XXVI. La poesía.

El sábado a la hora del té Ambrosio y Gabriel encontraron a Stefania deprimida y sin ánimo. Los ojos hundidos y las mejillas manchadas de rimel mostraban que había llorado. Se había levantado para recibir a sus amigos, pero no había salido de su habitación, por lo que la empleada de la casa les dijo que ella los esperaba. Mientras los acompañó por la escala les preguntó si preferían té o café, con o sin leche, con azúcar o endulzante.

—Té, sin leche, con azúcar —dijo Gabriel.

—Lo mismo para mí, muchas gracias.

La habitación de Stefania era espaciosa, con closet y baño, cama con dos veladores, un escritorio provisto de computador, un librero con muchos libros, un televisor y tres cómodas sillas. En el muro sobre la cabecera de la cama una cuidada reproducción del Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, y a un costado, varios posters de películas famosas.

—No se preocupen que estoy bien —les explicó mientras se abrazaban—. Es la radioterapia que me pone débil, llorona.

—¡Puchas! amiga.

—No se pongan triste ahora ustedes, por favor. Me pasó que me puse a leer poesías de Gabriela Mistral, y empecé a sentirme tan ella, tan identificada con su soledad, con su tristeza, con sus deseos de vivir y sus temores de morir sin haber probado lo que es tener un hijo y jugar con él, sin haber saboreado toda la belleza de la tierra, todo el amor de un hombre, todo el éxtasis de lo divino. Me metí tanto en la poesía que fue como si yo la estuviera viviendo. Cada verso me hace llorar. No sé como se puede no llorar si Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar / Rosalía con Ifigenia / y Lucila con Soledad.

Stefania suspiró hondo. Continuó diciendo, en su incontenible deseo de expresar lo que estaba viviendo:

—No es llanto de sufrimiento, sino la emoción de versos tan hermosos y profundos que me conmueven hasta el fondo. Y díganme si no soy yo la que Gabriela Mistral está representando en esta poesía. “Atardecer. Siento mi corazón en la dulzuna / fundirse como ceras: / son un óleo tardo / y no un vino mis venas, / y siento que mi vida se va huyendo / callada y dulce como la gacela.

Nuevas lágrimas empezaban a caer de los grandes ojos de Stefania, que trataba inútilmente de controlar sus emociones. Gabriel se conmovió al ver a su amiga en ese estado. Ambrosio atinó a pasarle un pañuelo con el que ella se enjugó las lágrimas. Gabriel sintió la necesidad de decir algo que pudiera objetivar la situación tan intensamente emocional que las palabras y el llanto de Stefania habían creado.

—Sí, dicen que la poesía es el arte supremo, el arte máximo, el que puede llegar a conmovernos en lo más hondo. Son pocos los privilegiados, los elegidos de los dioses, que tienen la suerte de gozarlas a fondo. Es una gracia inmensa Stefania, que tú sepas sentir y vivir la poesía de ese modo tan pleno.

Stefania movió de un lado a otro la cabeza sacudiendo el cabello.

—Discúlpenme, me encontraron en un momento muy especial. No me gusta ser tan intensa; pero ya estoy bien. Llamaré a la nana para que nos traiga el té con unos pastelitos que trajo mi madre para ustedes.

Tocó una campanilla y apenas un minuto después apareció en la puerta la mujer que los había recibido, con una bandeja con tres  tazas de té, pastelitos, pan, mantequilla, quesos, mermeladas. Dejó todo sobre el escritorio y se retiró sin decir una palabra.

Se sirvieron en silencio. Ambrosio, que estaba algo cohibido ante el hecho de que Stefania expusiera sus emociones tan abiertamente ante él, que no era un extraño pero tampoco un amigo íntimo, dió cuenta de varios pasteles y de buena parte de los panecillos, quesos y mermeladas.

Cuando terminaron el té Gabriel, que había dudado en hacerlo, se decidió y abrió el bolso donde siempre llevaba consigo su cámara fotográfica y otros enseres. Sacó un libro y se lo pasó a Stefania.

—Es una coindidencia tal vez; pero te he traído este regalo, que creo que te va a gustar. Es el “Canto a mi Mismo”, de Walt Whitman, traducido al español por otro gran poeta, León Felipe.

—Gracias, me encanta la poesía. Pero seguro que escogiste este libro por alguna razón especial.

—Sí, lo escogí pensando en tí Stefania. Es una poesía que canta las grandezas de la vida, de cada persona, y que nos hace ver el sentido de las cosas que ha entrevisto un gran poeta. Un poeta ve cosas que no vemos con los sentidos y que no alcanzamos a comprender con los conceptos, pero el poeta lo descubre y conoce y nos lo cuenta en versos. En fin, son poesías que abordan con una mirada distinta, los temas y las preguntas de nuestra conversación del otro día.

Al escuchar esto asomaron unas lágrimas en los ojos de Stefania.

—Uff, estoy llorona. Pero no es tristeza, es que me emociona que hayas pensado en mí.

Se enjugó las lágrimas con el pañuelo que le había pasado Ambrosio, y agregó:

—¿Saben? Es muy lindo tener tan buenos amigos.

