ocultos y sin forma en el universo. Es bueno que se hallen ocultos y sin nombre en el alma. En caso contrario, se corre el riesgo de tener bajo ese nombre algo imaginario (quienes daban alimento y vestido a Jesucristo no sabían que era Jesucristo). Sentido de los misterios antiguos. El cristianismo (católicos y protestantes) habla en exceso de las cosas santas.

 

Moralidad y literatura. Nuestra vida real está compuesta en más de sus tres cuartas partes de imaginación y de ficción. Raros son los contactos auténticos con el bien y el mal. De nada vale una ciencia que no nos acerque a Dios. Pero si nos acerca mal, es decir, si lo hace a un Dios imaginario, entonces es peor...

 

Es malo pensar que soy el autor de aquello que la naturaleza opera en mí de modo mecánico. Pero aún es más malo creer que el autor es el Espíritu Santo. Eso se aleja todavía más de la verdad.

 

(...) Entre los hombres (y excepción hecha de las formas supremas de la santidad y del genio), lo que produce la impresión de ser verdadero es casi necesariamente falso, y lo que es verdadero produce casi necesariamente la impresión de ser falso.

 

Para expresar lo verdadero es preciso un trabajo. También para recibirlo. Sin trabajo se expresa y se recibe lo falso, o cuando menos lo superficial. Cuando lo verdadero parece al menos tan verdadero como lo falso, estamos ante el triunfo de la santidad o del genio. Es el caso de san Francisco, que hacía llorar a su auditorio como un predicador vulgar y teatral.

 

La duración, ya sean los siglos para las civilizaciones, ya los años y las décadas para el individuo, cumple una función darwiniana de eliminación del inepto. Lo que es apto para todo es eterno. En eso únicamente reside el premio de la que llamamos experiencia. Pero la mentira es una armadura mediante la cual el hombre permite con frecuencia que el inepto sobreviva a los acontecimientos que sin esa armadura lo matarían (como por ejemplo, en el orgullo de sobrevivir a las humillaciones), y esa armadura como que la segrega el inepto para precaverse ante le peligro (en caso de humillación, el orgullo engrosa la mentira interior). En el alma se da una especie de fagocitosis; todo lo que está amenazado por el tiempo segrega mentira para no morir en grado proporcional al peligro de muerte. Esa es la causa de que no haya amor a la verdad si no hay un consentimiento sin paliativos a la muerte. (...)

IDOLATRÍA Y AMOR

 

 

 

 

 

 

La idolatría proviene del hecho de que, teniendo sed de bien absoluto, no se posee la atención sobrenatural, y se carece de la paciencia necesaria para dejarla pasar. A falta de ídolos, es preciso con frecuencia, todos o casi todos los días, penar en el vacío. Y no se puede hacer sin pan sobrenatural. La idolatría es, pues, una necesidad vital en la caverna. Aún para los mejores, no puede evitarse el hecho de que limite estrechamente la inteligencia y la bondad.

 

Los pensamientos son cambiantes, obedientes a las pasiones, a las fantasías, al cansancio. La actividad debe continuarse todos los días, muchas horas al día, de manera que se hacen precisos móviles para la actividad que escapen a los pensamientos, y, por lo tanto, a las relaciones: hacen falta ídolos.

 

Todos los hombres están dispuestos a morir por lo que aman. No se diferencian más que por el nivel del objeto amado y por la concentración o dispersión de su amor. Ninguno se ama a sí mismo. Al hombre le gustaría ser egoísta, pero no puede. El carácter más clamoroso de su miseria constituye la fuente de su grandeza. El hombre se entrega siempre a un orden.

 

Salvo iluminación sobrenatural, este orden solamente se tiene por centro él mismo o tiene a un ser particular (que puede ser una abstracción) al cual se transfiere (Napoleón para sus soldados, la Ciencia, el Partido, etc.). Orden perspectivo.

 

No hemos de adquirir la humildad. La humildad se halla en nosotros. Solamente nos postramos ante falsos dioses. El amor es un indicio de nuestra miseria. Dios no puede sino amarse a sí mismo. Nosotros no podemos sino amar algo distinto de nosotros. Nosotros no debemos amar a Dios por el hecho de que él nos ame. Por el hecho de que Dios nos ame, debemos amarnos. ¿Cómo amarse a sí mismo sin esa razón? El amor a sí mismo es imposible en el hombre si no es mediante ese rodeo.

 

Si me vendan los ojos y me atan las manos a un palo, este palo me separa de las cosas, pero también las exploro con él. Sólo siento el palo, sólo percibo el muro. Igual que las criaturas con la facultad de amar. El amor sobrenatural no incumbe sino a las criaturas y no se dirige sino a Dios. No ama sino a las criaturas (¿qué otra cosa hemos de amar?), pero como intermediarias. A título de intermediarias ama por igual a todas las criaturas, incluido él mismo. Amar a un extraño como a sí mismo entraña como contrapartida: amarse a sí mismo como a un extraño.

 

El amor a Dios es puro cuando el gozo y el sufrimiento inspiran una gratitud igual. El amor, en el caso de alguien feliz, consiste en querer compartir el sufrimiento del amado desgraciado. El amor, en el caso de alguien desgraciado, consiste en verse colmado simplemente con saber que el amado está gozando, sin tomar parte en ese gozo, ni siquiera desear hacerlo.

 

A juicio de Platón, el amor carnal es una imagen degradada del verdadero amor. El amor humano casto (fidelidad conyugal) es una imagen menos degradada del mismo. La idea de sublimación sólo podía surgir de la estupidez contemporánea.

 

El amor en el Fedro. No ejerce ni padece la fuerza. Ésa es la única pureza. El contacto con la espada supone la mancha misma, tanto da que se haga por el lado de la empuñadura como por el lado de la punta. A quien ama, el frío del metal no le hurta el amor, pero le produce la sensación de estar abandonado por Dios. El amor sobrenatural no tiene contacto alguno con la fuerza, pero tampoco protege al alma del frío de la fuerza, del frío del acero. Únicamente un asimiento terrenal, siempre que encierre energía suficiente, puede proteger del frío del acero. La armadura está hecha de metal como la espada. A quien no ama sino con un amor puro, el crimen, tanto da que sea el autor como que sea la víctima, le hiela el alma, y lo mismo ocurre con todo lo que, sin llegar hasta la propia muerte, es violencia. Si se desea un amor que proteja al alma de las heridas, hay que amar algo que sea distinto de Dios.

 

El amor tiende a llegar cada vez más lejos. Pero tiene un límite. Cuando ese límite se sobrepasa, el amor se vuelve odio. Para evitar ese cambio, el amor debe hacerse diferente. De todos los seres humanos, sólo reconocemos la existencia de aquéllos a los que amamos. La creencia en la existencia de otros seres humanos como tales es amor.

 

El espíritu no está obligado a creer en la existencia de nada (subjetivismo, idealismo absoluto, solipsismo, escepticismo: véanse las Upanishad, los taoistas y Platón, los cuales se valen, todos, de esa actitud filosófica a título de purificación). Por esa razón el único órgano de contacto con la existencia es la aceptación, el amor. Por esa razón, belleza y realidad son idénticas. Por esa razón, el gozo y la sensación de realidad son idénticos.

 

Esa necesidad de ser el creador de lo que se ama es una necesidad de imitar a Dios. Pero se trata de una inclinación por la falsa divinidad. A menos que se recurra al modelo desde la perspectiva del otro lado del cielo... Amor puro de las criaturas: no amor en Dios, sino amor que, pasando por Dios, comienza en el fuego. Amor que se desliga completamente de las criaturas para subir a Dios, y vuelve a descender asociado al amor creador de Dios. De ese modo se unen los dos contrarios que desgarran el amor humano: amar al ser amado tal como es, y querer volverlo a crear.

 

Amor imaginario a las criaturas. Estamos atados con una cuerda a todo cuanto es objeto de afecto, pero una cuerda siempre se puede cortar. También estamos atados con una cuerda al Dios imaginario, a ese Dios para quien el amor es también un afecto. Pero al Dios real no estamos atados, y por esa razón no hay cuerda que pueda ser cortada. Él entra en nosotros. Sólo él puede entrar en nosotros. Todas las demás cosas permanecen fuera, y sólo conocemos de ellas los grados de tensión y de dirección variables que se imprime a la cuerda cuando se produce un desplazamiento suyo o nuestro.

 

El amor tiene necesidad de realidad. ¿Hay algo más tremendo que descubrir un día que se ama a un ser imaginario a través de una apariencia corporal? Es mucho más tremendo que la muerte, porque la muerte no impide al amado haberlo sido. Ése es el castigo por el crimen consistente en haber alimentado

al amor con la imaginación.

 

Es una cobardía tratar de obtener de las personas que amamos (o desear darles) un consuelo distinto del que nos ofrecen las obras de arte, que nos ayudan por el mero hecho de que existen. Amando y siendo amado se propicia simplemente que esa existencia se vuelva mutuamente más concreta, se le haga más constantemente presente al espíritu. Pero debe estar presente como la fuente de los pensamientos, y no como su objeto. Si hay motivo para desear ser comprendido, no es por uno mismo, sino por el otro, con el fin de existir para él.

 

Todo cuanto es vil y mediocre en nosotros se rebela contra la pureza, y tiene necesidad de mancillar esa pureza para salvar su vida. Mancillar es modificar, es tocar. Lo bello es lo que no cabe querer cambiar. Dominar es manchar. Poseer es manchar. Amar puramente es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo qué se ama.