Y después de un momento:

—Gabriel ¿me leerías alguno de esos poemas? —Le pasó el libro sin dejarle opción a decidir.

Gabriel tomó el libro, buscó en las páginas interiores y comenzó a leer, lentamente, suavemente, dando su justo peso a cada palabra.

“¿Quién va allí? / Grosero, hambriento, místico, desnudo... ¿Quién es aquél? / ¿No es extraño que yo saque mis fuerzas de la carne de un buey? / Pero ¿qué es un hombre en realidad? / ¿Qué soy yo? / ¿Qué eres tú? / Cuanto yo señale como mío / debes tú señalarlo como tuyo, / porque si no, pierdes el tiempo escuchando mis palabras. / (...) / ¿Por qué he de rezar? / ¿Por qué he de inclinarme y suplicar? / Después de escudriñar en los estratos, / después de consultar a los sabios, / de analizar y precisar y de calcular atentamente, / he visto que lo mejor de mi ser está agarrado a mis huesos. / Soy fuerte y sano. / Por mí fluyen sin cesar todas las cosas del universo. / Todo se ha escrito para mí / y yo tengo que descifrar el significado oculto de las escrituras. / Soy inmortal. / Sé que la órbita que describo no puede medirse con el compás de un carpintero / y que no desapareceré como el círculo de fuego que traza un niño en la noche con un carbón encendido. / Soy sagrado. / Y no torturo mi espíritu ni para defenderme ni para que me comprendan. / (...) / Así como soy existo. ¡Miradme! Esto es bastante. / Si nadie me ve no me importa, / y si todos me ven no me importa tampoco. / Un mundo me ve, / el más grande de todos los mundos: Yo. / Si llego a mi destino ahora mismo / lo aceptaré con alegría, / y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré ... esperaré alegremente también. / Mi pié está empotrado y enraizado sobre granito / y me río de lo que tú llamas disolución / porque conozco la amplitud del tiempo.”

—¡Qué hermoso! ¡Esperanzador! Me parece que hubiera sido escrito para mí.

—Para tí, y para mí, y para Ambrosio, y para todos, que estamos, como dice el poeta, en la misma condición y somos parte de una misma realidad.

—Léeme más.

Gabriel buscó otra página y siguió leyendo:

—“Dime: ¿qué piensas tú que ha sido de los viejos y de los jóvenes, de las madres y de los niños que se fueron? / En alguna parte están vivos esperándonos. / La hojita más pequeña de hierba nos enseña que la muerte no existe, / que si alguna vez existió, fue sólo para producir la vida; / que nos está esperando ahora, al final del camino, para detener nuestra marcha; / que cesó en el instante de aparecer la vida. / Todo va hacia adelante / y hacia arriba. Nada perece. Y el morir es una cosa distinta de lo que algunos suponen. / ¡Y mucho más agradable!.”

Gabriel cerró el libro diciendo: — ¡Hermoso ¿no?! Pero la poesía es como las buenas comidas: hay que saborearlas lentamente, y uno o dos platos cada vez, porque hay que digerir. Así que — abriendo nuevamente el libro — para terminar, un postre delicioso, más livianito:

“Veintiocho mocetones se bañan en el río. / Veintiocho mocetones en cordial camaradería se bañan en el río. / Y una mujer de veintiocho años, virgen y hermosa / vive solitaria. / Suya es la suntuosa mansión que se alza en la ribera, / y, espléndida y ricamente vestida, espía oculta tras los cortinajes del balcón. / ¿Cuál de aquellos mocetones le gusta más? / ¡Todos le parecen hermosos! / ¿A dónde váis, señora? / Aunque seguís fija en vuestra atalaya, / ya os veo ahora chapotear en el agua. / Danzando y riendo ha entrado en el río una hermosa bañista. / Ellos no la ven, / pero ella los ve y los siente henchida de amor. / Brilla el agua en las barbas mojadas de los hombres, / corre por los cabellos largos / y como pequeños arroyos / pasa acariciando los cuerpos. / Una mano invisible pasa también acariciando temblorosa las sienes y los lomos. / Los muchachos flotan boca arriba con el vientre / blanco combado bajo el sol, / sin saber quién los abraza y los aprieta, / quién resopla y se inclina sobre ellos / suspensa y encorvada como un arco, / ni a quién salpican al golpear el agua con los brazos.”

Stefania sonrió, por primera vez ese día. La poesía la había sacado de su tristeza y trasladado a un mundo de sueños que se viven despiertos. Por su mente pasó la idea de que esa noche iría, en sueños, a despeinar a Ambrosio. Le gustaba el muchacho, siempre tan compuesto y ordenado. Desde que lo había conocido había sentido ganas de despeinarlo, pero no se había atrevido.

Gabriel dejó el libro en el velador junto a la cama de Stefania, pensando que en ese momento hacía falta alguien que tocara la guitarra e iniciara una sesión de cantos. Pero como no había guitarra ni cantante, la conversación siguió versando sobre las maravillas de la poesía y del arte.

—Se me ocurre pensar —dijo Ambrosio— que los poetas y los sabios y los santos, personas que son creadoras de grandes obras, creen que el hombre tiene un alma, o que es un espíritu corporal, porque viven en un mundo espiritual, que está más allá de la materia y del cuerpo. Puesto que tienen una vida espiritual no pueden dudar del espíritu.

La conversación quedó hasta ahí, porque en ese momento se asomó en la puerta la madre de Stefania que había regresado de su trabajo. Saludó a los dos jóvenes, abrazó a su hija, y luego les dijo que era la hora de los remedios que debía tomar  cada tarde y que le parecía que era también oportuno que se acostara a descansar.

Stefania asintió con un  gesto y pidió a sus amigos que salieran un momento.

—Te dejamos tranquila, Stefania, para que descanses. Vendremos a verte otro día— se despidió Gabriel.

—Sí, por favor, no dejen de venir. —Y agregó dirigiéndose ahora a Ambrosio, sonriéndole y guiñándole un ojo, coqueta: — Puedes venir cuando quieras, cuando puedas, me encantaría seguir conversando contigo.

Gabriel y Ambrosio se fueron conversando:

—Eso que dijiste sobre que los poetas, los sabios y los santos creen en el espíritu porque viven en un mundo espiritual, es muy interesante. Me hace recordar a un filósofo alemán, Max Scheler, que en un librito que tienes en tu casa dice que la autonomía del espíritu respecto de la biología queda demostrada con la poesía, con la filosofía como búsqueda desinteresada de la verdad, y con la entrega de la vida a valores superiores.

—Lo recuerdo. Dice que no hay una explicación biológica del hecho de que algunos grandes hombres, profundamente espirituales, actúan  con prescindencia de los intereses materiales, biológicos y económicos. Que la acción desinteresada, que no busca la sobrevivencia del individuo o de la especie sino acercarse a los valores trascendentales de la verdad, del bien y de la belleza, no responde a ninguna ley biológica sino al espíritu humano que busca trascender el cuerpo, los instintos y las necesidades biológicas.

—Es interesante —comentó Ambrosio. —Yo recuerdo que cuando era muy chico, no sé, tendría unos diez o doce años, estando en el campo, me gustaba mirar a los pájaros que volaban por encima de los árboles, y especialmente a los cóndores entre las nubes, y pensaba que era fantástico que hubieran superado la ley de la gravedad. Y el otro día, cuando dijiste que la teoría de la evolución era un argumento a favor de que somos pura materia, solamente animales más evolucionados, me quedé pensando que la evolución puede ser entendida también al revés. Como prueba de que hay algo inmaterial inmerso en la materia, que trata de emerger y manifestarse, provocando la evolución.

—Algo así pensaba Bergson, un filósofo francés.

Ambrosio se sintió animado a decir todo lo que había elucubrado al respecto.

—Mira, el volar de los pájaros es una forma en que la naturaleza, la materia si quieres, intenta de algún modo superar la ley fisica de la gravedad. Y el hecho mismo de la vida y de la evolución, que es un proceso de creciente organización de la materia, es una forma de superar la ley de la entropía universal, una de las leyes de la termodinámica, según me enseñaron en el colegio. Por pura ley física la materia debiera siempre disgregarse, desorganizarse, pero la vida logra que la materia experimente un proceso contrario, de creciente organización.

—Bien puede ser como dices, pero sin  trasgredir las leyes de la física, porque las leyes de la termodinámica se aplican también a los pájaros y a los seres vivos.

—Sí, pero es precisamente por el hecho de que la vida no niega las leyes físicas, pero instaura leyes o dinámicas nuevas, que van en una dirección diferente a las de la física, que el surgimiento de la vida podría cuestionar que seamos solamente materia, y que, como decías que dijo Aristóteles, los vegetales y los animales tengan también un alma.

—Bonito argumento —dijo Gabriel con admiración por la inteligencia que mostraba Ambrosio que, siendo tan joven y no habiendo estudiado filosofía, razonada de modo tan refinado.

—Y esto no termina ahí —continuó Ambrosio—. Me pregunto si así como la vida busca autonomizarse de las leyes de la física ¿no podría ser que los hombres espirituales, los poetas, los sabios y los santos, no sean otra cosa que la lucha del espíritu inmerso en la materia y en la vida, que busca autonomizarse de las leyes y dinámicas de la biología? Como dices que dijo tu filósofo alemán, al buscar la belleza, la verdad y el bien por sobre cualquier necesidad e impulso puramente biológico, el ser humano demostraría que no es un ser puramente biológico sino también espiritual, que quiere autonomizarse de lo puramente biológico, o que busca llegar a ser espiritual.

—Mira Ambrosio. Yo no sé si todo esto que estás diciendo es poesía o es filosofía. Pero sea lo que sea, creo que a Stefania le gustaría escuchar tus ideas. Y mira que te invitó especialmente. Debieras volver a verla un día de estos. Porque yo, la verdad es que no sé qué más hacer ni que decir para animarla, y me es muy triste y doloroso saber que se va a morir.