 

La imaginación va siempre ligada a un deseo, es decir a un valor. Sólo el deseo sin objeto está vacío de imaginación. Hay presencia real de Dios en toda cosa que la imaginación no vela. Lo bello captura el deseo en nosotros y lo vacía de objeto proporcionándole un objeto presente e impidiendo de ese modo que se precipite en el futuro. Ese es el precio del amor casto. Todo deseo de gozar se sitúa en el futuro, en lo ilusorio. Mientras que si sólo deseamos que un ser exista, éste existe: ¿qué más se puede desear? El ser amado es entonces real y está desnudo, sin cubrir por el futuro imaginario. El avaro nunca contempla su tesoro sin imaginarlo n veces mayor. Hay que estar muerto para ver las cosas desnudas. Así, en el amor hay castidad o ausencia de ella según el deseo se dirija o no hacia el futuro. En este sentido, y a condición de que no esté dirigido hacia una pseudo-inmoralidad concebida a partir del modelo del futuro, el amor manifestado a los muertos es perfectamente puro. Pues se trata del deseo de una vida acabada que ya no puede dar nada nuevo. Se desea que el muerto haya existido, y ha existido.

 

Allí donde el espíritu deja de ser principio, deja también de ser fin. De ahí el riguroso nexo que existe entre el pensamiento colectivo en todas sus formas y la pérdida del sentido, la pérdida del respeto a las almas. El alma es el ser humano considerado como poseedor de un valor en sí. Amar el alma de una mujer no es pensar en esa mujer en función de su propio placer, etc. El amor no sabe ya contemplar, quiere poseer (desaparición del amor platónico).

 

Es un error desear ser comprendido antes de explicarse uno ante sí mismo. Como el caso del que busca placeres en la amistad sin merecerlos. Se trata de algo todavía más corruptor que el amor. Venderías tu alma por amistad. Y, sin embargo, «el obrero del amor es la posesión constante de lo bueno», dice Diotima en su conocido discurso sobre el Amor en El Banquete, 206a. Naturalmente ese amor procede, no de la imaginación, sino del alma; huelga añadir que nada tiene que ver con lo que comúnmente se conoce por ese nombre.

 

(...) Desear escapar de la soledad es una cobardía. La amistad no se busca, ni se sueña, ni se desea; se ejerce (es una virtud). Abolir todo ese margen de sentimiento impuro y turbio. Schluss! O más bien (puesto que no conviene hacerse a sí misma una poda demasiado rigurosa), todo aquello que en la amistad no pasa a intercambios efectivos debe pasar a pensamientos reflexivos. Resulta vano prescindir de la virtud inspiradora de la amistad. Lo que debe prohibirse severamente es el hecho de soñar con los goces del sentimiento. Eso es corrupción. Y resulta tan tonto como soñar con la música o con la pintura. La amistad no se deja desligar de la realidad, no más que lo bello. Como lo bello, constituye un milagro. Y ese milagro estriba simplemente en el hecho de que existe.

 

Los veinticinco años son tiempo más que suficiente para acabar radicalmente con la adolescencia... No dejes encarcelarte por ningún afecto. Preserva tu soledad. Si alguna vez ocurre que se te ofrezca un afecto verdadero, aquel día no habrá oposición entre la soledad interior y la amistad, sino al contrario. Precisamente lo reconocerás por ese indicio infalible. Los demás afectos deben someterse a una disciplina severa.

 

Las mismas palabras (v. gr., cuando un hombre dice a su mujer: te quiero) pueden ser vulgares o extraordinarias según la manera de pronunciarlas. Y esa manera depende de la profundidad que tenga la región del ser de la que proceden, sin que en ello intervenga para nada la voluntad. Merced a una maravillosa sintonía, esas palabras van a llegar, en quien las escucha, a la misma región. De ese modo, quien escucha puede discernir, si es que tiene discernimiento, cuánto valen esas palabras.

(...)

 

 

LA DESGRACIA

 

 

 

 

 

 

(...) No debo amar mi sufrimiento porque sea útil, sino porque es. Aceptar lo que significa amar; no es preciso que la aceptación repercuta en la amargura, disminuyéndola, pues siendo así la aceptación disminuiría en fuerza y pureza. Porque el objeto de la aceptación es qué significa amar en cuanto amar, y no otra cosa.

 

Decir como Iván Karamazov: nada puede haber que compense una sola lágrima de un solo niño. Y aceptar, sin embargo, todas las lágrimas y los innumerables horrores que se dan más allá de las lágrimas. Aceptar estas cosas, no por las compensaciones que pudieran traer consigo, sino por sí mismas. Aceptar que existan sencillamente porque existen.

 

Si en este mundo no hubiera desgracia, podríamos pensar que estábamos en el paraíso. Dos concepciones del infierno. La corriente (sufrimiento sin consuelo); la mía (falsa beatitud, creer equivocadamente que se está en el paraíso). La mayor pureza del dolor físico (Thibon). Por ende, la mayor dignidad del pueblo. No tratar de no sufrir ni de sufrir menos, sino de no alterarse por el sufrimiento. La extrema grandeza del cristianismo procede del hecho de que no busca un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento.

 

Hay que esforzarse todo lo posible por evitar la desgracia, para que la desgracia que encontremos sea completamente pura y completamente amarga. La alegría constituye la plenitud del sentimiento de lo real. Pero sufrir conservando el sentimiento de lo real es mejor. Sufrir sin caer en la pesadilla. Que el dolor se dé en un sentido puramente exterior, y en un sentido puramente interior. Para ello, es preciso que resida únicamente en la sensibilidad. Entonces es exterior (como situado al margen de las partes espirituales del alma) e interior (como concentrado por entero en nosotros mismos, sin incidir en el universo para alterarlo).

 

La desgracia obliga a reconocer como real aquello que no creemos posible. Desgracia: el tiempo empuja al ser pensante a su pesar hacia lo que éste no puede soportar y que acabará, sin embargo, ocurriendo. «Aleja de mí este cáliz». Cada segundo que transcurre empuja a alguien en el mundo hacia algo que no puede soportar. Llega un punto en la desgracia en el que ya no somos capaces de soportar ni que la misma continúe ni que se nos libere de ella. La desgracia no es nada fuera de la relación entre el pasado y el futuro; pero, ¿hay algo más real para el hombre que esa relación? Es la realidad misma.

 

Futuro. Seguimos pensando que ocurrirá mañana, hasta el momento en que pensamos que no ocurrirá nunca. Dos pensamientos alivian un tanto la desgracia. O bien que se va a acabar casi inmediatamente, o bien que no va a acabar nunca. Imposible o necesario. Pero es imposible pensar sencillamente que existe. Resulta insostenible. «No es posible». Lo que no es posible es pensar en un futuro en el que perdure la desgracia. El impulso natural del pensamiento hacia el porvenir queda detenido, y el ser se desgarra en su sentimiento del tiempo. «Pasado un mes, o un año, ¿cuál será el sufrimiento?»

 

El ser que no puede soportar el pensar en el pasado ni en el futuro queda reducido a materia. Los rusos blancos que trabajaban en Renault. Ésa es la manera en que se aprende a obedecer como la materia, aunque seguramente ellos se forjaban pasados y futuros próximos y mentirosos. Fragmentación del tiempo para los criminales y las prostitutas; ocurre lo mismo con los esclavos. Se trata, pues, de una característica de la desgracia.

 

El tiempo produce violencia; es la única violencia. Otro habrá que te sujetará y te llevará a donde no quieres ir; el tiempo lleva a donde no se quiere ir. Aun que me condenen a muerte, no llegarán a ejecutarme si en el intervalo el tiempo se detiene. ¿Se puede desear que el tiempo se detenga, que se detengan las estrellas, por espantoso que sea lo que pueda ocurrir? La violencia del tiempo desgarra el alma: por su desgarro entra la eternidad. Todos los problemas remiten al tiempo.

 

Dolor extremo: tiempo no orientado: vía del infierno o vía del paraíso. Perpetuidad o eternidad. Los opuestos no son el placer y el dolor, sino las especies de uno y otro. Existen un placer y un dolor infernales, un placer y un dolor curativos, un placer y un dolor celestes.

 

Por naturaleza, huimos del sufrimiento y buscamos el placer. Sólo por esa razón el gozo sirve de imagen al bien y el dolor de imagen al mal. De ahí se desprende la imaginería del paraíso y el infierno. Pero en realidad, placer y dolor son parejas inseparables.

 

Sufrimiento, enseñanza y transformación. Es preciso, no que los iniciados aprendan algo, sino que se opere en ellos una transformación que les haga aptos para recibir la enseñanza.

 

Pathos significa a la vez sufrimiento (sobre todo sufrimiento hasta la muerte) y modificación (sobre todo transformación en un ser inmortal). El sufrimiento y el goce como fuentes de saber. La serpiente ofreció el conocimiento a Adán y Eva. Las sirenas ofrecieron el conocimiento a Ulises. Estas historias ponen de manifiesto que el alma se pierde al buscar el conocimiento en el placer. ¿Por qué? El placer es quizá inocente, siempre que no se busque en él el conocimiento. A éste sólo está permitido buscarlo en el sufrimiento.

 

(...) Decir que el mundo no vale nada, que esta vida no vale nada, y poner como prueba el mal, es absurdo, porque si esto no vale nada, ¿de qué nos priva entonces el mal? De manera que, cuanto mejor se concibe la plenitud del goce, más puros y más intensos son el sufrimiento en la desgracia y la compasión por el prójimo. ¿De qué priva el sufrimiento a quien carece de placer? Concibiendo la plenitud del goce, el sufrimiento sigue siendo a la alegría lo que el hambre al alimento. Es preciso haber tenido con el gozo la revelación de la realidad para encontrar la realidad en el sufrimiento. Si no, la vida no es más que un sueño más o menos malo. Hay que llegar a encontrar una realidad más plena aún en el sufrimiento que es nada y vacío. Asimismo, hay que amar mucho la vida para amar todavía más la muerte.

 

LA VIOLENCIA

 

 

 

 

 

 

 

(...) La guerra y Eros son las dos fuentes de la ilusión y de la mentira entre los hombres. Su mezcla es la impureza mayor. Esforzarse por sustituir cada vez más en el mundo la violencia por la no-violencia eficaz. La no-violencia sólo es buena si es eficaz. Pongamos por caso la pregunta de aquel joven a Gandhi acerca de su hermana. La respuesta debería haber sido: usa la fuerza, a no ser que seas de tal manera que puedas defenderla sin violencia con la misma probabilidad de éxito. A no ser que poseas la irradiación de una energía (es decir, de una eficacia posible, en el sentido más material del término) igual a la contenida en tus músculos. Esforzarse por llegar a ser de manera que podamos ser no-violentos. También depende del adversario.

 

La causa de las guerras: cada hombre, cada grupo humano se siente legitimado como poseedor y dueño de la verdad del universo. Pero esa posesión está mal entendida, por haberse ignorado que el acceso a la misma en la medida en que le es posible al hombre en la tierra, pasa para cada cual, por su propio cuerpo.

 

Alejandro es a un labrador lo que don Juan a un marido feliz. Guerra. Mantener intacto en sí el amor a la vida; no infligir nunca la muerte sin antes aceptarla para uno mismo. En el supuesto de que la vida de X... estuviera ligada a la de uno mismo hasta el punto de que las dos muertes tuvieran que ser simultáneas ¿se desearía sin embargo que muriera él? Si el cuerpo y el alma entera aspiran a la vida y a pesar de ello se puede, sin mentir, responder que sí, entonces se tiene derecho a matar.

 


 

LO IMPOSIBLE

 

 

 

 

 

 

 

(...) El deseo es imposible; destruye su objeto. Ni los amantes pueden ser uno, ni Narciso, dos. Don Juan y Narciso. Puesto que desear algo es imposible, se hace preciso desear nada. Nuestra vida es imposibilidad, absurdo. Cada cosa que queremos resulta contradictoria respecto de las premisas o las consecuencias que lleva aparejadas, cada afirmación que hacemos comporta la afirmación contraria, todos nuestros sentimientos se hallan mezclados con sus contrarios. Y es así porque, al ser criaturas, al ser Dios y ser infinitamente distintos de Dios, somos contradicción.

 

La mera contradicción es la prueba de que no somos todo. La contradicción es nuestra miseria, y el sentimiento de nuestra miseria es el sentimiento de la realidad. Porque la miseria no la fabricamos nosotros. Es auténtica. Y por eso hay que quererla. Todo lo demás es imaginario. La imposibilidad es la puerta que da a lo sobrenatural. No queda más remedio que llamar a ella. Otro es el que abre.

 

Para salir del sueño hay que tocar la imposibilidad. En sueños, no existe la imposibilidad. Solamente la impotencia. «Padre nuestro, que estás en los cielos». Resulta un tanto humorístico. Sí, es vuestro Padre, ¡pero tratad de ir a buscarlo allá arriba! Somos tan rotundamente incapaces de despegarnos de la tierra como un gusano. ¿Cómo podría venir él a nosotros sin descender? No hay manera alguna de formarse una idea de una relación entre Dios y el hombre que no sea tan ininteligible como la Encarnación. La Encarnación hace añicos esa ininteligibilidad. Representa la manera más concreta de pensar ese descenso imposible. Por lo tanto, ¿por qué no iba a ser verdad?

 

Los cabos que no podemos atar son el testimonio de lo trascendente. Somos seres que conocen, que quieren y que aman, y nada más poner nuestra atención en los objetos del conocimiento, de la voluntad y del amor, reconocemos la evidencia de que no existen objetos que no sean imposibles. Sólo la mentira puede echar un velo sobre esta evidencia. La conciencia de esa imposibilidad nos obliga a desear apoderarnos continuamente de lo inaprehensible a través de todo aquello que deseamos, conocemos y queremos. Cuando algo parece imposible de obtener, se hagan los esfuerzos que se hagan para ello, significa que se ha llegado a un límite infranqueable en ese plano, e indica la necesidad de un cambio de plano, de una ruptura del techo. Esforzarse hasta el agotamiento en ese plano degrada. Más vale aceptar el límite, contemplarlo y saborear toda su amargura.

 

El error como móvil, como fuente de energía. Me parece ver a un amigo. Corro hacia él. Cuando estoy algo más cerca, me doy cuenta de que me dirijo hacia alguien distinto, hacia un desconocido. De la misma manera confundimos lo relativo con lo absoluto, a las cosas creadas con Dios. Todos los móviles particulares son errores. La única energía buena es la que no resulta suministrada por ningún móvil: la obediencia a Dios, o sea, en la medida en que Dios supera todo aquello que podemos imaginar o concebir, es la obediencia a nada. Ello es imposible y necesario a la vez – o, dicho de otra manera, sobrenatural.

 

(...) Es buena la acción que se puede realizar manteniendo la atención y la intención dirigidas al bien puro e imposible, sin dejar que ninguna mentira oculte ni la atracción ni la imposibilidad del bien puro. De ese modo, la virtud es totalmente análoga a la inspiración artística. Es hermoso el poema que se escribe manteniendo la atención dirigida a la inspiración inexpresable en cuanto inexpresable.

 

 

CONTRADICCIÓN

 

 

 

 

 

 

 

(...) Prueba ontológica experimental. No poseo en mí el principio de ascensión. No puedo trepar por el aire hasta el cielo. Sólo orientando mi pensamiento hacia algo mejor que yo se consigue que ese algo me atraiga hacia arriba. Si realmente soy atraído, es que esa cosa es real. Ninguna perfección imaginaria puede llevarme hacia arriba, ni un milímetro siquiera. Porque cualquier perfección imaginaria se encuentra automáticamente al nivel en que estoy yo, que la imagino, ni más arriba, ni más abajo.

 

Este efecto de la orientación del pensamiento no es en absoluto comparable a la sugestión. Si cada mañana me digo: soy valiente, no tengo miedo, puede que me vuelva valiente, pero con una valentía que será conforme a lo que, en mi actual imperfección, considero bajo ese nombre, lo cual no superará, por lo tanto, esa misma imperfección. Se tratará de una modificación en el plano, pero no de un cambio de plano.

 

La contradicción es el criterio. No es posible procurarse mediante la sugestión cosas incompatibles. Sólo la gracia puede hacerlo. El ser tierno que mediante la sugestión se vuelve valiente se endurece, e incluso con frecuencia él mismo cercena su ternura con una suerte de placer salvaje. Solamente la gracia puede dar valentía dejando intacta la ternura, o bien ternura dejando intacta la valentía.

 

El gran dolor del hombre, que comienza ya en la infancia y que prosigue hasta su muerte, lo constituye el hecho de que mirar y comer son dos operaciones diferentes. La beatitud eterna es un estado en el que mirar es comer. Lo que contemplamos aquí abajo no es real, es un decorado. Lo que comemos, se destruye, deja de ser real. Esta separación nos la ha producido el pecado. En cuanto comportamientos permanentes, la virtudes naturales, si es que tomamos la palabra virtud en su auténtico sentido, es decir, excluyendo las imitaciones sociales de la virtud, no son posibles más que en aquél que posee la gracia sobrenatural. Su duración es sobrenatural.

 

Contrarios y contradictorios. Lo que puede la relación entre contrarios con vistas a tocar al ser natural, lo pueden los contradictorios considerados en su conjunto con vistas a tocar a Dios.

 

Un hombre inspirado en Dios es un hombre que tiene comportamientos, pensamientos, y sentimientos ligados por un vínculo que no es representable.

 

Idea pitagórica: el bien se define siempre por la unión de los contrarios. Cuando se postula lo contrario de un mal, se permanece en el nivel de ese mal. Cuando se le ha experimentado, se vuelve al primero. Es lo que la Gîta llama «la perplejidad producida por los contrarios». La dialéctica marxista constituye un enfoque muy degradado y totalmente falseado de esto mismo.

 

Una mala unión de los contrarios. El imperialismo obrero desarrollado por el marxismo. Proverbios latinos sobre la insolencia de los esclavos libertos de nuevo. La insolencia y el servilismo se agravan mutuamente. Los anarquistas sinceros, que entrevieron a través de la bruma el principio de la unión de los contrarios, creyeron que dando el poder a los oprimidos se destruiría el mal. Sueño imposible. ¿Qué es, pues, lo específico de la mala y de la buena unión de los contrarios?

 

La mala unión de los contrarios (mala por engañosa) es la que se opera en el mismo plano en el que se hallan los contrarios. Por ejemplo, la concesión del poder a los oprimidos: no se sale de la pareja opresión-poder. La buena unión de los contrarios se opera en el plano de arriba. Por ejemplo, la oposición entre

el poder y la opresión se resuelve en el nivel de la ley, que es el equilibrio. Igualmente, el dolor separa los contrarios unidos (y ésa es su función propia), para unirlos de nuevo en el plano superior al de su primera unión. Pulsación dolor-gozo. Sin embargo, siempre prevalece matemáticamente el gozo.

 

El dolor es violencia, y el gozo dulzura, pero el gozo es el más fuerte. La unión de los contradictorios es desgarramiento: resulta imposible sin un sufrimiento extremo. La correlación de los contrarios es desapego. El apego a una cosa particular no puede ser destruido si no es mediante otro apego incompatible con él. Esa es la razón del «Amad a vuestros enemigos... El que no aborrece a su padre y a su madre...». O bien somete uno a los contrarios, o bien se somete a los mismos.

 

Existencia simultánea de los incompatibles en el comportamiento del alma; balanza que se inclina de los dos lados a la vez: es la santidad, la realización del microcosmos, la imitación del orden del mundo.

 

Existencia simultánea de las virtudes contrarias en el alma como palancas para llegar a Dios. Encontrar y formular algunas de las leyes de la condición humana, muchas de cuyas profundas observaciones ponen en evidencia ciertos casos particulares. Por ejemplo: lo que es completamente superior reproduce lo que es completamente inferior, pero invertido. Parentesco del mal con la fuerza, y con el ser, y parentesco del bien con la debilidad, y con la nada. Al propio tiempo, el mal es privación. Dilucidar la manera que tienen los contradictorios de ser verdaderos.

 

Método de investigación: no bien se piensa en algo, buscar en qué sentido es verdadero su contrario.

 

 


 

AZAR

 

 

 

 

 

 

 

Los seres a los que amo son criaturas. Han nacido del azar. También mi encuentro con ellos es un azar. Morirán. Lo que piensan, lo que sienten y lo que hacen está limitado y es mezcla de bien y de mal. Saber esto mismo con toda el alma, y no por ello dejar de amarlos.

 

Imitar a Dios, que ama infinitamente a las cosas finitas en cuanto cosas finitas.

 

Querríamos que todo lo que tiene un valor fuera eterno. Mas todo lo que tiene un valor es fruto de un encuentro, dura lo que el encuentro, y cesa una vez se separa lo que se había reunido en el encuentro. Ésa es la idea central del budismo (idea heraclitiana). Conduce directamente a Dios.

 

La meditación sobre el azar que propició el encuentro de mi padre y mi madre es todavía más salutífera que la meditación sobre la muerte. ¿Existe algo en mí que no tenga su origen en ese encuentro? Sólo Dios. Pero incluso mi idea de Dios tiene su origen en ese encuentro.

 

Estrellas y árboles frutales en flor. La completa permanencia y la extrema fragilidad proporcionan por igual el sentimiento de la eternidad.

 

Las teorías acerca del progreso y del «genio que siempre acaba apareciendo» provienen del hecho de que resulta insoportable imaginarse que lo más valioso del mundo esté supeditado al azar. Precisamente por ser insoportable, debe tenerse en cuenta. La creación es eso mismo. El único bien que no está sujeto al azar es el que está fuera del mundo. Esa vulnerabilidad de las cosas valiosas es hermosa porque la vulnerabilidad es una marca de existencia.

 

Destrucción de Troya. Caída de pétalos de árboles frutales en flor. Saber que lo más valioso no está enraizado en la existencia. Es hermoso. ¿Por qué? Proyecta al alma fuera del tiempo. (...)

 


 

EL ATEÍSMO PURIFICADOR

 

 

 

 

 

 

 

Caso de contradictorios verdaderos. Dios existe, Dios no existe. ¿Dónde está el problema? Estoy completamente segura de que hay un Dios en el sentido de que estoy completamente segura de que no hay nada real que se parezca a lo que yo puedo concebir cuando pronuncio ese nombre. No obstante, lo que no puedo concebir tampoco es una ilusión.

 

Existen dos ateísmos, uno de los cuales resulta una purificación de la idea de Dios. Tal vez todo aquello que es el mal tiene un segundo aspecto que es una purificación en el proceso de acercamiento al bien, y un tercer aspecto que es el bien superior. Tres aspectos que conviene distinguir bien, porque confundirlos supone un gran peligro para el pensamiento y para la conducta efectiva en la vida.

 

De dos hombres sin experiencia de Dios, aquel que le niega es quizás el que más cerca está de él. El falso Dios, que se parece en todo al verdadero, con la excepción de que no se le llega a tocar, impide para siempre acceder al verdadero. Creer en un Dios que se parece en todo al verdadero, con la excepción de que no existe, pues no se encuentra en el punto en el que Dios existe.

 

Los errores de nuestra época forman parte de un cristianismo carente de lo sobrenatural. La causa de ello es el laicismo – y anteriormente el humanismo.

 

La religión como fuente de consuelo constituye un obstáculo para la verdadera fe: en ese sentido, el ateísmo es una purificación. Debo ser atea en aquella parte de mí misma que no está hecha para Dios. De entre los hombres que no tienen despierta la parte sobrenatural de sí mismos, los ateos tienen razón y los creyentes se equivocan.

 

Un hombre cuya familia entera hubiera perecido torturada, y él mismo hubiera sido sometido a tortura durante largo tiempo en un campo de concentración. O un indio del siglo XVI que hubiera sido el único que hubiera escapado al exterminio completo de todo su pueblo. Si alguna vez hombres así creyeron en la misericordia de Dios, después de eso o bien dejan de creer en ella, o bien la conciben de manera muy distinta a como la concebían. Yo no he pasado por ese tipo de cosas. Pero sé que existen: así que, ¿qué diferencia hay? Debo aspirar a tener de la misericordia divina un concepto que no desaparezca, que no cambie, independientemente de lo que el destino me tenga reservado, y que pueda ser transmitido a cualquier ser humano.

 

 


 

LA ATENCIÓN Y LA VOLUNTAD

 

 

No ya comprender unas cuantas cosas nuevas, sino llegar a comprender las verdades evidentes poniendo todo de sí mismo y a fuerza de paciencia, de trabajo y de método. Etapas de la creencia. Cuando invade el alma entera, la verdad más ordinaria es como una revelación.

 

Tratar de enmendar los errores por medio de la atención, y no por medio de la voluntad. (...) En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Presupone la fe y el amor. La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración. Si la inteligencia se vuelve hacia el bien, es imposible que el alma entera no se vea arrastrada poco a poco hacia él, aunque no quiera. La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa. La magnitud del genio de una época es rigurosamente proporcional a la magnitud de atención extrema, es decir, de religión auténtica, en dicha época.

 

Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Un fenómeno más de horror al vacío. No se quiere ver perdido el trabajo. Obstinación en proseguir la caza. No es preciso querer encontrar: porque, como en el caso de la dedicación excesiva, se vuelve uno dependiente del objeto del esfuerzo. Se hace necesaria una recompensa externa, algo que el azar proporciona a veces, y que uno está dispuesto a recibir al precio de una deformación de la verdad. El esfuerzo sin deseo (no vinculado a un objeto) es el único que encierra de manera inequívoca una recompensa.

 

(...) Hay esfuerzos que tienen un efecto contrario al del objetivo que persiguen (ejemplos: devotas amargadas, falso ascetismo, determinados sacrificios, etc.). Otros resultan siempre útiles, aunque no logren su objetivo. ¿Cómo distinguirlos? Tal vez: unos van acompañados de la negación (mentirosa) de la miseria interior. Y otros de la atención continuamente concentrada en la distancia que hay entre lo que se es y aquello que se ama.

 

El amor instruye a los dioses y a los hombres, porque nadie aprende sin desear aprender. Se busca la verdad no en cuanto verdad, sino en cuanto bien. La atención se halla ligada al deseo. No a la voluntad, sino al deseo. O, más exactamente, al consentimiento.

 

(...) Toda inspiración divina obra de un modo infalible, de un modo irresistible, siempre que no se desvíe la atención de ella, siempre que no se la rechace. No existe una opción a su favor; basta con no negarse a reconocer que existe.

 

(...) Una vez que se posee un punto de eternidad en el alma, no queda más que preservarlo, pues crece desde sí mismo, como una simiente. A su alrededor hay que mantener un gran ejército inmóvil, al que se alimentará con la contemplación de los números, de las relaciones fijas y rigurosas. A la invariante que se halla en el alma se la nutre con la contemplación de la invariante que se halla en el cuerpo.

 

Se escribe de igual manera que se pare; no te puedes impedir hacer el esfuerzo supremo. Pero también se actúa del mismo modo. No tengo por qué temer que no llegue a hacer el esfuerzo supremo. Con la única condición de no mentirme a mí misma y de poner atención. El poeta produce lo bello con la atención fija en lo real. De igual modo que un acto de amor. Saber que ese hombre que tiene hambre y sed existe tan verdaderamente como yo, basta – lo demás se desprende por sí solo.

 

Los valores auténticos y puros de lo verdadero, lo bello y lo bueno en la actividad de un ser humano se originan a partir de un único y mismo acto, por una determinada aplicación de la plenitud de la atención al objeto.

 

La enseñanza no debería tener otro fin que el de hacer posible la existencia de un acto como ése mediante el ejercicio de la atención. Todos los demás beneficios de la instrucción carecen de interés.

 

Estudio y fe. Dado que la oración no es más que la atención en su forma pura, y que el estudio constituye una gimnasia de la atención, cada ejercicio escolar debe ser una refracción de vida espiritual. Hace falta un método. Una determinada manera de hacer una traducción del latín, una determinada manera de resolver un problema de geometría (y no una manera cualquiera), constituyen la gimnasia de la atención idónea para conseguir que ésta sea más adecuada para la oración.

 

Un método para comprender las imágenes, los símbolos, etc. No tratar de interpretarlos, sino simplemente mirarlos hasta que brote de ellos la luz. En líneas generales, un método para el ejercicio de la inteligencia, que consiste en mirar.

 

Aplicación de ese método para discriminar lo real de lo engañoso. Dentro de la percepción sensible, si estamos seguros de lo que estamos viendo, nos desplazamos mirando, y aparece lo real. Dentro de la vida interior, el tiempo ocupa el lugar del espacio. Con el tiempo quedamos modificados, y si, a través de las modificaciones, conservamos la mirada orientada siempre hacia lo mismo, al final lo engañoso se esfuma y acaba apareciendo lo real. La condición es que la atención ha de ser una mirada y no un apego.

 


 


 


 


 


 


 


 


 

LA INTELIGENCIA Y LA GRACIA

 

 

 

 

 

 

 

Por medio de la inteligencia sabemos que lo que la inteligencia no capta es más real que lo que capta. La fe constituye la experiencia de que la inteligencia ha sido iluminada por el amor.

 

La inteligencia debe conocer la preeminencia del amor sirviéndose sólo de los medios que le son propios, es decir, de la comprobación y de la demostración. No debe someterse si no es sabiendo por qué, de una manera precisa y clara. Sin eso, su sumisión es un error, y aquello a lo que se somete, a pesar de la etiqueta, es una cosa distinta del amor sobrenatural. Por ejemplo, la influencia social.

 

Dentro del ámbito de la inteligencia, la virtud de la humildad no es otra cosa que la capacidad de atención. La mala humildad lleva a creer que no se es nada en cuanto uno mismo, en cuanto ser humano particular. La verdadera humildad es el conocimiento de que no se es nada en cuanto ser humano, o, de modo más general, en cuanto criatura.

 

La inteligencia participa en ello en gran medida. Es preciso concebir lo universal. Cuando se escucha a Bach o se escucha un canto gregoriano, todas las facultades del alma se tensan y se acallan para aprehender esa cosa perfectamente bella, y lo hacen cada cual a su manera. Entre otras, la inteligencia, que no encuentra nada que afirmar ni que negar en ello, pero que se nutre de ello. ¿No debe ser la fe una adhesión de esa misma especie? Degradamos los misterios de la fe haciendo de ellos un objeto de afirmación o de negación, cuando lo que deben ser es un objeto de contemplación.

 

(...) El objeto de la búsqueda no debe ser lo sobrenatural, sino el mundo. Lo sobrenatural es la luz: si hacemos de ello un objeto, lo menoscabamos. El mundo es un texto de variadas significaciones, y se pasa de una a otra mediante un trabajo. Un trabajo en el que el cuerpo siempre participa, como cuando aprendemos el alfabeto de una lengua extranjera: ese alfabeto debe ir metiéndose en la mano a fuerza de escribir las letras. Al margen de esto, cualquier cambio en la manera de pensar resulta ilusorio.

 

No existe elección entre todas las opiniones: hay que admitirlas todas, pero hay que hacerlo disponiéndolas verticalmente y colocándolas en los niveles adecuados. Por ejemplo, azar, destino, Providencia.

 

La inteligencia no puede nunca penetrar el misterio, pero puede – y es la única que puede - dar cuenta de la conveniencia de las palabras que lo expresan. En ese cometido, debe ser más aguda, más perspicaz, más precisa, más rigurosa y más exigente que en cualquier otro.

 

(...) Hay que tratar de encontrar en el ámbito de las relaciones entre el hombre y lo sobrenatural una precisión que sea más que matemática; algo que sea más preciso que la ciencia.

 

Lo racional en el sentido cartesiano, es decir, el mecanicismo, la necesidad humanamente representable, debe darse por supuesta allí donde sea posible, con el fin de poner en evidencia aquello que le resulte irreductible. El uso de la razón hace que las cosas le sean transparentes al espíritu. Pero lo transparente no se ve. Se ve lo opaco a través de lo transparente, lo opaco que quedaba oculto cuando lo transparente no era transparente. O bien se ve el polvo en el cristal, o bien el paisaje tras el cristal, pero nunca el cristal propiamente dicho: Limpiar el polvo sólo sirve para ver el paisaje.

 

La razón debe ejercer su función para llegar hasta los misterios, hasta las verdades indemostrables que son lo real. Lo incomprendido oculta lo incomprehensible, y por ese motivo debe ser eliminado. Hoy en día como la ciencia no busque una fuente de inspiración por encima de ella misma, acabará pereciendo.

 

La ciencia presenta tres únicos puntos de interés: 1. sus aplicaciones técnicas; 2. una partida de ajedrez; 3. un camino hacia Dios. El ajedrez lleva aparejadas competiciones, premios y medallas.

 

Pitágoras. Únicamente esa concepción mística de la geometría pudo proporcionar el grado de atención necesario en los inicios de esta ciencia. ¿No se admite, por otra parte, que la astronomía sale de la astrología, y la química de la alquimia? Sin embargo, a esta filiación se la interpreta como un progreso, cuando lo que se ha producido ha sido una degradación de la atención. La astrología y la alquimia trascendente suponen la contemplación de las verdaderas eternas en los símbolos suministrados por los astros y la combinación de sustancias. La astronomía y la química son degradaciones de las mismas. La astrología y la alquimia tomadas como magias son degradaciones todavía más bajas. La plenitud de la atención no se da más que en la atención religiosa. (...)

 

 


 

LECTURAS

 

 

 

 

 

 

 

El prójimo. Ver a cada ser humano (imagen de uno mismo) como una prisión en la que habita un prisionero con todo el universo a su alrededor. Electra, hija de un padre poderoso, reducida a la esclavitud, con la esperanza puesta sólo en su hermano, encuentra a un joven que le anuncia la muerte del hermano –y en el momento más rotundo de su desamparo, se descubre que ese joven es su hermano. «Creían que era el jardinero». Reconocer al hermano en un desconocido, reconocer a Dios en el universo.

 

Justicia. Estar dispuestos continuamente a admitir que el otro es algo muy distinto de lo que leemos cuando él se halla delante (o cuando pensamos en él). O más bien, leer en él que ciertamente él es algo distinto, tal vez algo muy distinto de lo que leemos. Cada ser grita en silencio pidiendo ser leído de otra manera.

 

Leemos, pero también somos leídos por otro. Interferencias entre ambas lecturas. Obligar a alguien a que se lea a sí mismo como le leen los demás (esclavitud). Obligar a los demás a que nos lean como nos leemos a nosotros mismos (conquista). Mecanicismo. La mayoría de las veces, diálogo de sordos. La caridad y la injusticia no se definen sino a partir de lecturas –escapando así a toda definición. El milagro del buen ladrón fue, no ya que pensara en Dios, sino que reconoció a Dios en su vecino. Pedro antes del canto del gallo ya no reconocía a Dios en Cristo. Otros se dejan matar por apoyar a falsos profetas en los que equivocadamente leen a Dios. ¿Quién puede jactarse de que va a leer justamente? Se puede ser injusto por voluntad de ofender a la justicia o por mala lectura de la justicia. Pero casi siempre es el segundo caso el que se da.

 

¿Qué clase de amor a la justicia protege de una mala lectura? ¿Cuál es la diferencia entre lo justo y lo injusto cuando todos se conducen siempre de acuerdo con su lectura de la justicia?

 

Juana de Arco: casi todos los que hoy cacarean de ella, seguramente la habrían condenado. Pero sus jueces no condenaron a la santa, a la virgen, etc., sino a la bruja, a la hereje, etc. Causas de malas lecturas: la opinión pública y las pasiones. La opinión pública constituye una razón muy poderosa. En la historia de Juana de Arco leemos lo dictado por la opinión pública de entonces. Pero no fue muy certera. Y con Cristo... De entre los problemas morales ficticios, se halla ausente la calumnia. ¿Qué esperanza le queda a la inocencia cuando no se la reconoce? (...)

 

 

 

 

 

 

 


 

EL ANILLO DE GIGES

 

 

 

 

 

 

 

A las otras civilizaciones les sacamos faltas como prueba de la insuficiencia de las religiones a las que están supeditadas. Sin embargo, en Europa, en el curso de estos últimos veinte siglos de historia, podemos encontrar fácilmente algunas faltas como mínimo equiparables. La destrucción de América mediante la matanza, y la de África mediante la esclavitud, las matanzas en el Mediodía francés, se comparan con la homosexualidad en Grecia o los ritos orgiásticos de Oriente. Pero se dice que en Europa esos defectos se produjeron al margen de la perfección del cristianismo, mientras que en las restantes civilizaciones se produjeron a causa de la imperfección de la religión.

 

Ejemplo privilegiado, para detenerse largamente en él, de cómo opera el mecanismo del error. Dejar aparte. Al enjuiciar la India o Grecia, se ponen en relación lo malo y lo bueno. Al enjuiciar el cristianismo, lo malo se deja aparte.

 

Se deja aparte ignorándolo, y ahí está precisamente el peligro. O, lo que aún es peor, se deja aparte en virtud de un acto volitivo, pero en virtud de un acto volitivo furtivo para uno mismo. Y a continuación no se sabe ya qué se ha dejado aparte. No se quiere saber, y a fuerza de no quererlo saber, se acaba no pudiéndolo saber.

 

Esa capacidad de dejar algo aparte abre paso a todos los crímenes. Para todo aquello que queda fuera del ámbito en el que la educación y el adiestramiento han forjado lazos sólidos, constituye la llave de acceso a la licencia absoluta. Es lo que permite que los hombres tengan comportamientos muy incoherentes, especialmente en aquellas ocasiones en que intervienen lo social y los sentimientos colectivos (guerra, odios entre naciones y entre clases, patriotismo de un partido, de una Iglesia, etc.). Todo lo que aparece recubierto del brillo de lo social se sitúa en un lugar distinto del resto y se sustrae a determinadas relaciones.

 

Nos servimos también de esta llave cuando cedemos ante el atractivo del placer. Me sirvo de ella cuando voy aplazando de un día para otro el cumplimiento de una obligación. Establezco una separación entre la obligación y el transcurso del tiempo. Nada hay tan deseable como tirar esa llave. Habría que tirarla al fondo de un pozo de donde ya no fuera posible recuperarla nunca más.

 

El anillo de Giges cuando se vuelve invisible es precisamente ese acto de dejar aparte. Dejarse aparte a sí mismo y al crimen que se comete. No establecer la relación que existe entre ambos. (...) Un patrono. Yo disfrutando de tantas y tantas cosas caras, mientras mis obreros padecen la miseria. Puede que tenga piedad de sus obreros con toda sinceridad, y puede no establecer la relación. Pues ninguna relación se establece como no la produzca el pensamiento. Dos y dos pueden seguir siendo dos y dos indefinidamente si el pensamiento no los reúne para que formen cuatro.

 

Odiamos a las personas que pretenden obligarnos a establecer las relaciones que nosotros no queremos establecer. La justicia consiste en sentar relaciones idénticas entre términos homotéticos de las cosas análogas, aun cuando algunas de estas cosas nos conciernan personalmente y sean para nosotros objeto de cierto afecto. Esta virtud se sitúa en el punto de intersección de lo natural con lo sobrenatural. Pertenece al ámbito de la voluntad y de la inteligencia clara, el ámbito, pues, de la caverna (puesto que nuestra claridad son las tinieblas), aunque no podemos mantenernos en él si no es pasando a la luz.

 

Amar al prójimo como a sí mismo no significa amar a todos los seres por igual, porque yo no amo por igual todos los modos de existencia de mí mismo. Ni tampoco no hacerlos sufrir, porque yo no me niego a hacerme sufrir a mí mismo. Pero sí tener con cada uno la relación que tiene una manera de pensar el universo con otra manera de pensar el universo, y no con una parte del universo.

 

Negarse a aceptar un acontecimiento del mundo es lo mismo que desear que el mundo no exista. Y eso está al alcance de mi mano; si lo deseo, lo consigo. Soy entonces un absceso del mundo. Promesas en el folclore: eso es lo peligroso de los deseos, que al final se cumplen. Desear que el mundo no exista es desear que yo, tal como soy, sea todo.

 

Ojalá que el universo entero, desde la piedrecita que está en mis pies hasta las estrellas más remotas, exista en todo momento para mí como Agnes para Arnulfo o el cofrecillo para Harpagón. Si quiero, el mundo puede pertenecerme como para el avaro su fortuna. Sólo que ésta es una fortuna que no se incrementa. A ese «yo» irreductible que constituye el fondo irreductible de mi sufrimiento, hacerlo universal.

 

¡Qué importa que nunca haya gozo en mí si perpetuamente hay gozo perfecto en Dios! Y lo mismo para la belleza, la inteligencia y todas las demás cosas. Desear la propia salvación es malo, no porque sea egoísta (no está de mano del hombre el ser egoísta), sino porque se trata de orientar el alma hacia una mera posibilidad particular y contingente, en lugar de hacerlo hacia la plenitud del ser, hacia el bien que existe incondicionalmente.

 

Todo lo que deseo, existe, o ha existido, existirá alguna vez. Porque me es imposible inventar íntegramente. ¿Cómo no estar, por tanto, satisfecho?

 

Br. No podía dejar de imaginármelo vivo, de imaginarme su casa como un lugar posible, para mí, de sus agradables conversaciones. La conciencia del hecho de su muerte creaba, entonces, un horrible desierto. Frío metálico. ¿Qué me importaba a mí que hubiera otras personas a quien amar? El amor que yo le profesaba llevaba aparejados reconocimientos interiores, intercambios que sólo con él era posible tener, y carecía de objeto. Ahora ya no me lo imagino vivo, y su muerte ya no me resulta intolerable. Me es grato su recuerdo. Pero también lo son los de otros, que entonces yo no conocía, y cuya muerte me produciría el mismo efecto.

 

D... no ha muerto, pero ha muerto, acompañada de un dolor similar, la amistad que tenía con él. Y él ya no es más que una sombra. Pero no me puedo imaginar que se produzca la misma transformación con respecto a X..., Y..., o Z..., de los que, sin embargo, no tenía conocimiento hasta hace muy poco. Así como unos padres no pueden figurarse que tres años antes su hijo no era nada, nosotros no podemos figuramos que no hemos conocido desde siempre a las personas que amamos.

 

Me parece que amo mal: si no, las cosas no serían para mí como son. Mi amor no estaría ligado a unas cuantas personas. Estaría disponible para todo aquello que merece ser amado. «Sed perfectos como lo es vuestro Padre celestial....». Amad como el sol que alumbra. Es preciso volver a dirigir el amor hacia uno mismo para luego expandirlo por sobre todas las cosas. Sólo Dios ama a todas las cosas y sólo Él se ama a sí mismo.

 

Amar a Dios es mucho más difícil de lo que se piensa. Puedo ensuciar todo el universo con mi miseria y no sentirla, o bien tenerla recogida en mí. Soportar el desacuerdo que hay entre la imaginación y el acto. «Yo sufro» es mejor que «este paisaje es feo».

 

 


 

BELLEZA

 

 

 

 

 

 

 

La belleza es la armonía entre el azar y el bien. Lo bello es lo necesario que, aun estando en conformidad con su propia ley y solamente con ella, obedece al bien.

 

Objeto de la ciencia: lo bello (es decir, el orden, la proporción, la armonía) en lo que tiene de suprasensible y necesario.

 

Objeto del arte: lo bello sensible y contingente visto a través de la red del azar y del mal.

 

Lo bello en la naturaleza: unión de la impresión sensible y del sentimiento de la necesidad. Así debe ser (en primer término), y así precisamente es.

 

La belleza seduce a la carne con el fin de obtener permiso para pasar al alma. Entre otras unidades de contrarios, lo bello encierra la belleza de lo instantáneo y la de lo eterno.

 

Lo bello es lo que se puede contemplar. Una estatua, un cuadro que podemos estar mirando durante horas.

 

Lo bello es algo a lo que se puede prestar atención. Música gregoriana. Cuando se cantan las mismas cosas varias horas al día todos los días, aquello que se halla incluso algo por encima de la suprema excelencia acaba resultando insoportable, y desechándose.

 

Los griegos miraban sus estatuas. Nosotros soportamos las estatuas del Luxemburgo porque no llegamos a mirarlas. Un cuadro como el que podría colocársele en la celda a un condenado a aislamiento perpetuo, sin que fuera una atrocidad, sino al contrario.

 

El teatro inmóvil es el único auténticamente bello. Las tragedias de Shakespeare son de segundo orden, con excepción de Lear. Las de Racine, de tercer orden, con excepción de Fedra. Las de Corneille, de enésimo orden.

 

Toda obra de arte tiene un autor, pero cuando es perfecta, sin embargo, tiene algo de anónima. Imita el anonimato del arte divino. La belleza del mundo, por ejemplo, es muestra de un Dios a la vez personal e impersonal, y ni lo uno ni lo otro.

 

Lo bello supone un atractivo carnal distante y lleva aparejada una renuncia. Incluida la renuncia más íntima, la de la imaginación. A los demás objetos de deseo queremos comerlos. Lo bello es lo que deseamos sin ánimo de comérnoslo. Deseamos que exista.

 

Permanecer inmóvil y unirse con aquello que se desea sin acercarse a ello. A Dios nos unimos de esa forma: sin poder acercarnos. La distancia es el alma de lo bello. La mirada y la espera representan la actitud que se corresponde con lo bello. Mientras podemos pensar, querer, desear, lo bello no se presenta. Ésa es la razón de que en toda belleza haya contradicción, amargura y ausencia irreductibles. Poesía: dolor y gozo imposibles. Toque punzante, nostalgia. Así son la poesía provenzal y la poesía inglesa. Un gozo que, a fuerza de ser puro y sin mezcla, duele. Un dolor que, a fuerza de ser puro y sin mezcla, sosiega. Belleza: una fruta a la que se mira sin alargar la mano. Semejante a una desgracia a la que se mira sin retroceder.

 

Doble movimiento descendente: volver a hacer por amor lo que hace la gravedad. ¿No es ese doble movimiento descendente la clave de todo arte? El movimiento descendente, espejo de la gracia, es la esencia de toda música. Lo demás sólo sirve para encajonarla. La subida de las notas es subida meramente sensible. Su descenso es descenso sensible y subida espiritual. Ahí se encuentra el paraíso que todo ser anhela: que la pendiente de la naturaleza propicie la subida hacia el bien.

 

En todo aquello que nos provoca una auténtica y pura sensación de lo bello existe realmente presencia de Dios. Hay como una especie de encarnación de Dios en el mundo, cuya marca es la belleza.

 

Lo bello es la prueba empírica de que la encarnación es posible. Por esa razón, todo arte de primer orden es por esencia religioso. (Cosa que hoy en día ya se ha olvidado.) Tan testimonial es un canto gregoriano como la muerte de un mártir.

 

Si lo bello es presencia real de Dios en la materia, si el contacto con lo bello es, en el pleno sentido de la palabra, un sacramento, ¿cómo es que hay tantos estetas perversos? Nerón. ¿Es su caso parecido a la avidez de los adictos a las misas negras por las hostias consagradas? ¿O tal vez resulta, con mayor probabilidad, que esas personas no se inclinan por lo auténticamente bello, sino por una mala imitación? Pues, así como hay un arte divino, hay también un arte demoníaco. Ése es sin duda el que le gustaba a Nerón. Una gran parte de nuestro arte es demoníaco.

 

Un apasionado aficionado a la música puede perfectamente ser un hombre perverso –aunque me resultaría difícil creerlo de alguien amante del canto gregoriano.

 

Algunos crímenes que nos han hecho malditos hemos debido cometer para que ahora hayamos perdido toda la poesía del universo.

 

El arte no tiene futuro inmediato porque todo arte es colectivo y hoy ya no hay vida colectiva (no hay más que colectividades muertas), y también debido a esa ruptura del verdadero pacto entre el cuerpo y el alma. El arte griego coincidió con los comienzos de la geometría y con el atletismo; el arte de la Edad Media, con el artesanado; el arte del Renacimiento, con los inicios de la mecánica, etc... A partir de 1914, se produce un corte completo. Incluso la comedia es casi imposible: sólo hay lugar para la sátira (¿cuándo se ha comprendido más fácilmente a Juvenal?). El arte no podrá renacer si no es del seno de la gran anarquía –épica, sin duda, porque la desgracia habrá simplificado mucho las cosas... De manera que es ocioso por tu parte envidiar a Vinci o a Bach. En nuestros días, la grandeza debe tomar otros rumbos. Sólo puede ser solitaria, oscura y sin eco... (aunque no hay arte sin eco ).


 

LA ARMONÍA SOCIAL

 

 

 

 

 

 

 

Dados un orden cualquiera y un orden superior, situado por lo tanto infinitamente por encima, éste no puede ser representado en el primero si no es por uno infinitamente pequeño. El grano de mostaza, el instante, la imagen de la eternidad, etc...

 

Punto de contacto entre el círculo y la línea recta (tangente). Así es la presencia del orden superior en el orden inferior en forma de uno infinitamente pequeño.

 

Cristo es el punto tangencial entre la humanidad y Dios.

 

La discreción, el carácter infinitesimal del bien puro...

 

El equilibrio es la sumisión de un orden a otro, de un orden trascendente respecto del primero y presente en el primero en forma de uno infinitamente pequeño.

 

De ese modo una monarquía auténtica sería la ciudad perfecta. En la sociedad, cada uno es el infinitamente pequeño que representa a ese orden trascendente respecto del orden social, e infinitamente mayor que éste.

 

Sería preciso que el amor del ciudadano por la ciudad, o del vasallo por su señor, fuera amor sobrenatural.

 

Sólo el equilibrio destruye y anula la fuerza. El orden social no puede ser más que un equilibrio de fuerzas.

 

Puesto que no se puede esperar de un hombre que no posee la gracia que sea justo, es preciso que la sociedad esté organizada de tal manera que las injusticias se vayan corrigiendo unas a otras en una perpetua oscilación.

 

Sólo el equilibrio deshace la fuerza. Si sabemos de qué lado está desequilibrada la sociedad, hay que hacer lo posible por poner más peso en el platillo más liviano. Aunque ese peso sea el mal, si se le maneja con esa intención tal vez uno no se ensucie. Pero hace falta haber concebido el equilibrio y estar siempre dispuesto a cambiar de lado, como la justicia, «esa

fugitiva del campo de los vencedores».

 

Significado del famoso fragmento del Gorgias sobre la geometría. No hay posibilidad de un desarrollo ilimitado en la naturaleza de las cosas; el mundo descansa por entero en la medida y en el equilibrio, y lo mismo pasa con la ciudad. Toda ambición es desmesura y absurdo. De lo que el ambicioso se olvida por completo es del concepto de proporción.

 

«A ti, pueblo estúpido, mi poder me encadena.

Mi orgullo necesita por desgracia tus brazos».

 

El vínculo feudal que hace de la obediencia una cosa de dos, de hombre a hombre, reduce en mucho el papel del gran animal. Y mucho más aún la ley. Sería preciso no obedecer sino a una ley o a un hombre. Ése es el caso prácticamente de las órdenes monásticas. Habría que construir la ciudad a partir de ese modelo. Obedecer al señor, a un hombre, pero a un hombre desnudo, revestido de la sola majestad del juramento, y no de una majestad prestada por el gran animal.

 

Una sociedad bien hecha sería aquélla en la que el Estado no tuviera más que una acción negativa, parecida a la de las riendas: una ligera presión para compensar el inicio de un desequilibrio.

 

El significado del Político de Platón es que el poder debe ser ejercido en un medio social compuesto por vencedores y vencidos. Pero esto mismo es contra natura, salvo cuando los vencedores son bárbaros. En este sentido, la victoria de los bárbaros sobre los civilizados es, siempre que no sea destructiva, más fecunda que la de los civilizados sobre los bárbaros.

 

La técnica, que coloca en el mismo bando a la fuerza y a la civilización, hace que tales regeneraciones sean imposibles. Está maldita.

 

Fuera de esos momentos de amalgama, el hecho de que los débiles y los fuertes compartan la fuerza sólo es posible por la intervención de un factor sobrenatural. Lo sobrenatural en la sociedad es la legitimidad en su doble forma: ley y atribución de la más alta instancia de poder. Una monarquía atemperada por las leyes podría tal vez efectuar la mezcla del Político. Pero no puede haber legitimidad sin religión. La obediencia a un hombre cuya autoridad no está alumbrada con legitimidad es una pesadilla.

 

Lo único que puede hacer de la legitimidad pura, de una idea absolutamente desprovista de fuerza, algo soberano, es el pensamiento: “así ha sido siempre, y así será siempre”. Por esa misma razón cualquier reforma debe presentarse siempre, bien como un regreso a un pasado que se había ido degradando por abandono, bien como la adaptación de una institución a unas nuevas circunstancias, adaptación que tiene por objeto, no un cambio, sino el mantenimiento de una proporción invariable, igual que cuando se tiene una proporción de 12/4, y 4 pasa a ser 5, el verdadero conservador no es el que quiere un 12/5, sino el que de 12 hace 15.

 

La existencia de una autoridad legítima da una finalidad a los trabajos y a los actos de la vida social, una finalidad distinta del ansia de crecer (que es el único argumento reconocido por el liberalismo). La legitimidad es la continuidad en el tiempo, la permanencia, una invariante. A la vida social le pone como finalidad algo que existe y que se concibe como algo que siempre ha existido y algo que deberá existir siempre. Obliga a los hombres a querer exactamente lo que hay.

 

Cuando la ruptura de la legitimidad, el desarraigo, no es debida a la conquista, cuando se produce en algún país como consecuencia de un abuso de la autoridad legítima, lleva a pensar inevitablemente en la obsesiva idea de progreso, pues la finalidad se vuelve entonces hacia el futuro.

 

El materialismo ateo es necesariamente revolucionario, ya que para orientarse hacia un bien absoluto aquí abajo hay que emplazarlo en el futuro. Para que el avance sea completo, hay necesidad, pues, de un mediador entre la perfección venidera y el presente. Ese mediador es el jefe: Lenin, etc. Éste es infalible y perfectamente puro. Cuando el mal pasa por él, se vuelve bien. O bien se es así, o bien se ama a Dios, o bien se queda uno a merced de los pequeños males y los pequeños bienes de la vida cotidiana.

 

El vínculo que hay entre el progreso y un bajo desarrollo (puesto que lo que una generación puede proseguir en el punto en que la anterior se detiene es necesariamente externo) es un ejemplo del parentesco que existe entre la fuerza y la bajeza. El gran error de los marxistas y de todo el siglo XIX fue creer que andando, andando, iban a subir por los aires.

 

La idea atea por excelencia es la idea de progreso, que es la negación de la prueba ontológica experimental, puesto que implica que lo mediocre puede producir por sí mismo lo mejor. Ahora bien, toda la ciencia moderna concurre a la destrucción de la idea de progreso. Darwin destruyó el espejismo de progreso interno que se daba en Lamarck. La teoría de las mutaciones no deja que persista otra cosa que no sea el azar y la eliminación. La ciencia energética plantea que la energía se degrada y nunca se incrementa, y esto mismo se aplica a la vida vegetal y animal.

 

La psicología y la sociología no serán científicas sino en la medida en que hagan un uso análogo de esa noción de energía, uso que es incompatible con cualquier idea de progreso, y sólo entonces resplandecerán con la luz de la verdadera fe. Únicamente lo eterno es invulnerable al tiempo. Para que una obra de arte pueda ser admirada siempre, para que un amor o una amistad puedan durar toda una vida (incluso tal vez mantenerse puros durante un día entero), para que determinada concepción de la condición humana pueda seguir siendo la misma a través de las múltiples experiencias y las vicisitudes de la fortuna – es preciso que del otro lado del cielo descienda una inspiración.

 

Un futuro completamente imposible, como el ideal de los anarquistas españoles, degrada mucho menos y difiere mucho menos de lo eterno que un futuro posible. Ni siquiera llega a degradar, a no ser por el espejismo de su posibilidad. Si está concebido como imposible, entonces lleva a lo eterno. Lo posible es el lugar de la imaginación, y, por consiguiente, el de la degradación. Hay que querer o bien lo que existe en concreto, o bien lo que no puede existir en absoluto, o mejor ambas cosas, Lo que es y lo que no puede ser están, ambos, fuera del devenir. El pasado es, siempre que la imaginación no se recree en él – con ocasión de que algo lo haga nacer en su pureza–, tiempo con tintes de eternidad. En él, el sentimiento de la realidad es puro. Ése es el puro gozo. Eso es lo bello, Proust.

 

Al presente estamos sujetos. El futuro nos lo forjamos en nuestra imaginación- Sólo el pasado, siempre que no nos lo forjemos nosotros, es realidad pura. Por su propio curso, el tiempo desgasta y destruye lo que es temporal. De ahí que haya más eternidad en el pasado que en el presente. El valor de la historia bien entendida, análogo al valor del recuerdo de Proust. De tal manera que el pasado nos presenta algo que a la vez es real y mejor que nosotros, y que puede despedirnos hacia arriba, cosa que el futuro no hace jamás.

 

Pasado: lo real, sí, pero completamente fuera de nuestro alcance, hacia lo que no podemos dar ni un paso, hacia lo que tan sólo podemos orientarnos para que nos llegue una emanación suya. Es, en ese aspecto, la imagen por excelencia de la realidad eterna y sobrenatural. ¿Es por eso por lo que en el recuerdo como tal hay gozo y belleza?

 

¿De dónde habrá de venimos a nosotros, que hemos ensuciado y vaciado el orbe entero, un renacimiento? Únicamente del pasado, siempre que lo amemos.

 

Los contrarios. Hoy se sienten ansias o asco del totalitarismo, pero casi todos aman un totalitarismo y odian otro.

 

¿Hay siempre identidad entre lo que se ama y se odia? ¿Se da siempre la necesidad de amar aquello que se odia bajo otra forma, y a la inversa?

 

El espejismo constante de la Revolución consiste en creer que si a las víctimas de la fuerza, que son inocentes de las violencias que se producen, se les pone en las manos esa misma fuerza, la utilizarán justamente. Pero con excepción de las almas que se encuentran muy cerca de la santidad, las víctimas están mancilladas por la fuerza como lo están sus verdugos. El mal que se halla en la empuñadura de la espada se transmite a la punta. Y las víctimas, así encumbradas y ebrias por el cambio, acaban haciendo un daño igual o mayor, y pronto vuelven a caer en lo mismo.

 

El socialismo consiste en poner el bien en los vencidos, y el racismo en ponerlo en los vencedores. Pero el ala revolucionaria del socialismo se sirve de quienes, aunque nacidos abajo, son vencedores por naturaleza y por vocación, de manera que desemboca en la misma ética.

 

El totalitarismo moderno es al totalitarismo católico del siglo XII lo que el espíritu laico y francmasón al humanismo del Renacimiento. Con cada vaivén, la humanidad se degrada. ¿Hasta dónde llegará?

 

Después del hundimiento de nuestra civilización, una de dos: ó perecerá por completo, como las civilizaciones antiguas, o se adaptará a un mundo descentralizado.

 

De nosotros depende, no ya la quiebra del centralismo (pues automáticamente se hace una bola de nieve que acaba en catástrofe), sino la preparación del futuro.

 

Nuestra época ha destruido la jerarquía interior. ¿Cómo va a dejar que subsista la jerarquía social, que no es más que una imagen grosera de aquélla?

 

No podrías haber nacido en otra época mejor que ésta, en la que todo se ha perdido.

 


 

MÍSTICA DEL TRABAJO

 

 

 

 

 

 

 

El secreto de la condición humana es que no hay equilibrio entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza que le rodean, las cuales le superan infinitamente en la inaccción; tan sólo hay equilibrio en la Acción con que el hombre recrea su propia vida en el trabajo.

 

La grandeza del hombre está siempre en el hecho de recrear su vida. Recrear lo que le ha sido dado. Fraguar aquello mismo que padece. Con el trabajo produce su propia existencia natural. Con la ciencia recrea el universo por medio de símbolos. Con el arte recrea la alianza entre su cuerpo y su alma (cf. el discurso de Eupalino). Observar que cada una de estas tres cosas, tomadas una a una y al margen de su relación con las otras dos, representa algo pobre, vacío, vano. La unión de las tres: la cultura obrera (puedes seguir esperando)...

 

El propio Platón no es más que un precursor. Los griegos conocían el arte, el deporte, pero no el trabajo. El amo es esclavo del esclavo en el sentido de que el esclavo fabrica al amo.

 

Dos tareas: lndividualizar la máquina; Individualizar la ciencia (vulgarización, universidad popular al estilo socrático en lo relacionado con los fundamentos de los oficios).

 

Trabajo manual. ¿Por qué no ha habido nunca un místico obrero o campesino que haya escrito sobre cómo aprovechar el hastío del trabajo? Este hastío tan frecuente, siempre amenazador, ese hastío del que huye el alma y trata de escondérselo a sí misma mediante una reacción vegetativa. Es peligro de muerte confesárselo a sí mismo. Ése es el origen de la mentira propia de los medios populares. (Existe una mentira propia de cada estrato.)

 

Ese hastío es la carga del tiempo. Confesárselo a sí mismo sin concesiones permite elevarse. El hastío en todas sus formas es una de las miserias más preciosas que le hayan sido dadas al hombre como escala para subir. Yo he sacado un muy buen provecho de este favor. Eludir todo hastío de sí mismo...

 

La monotonía es lo más hermoso que hay y lo más espantoso. Lo más hermoso si es un reflejo de la eternidad. Lo más espantoso si es el indicio de una perpetuidad sin cambios. Tiempo superado y tiempo esterilizado. El círculo es el símbolo de la hermosa monotonía, y el vaivén pendular, el de la atroz monotonía.

 

Espiritualidad del trabajo. El trabajo hace que sintamos de manera agotadora el fenómeno de la finalidad rebotada como una pelota; trabajar para comer, comer para trabajar... Si se considera como un fin una de las dos cosas, separadamente la una de la otra, entonces estamos perdidos. El ciclo contiene la verdad.

 

Una ardilla girando en su jaula y la rotación de la cúpula celeste. La extrema miseria y la extrema grandeza. Cuando un hombre se ve como una ardilla girando en una jaula circular es precisamente cuando, si no se miente, se halla cerca de su salvación.

 

Lo enormemente doloroso del trabajo manual es que se está obligado a esforzarse durante largas horas simplemente para existir. El esclavo es aquél al que no se le propone bien alguno cómo objeto de sus fatigas, sino la mera existencia. Entonces, o se le suelta o baja al nivel vegetativo.

 

Ninguna finalidad terrena separa a los trabajadores de Dios. Están solos en esa situación. Las demás condiciones entrañan fines particulares que actúan como pantalla entre el hombre y el bien puro. Para ellos no existe esa pantalla. No les sobra nada de lo que deban desprenderse.

 

Esforzarse por necesidad y no por un bien perseguido y no provocado -, esforzarse por conservar la existencia tal como es, es siempre servidumbre. En ese sentido, la servidumbre de los trabajadores manuales es irreductible. Esfuerzo sin finalidad. Es tremendo – y lo más hermoso que hay – cuando la finalidad no tiene fin. Sólo lo bello permite estar satisfecho con lo que existe.

 

Los trabajadores tienen más necesidad de poesía que de pan. Necesidad de que su vida sea una poesía. Necesidad de una luz de eternidad. Y sólo la religión puede ser la fuente de esa poesía. No es la religión, sino la revolución, la que es el opio del pueblo. Todas las formas de desmoralización se explican

por la falta de esa poesía.

 

La esclavitud es el trabajo que carece de luz de eternidad, de poesía, y de religión. Que la luz eterna proporcione, no ya una razón de vivir y de trabajar, sino una plenitud que exima de buscar esa razón. A falta de esto, los únicos estímulos son la obligación y la paga. La obligación, lo cual lleva aparejado la opresión del pueblo. La paga, lo cual lleva aparejado la corrupción del pueblo.

 

Trabajo manual. El tiempo entrando en el cuerpo. Mediante el trabajo el hombre se hace materia como Cristo con la Eucaristía. El trabajo es como una muerte. Hay que pasar por la muerte. Es preciso que te maten, que sufras la gravedad del mundo. ¿Qué de extraño tiene que un ser humano se duela con todo el peso del universo sobre sus costillas?

 

El trabajo es como una muerte cuando carece de estímulo. Actuar renunciando a los frutos de la acción. Trabajar cuando se está agotado es volverse sumiso al tiempo, como la materia. El pensamiento está obligado a pasar de un instante al siguiente sin poder agarrarse al pasado ni al futuro. Eso es obedecer.

 

Gozos paralelos al cansancio. Goces sensibles. Comer, descansar, los placeres dominicales... Pero no el dinero. Ninguna poesía que concierna al pueblo es auténtica si en ella no se encuentra el cansancio, y el hambre y la sed nacidos de ese cansancio.